Es invierno y el viento
sopla tan fuerte que parece querer volar los techos de las casas. El cielo está
muy gris y no se ve el sol desde hace unos cuantos días, eso a Mara la pone un
poco triste, entonces viene a su casa y se pone a dibujar soles por todas
partes, muchas hojas llenas de soles y luego los pega en la pared del living
para poder verlos.
Esta mañana cuando fue a
la escuela se encontró por el camino con unos niños que recorrían el barrio
pidiendo ropa para ellos y sus hermanos, Mara se detuvo y compartió con uno de
ellos su bufanda. Pero llevaba una sola como es natural, nadie usa dos o tres
bufandas, así que le dio la que tenía y pensó que sería adecuado andar con una
máquina que fabricara bufandas en el acto, para resolver este tipo de
situaciones.
Estuvo distraída en clase toda la mañana mientras dibujaba en su cuaderno cosas extrañas. Camila le preguntó que hacía y Mara estaba tan pensativa que no la escuchó. En el recreo no jugó y caminaba por todos lados como hacen los adultos cuando tratan de resolver un problema.
Estuvo distraída en clase toda la mañana mientras dibujaba en su cuaderno cosas extrañas. Camila le preguntó que hacía y Mara estaba tan pensativa que no la escuchó. En el recreo no jugó y caminaba por todos lados como hacen los adultos cuando tratan de resolver un problema.
Por fin cuando llegó a
casa se puso a hacer un gran diagrama en una cartulina y cuando terminó le puso
título:
“MÁQUINA
PARA FABRICAR
BUFANDAS EN CUALQUIER
PARTE Y A CUALQUIER HORA”.
BUFANDAS EN CUALQUIER
PARTE Y A CUALQUIER HORA”.
Por supuesto que tuvo que
buscar cosas, pero esta vez fue al altillo de la casa de su Abuela Carmen, y
buscó. Allí encontró: un canasto de mimbre, unas agujas de tejer antiguas,
muchos rollos de lana, una cuerda larga, una caja de tornillos, un par de guantes
de goma, unos lentes que la abuela no usaba más y una peluca despeinada.
Comenzó el trabajo. Plano
en mano por un lado y las herramientas del abuelo en el otro Mara comenzó la
construcción.
Primero colocó la peluca
en un soporte y la peinó un poco, le puso los lentes para que simulara una
abuela, luego infló los guantes hasta darles un tamaño de manos naturales y los
colocó un poco más abajo, después acomodó las agujas, hizo una madeja de lana
gigante con todos los pequeños ovillos y por fin un complejo engranaje de
tornillos y cuerdas ponía en acción la máquina.
Había dos requisitos
fundamentales: colocarle una bufanda usada por alguien querido y decir las
palabras mágicas: “quisiera una bufanda nueva por favor”… por las dudas
prender la estufa y servir una humeante taza de té y sentarse a esperar con ganas.
De esta manera la máquina se accionaba y comenzaba la tarea de tejer una bufanda combinando los colores y con flecos y todo.
De esta manera la máquina se accionaba y comenzaba la tarea de tejer una bufanda combinando los colores y con flecos y todo.
Mara bajó del altillo
ansiosa por mostrarle a Camila y a Facu el invento, de manera que los llamó
para que vinieran a ayudarle a transportar la máquina hasta la esquina de la
placita donde pondrían la producción de bufandas para aquellos chicos que había
visto en la mañana.
Así fue. Cuando llegaron
Cami y Facu quedaron sorprendidos con la máquina, ambos venían provistos de una
bufanda para alimentar la máquina.
Fueron hasta la placita y
colocaron el invento, lo pusieron a funcionar y que les cuento…
Todos venían a ver la
máquina y pedían su bufanda, aún si no la necesitaban, entonces se la regalaban
a un amigo o la madre, un hermano, la novia de alguien, la abuela, el papá, el
vecino, el chofer del ómnibus, el señor de los diarios, la dueña del kiosko,
las maestras, los niños, los bebes y hasta los perritos de la vuelta se fueron
con una bufanda en el cuello.
Pero de pronto la máquina
comenzó a hacer una bufanda y no terminaba nunca, tejía y tejía sin parar y la
bufanda crecía y crecía tanto que Camila la tomó de una punta y Facu de la otra
y ocupaba toda una cuadra, dando vuelta toda la plaza y después la manzana y allí
no se detuvo, siguió creciendo y se hizo tan larga que recorrió todo el barrio
entero y las personas salían de sus casas para ver la bufanda más grande del
mundo.
Mara, Camila y Facu iban
sosteniendo la bufanda y se estaban alejando de la placita y también de su casa. Pero la máquina no
paraba, entonces se hizo de noche y ellos estaban tan lejos de sus casas sin
permiso de sus padres, que se preocuparon. Había que hacer algo para detener la
máquina y volver a casa, si no las madres se iban a enojar.
Como siempre llamaron a la
Tía Edelina para que los ayudara, que sabe tantas cosas y los ayuda a resolver los
líos en los que se meten. La Tía miró la máquina un rato y movió algunos
tornillos, destrabó un trocito de lana y le dio un soplido fuerte. Así la
máquina de hacer bufandas paró de tejer.
Entonces tuvo una idea:
que cada uno de los vecinos que cortara un pedacito de bufanda y se la guardara.
Poco a poco se fue
corriendo la voz y cada uno hizo lo suyo hasta llegar a la punta de la bufanda
donde estaban Mara, Camila y Facu envueltos en sendas bufandas de colores y
asustados por si los retaban.
Volvieron todos a casa muy
contentos.
-
¿Puedo conservar la máquina, Tía Ede?
-
Claro, la pondremos de adorno en el living, si te
parece… junto a las demás…
-
¿Estás enojada con nosotros?
-
No, no han hecho nada malo, solo alejarse un poco
de casa, a veces algunas buenas intenciones se nos van un poco de las manos,
pero siempre podrás llamar a alguien que te ayude, yo estaré para ti… -dijo la
Tía Edelina enredada en una bufanda multicolor.
-
¿Podemos seguir usando la máquina?
-
Claro! Ya veremos cómo…
Y la máquina siguió
tejiendo supervisada por la Tía Edelina, los chicos recolectaban buzos viejos y
la máquina los convertía en alfombras, mantas y por supuesto bufandas.
Mientras Mara, Camila y
Facu esperaban los productos para llevarlos a los lugares en que se
necesitaban, aprovechaban a dibujar otras máquinas y comer las ricas galletas
que cocina la Tía Edelina que además se sentía muy acompañada y eso le alegraba
mucho el alma.
Adiós, hasta el próximo
invento de Mara.








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