lunes, 29 de abril de 2013

El primer caso - capítulo 7


CAPITULO 7


El viernes arremetí de lleno a la oficina donde trabajaba el ingeniero. Era un estudio múltiple montado en una casa reciclada de Palermo donde trabajaban varios profesionales jóvenes en distintas áreas. Entre ellos se encontraba el rubio que había visto en el entierro. En su busca fui, esa mañana. Me recibió una joven muy moderna, la recepcionista y secretaria según pude saber más tarde. El lugar era un bullicio de personas conversando y música de fondo. Había proliferación de plantas verdes, sillones muy cómodos y botellones de agua fresca puestos de cabeza en expendedores con una bolsa de vasitos descartables al costado. El ambiente resultaba juvenil y próspero, daba la sensación que allí nadie tenía problemas con el trabajo y mucho menos con el dinero. A todos se los veía muy bien vestidos, luciendo amplias y blancas sonrisas y cabellos muy a la moda. Parecía más bien una agencia de modelos, me recordó la revista que antes había hojeado en la peluquería.
El joven rubio al que yo buscaba estaba rodeado de varias personas que escuchaban con atención su discurso. Me acerqué como si lo conociera de toda la vida y le pedí si tenía un minuto. Ya solos en una salita muy confortable, le solté mis dudas.

-         Me gustaría saber cómo se enteró de la muerte del ingeniero…
-         Ah!, habla de Javier… qué insuceso, aún no lo podemos creer, era uno de los mejores en su trabajo y además estaba en un momento muy bueno de su carrera…
-         ¿Quién les avisó de su muerte?
-         La señora que hace la limpieza, ella también iba a lo de Javier y nos trajo la mala noticia… debe haber sido también muy duro para ella, lo conocía desde hacía muchos años y lo trataba como a un hijo, ahora le dimos unos días de licencia, quedó muy conmocionada.
-         ¿Desde cuándo trabajaban juntos?
-         Fuimos fundadores de este lugar, la idea se nos ocurrió a los dos cuando salimos de un curso que compartimos hace cosa de cinco años, de allí surgió este proyecto. Nos hicimos amigos además…
-         ¿Conocía su vida privada?
-         ¿En qué sentido me lo dice…?
-         Otros amigos, sus preferencias sexuales, en fin…
-         No, bueno… creo que salía con alguien pero nunca supimos quién, no era de presentar personas, más bien mantenía un perfil bajo en ese sentido.
-         ¿Usted solía ir a su casa?
-         A veces nos juntábamos a ver una película o a cenar… a él le gustaba mucho la cocina…
-         ¿Cuando fue la última vez que lo vio?
-         Eh … la semana de … creo que el viernes.
-         ¿Cree? ¿no está seguro? Fue el día de su  muerte, fue usted la última persona en verlo con vida quizá… ¿se vieron aquí?
-         Eh… no… nos encontramos en un bar en el Centro, andaba un poco preocupado por algo pero no quiso hablar del tema, dijo que sólo necesitaba distraerse y no pensar… no hizo referencia a qué se trataba.
-         ¿después del bar, dónde fueron?
-         Eh… nos separamos, él se fue a su casa temprano, dijo que tenía que encontrarse con alguien…
-         ¿a qué se dedica usted?
-         Soy contador, pero me dedico a otra cosa, represento a laboratorios médicos en distintos países para el ingreso de medicamentos en el mercado, importaciones, permisos aduaneros, esas cosas. De todas formas aquí llevo la contabilidad, no contrataríamos a otro contador teniendo uno en casa, ¿verdad?
-         A propósito, la situación económica del ingeniero era buena, según tengo entendido…
-         Bueno, digamos que no lo pasaba mal, tampoco daba para tirar manteca al techo como dicen…
-         Bien, gracias, si tengo más preguntas …
-         Estoy a sus órdenes, no me moveré de aquí, en confidencia… ¿hay algún sospechoso?
-         Aún no, si sé de alguien será el primero en saberlo -dije en tono irónico.

No tenía nada, sólo una leve sospecha basada más en la intuición que en evidencias, de que este chico tenía que ver con el Jaro, algo me decía que había habido una relación más estrecha que la de amistad. Pero sin embargo todos coincidían en aseverar que el joven muerto no tenía inclinaciones homosexuales. Yo seguía teniendo dudas, y si este había sido un crimen pasional era importante saber sus inclinaciones sexuales para saber a quién estoy buscando. ¿Lo sabría su madre?A propósito, pensé que le debía una visita a la señora de Rodríguez, sería bueno tenerla informada porque aquella inocente anciana era capaz de salir ella misma a investigar y cualquier día de estos me la cruzaba en el camino juntando pistas.

Por un lado tenía a una amante muy pero muy clandestina por diversas razones, que bien podía haber venido sin avisar al apartamento aquella noche y encontrado al ingeniero cenando con su rubio amigo en actitud sospechosa; o quizá ya en la cama en actitud más que evidente. Esto pudo provocar los celos de una mujer acostumbrada a tener todo lo que quiere en todo terreno menos en el amor ya que está destinada a vivir con un hombre al que no ama, y llevarla a cometer un crimen o pagar para que otro lo haga, cosa que no le sería difícil.
También el esposo podría tener motivos para matar al ingeniero, ya que mantenía relaciones con su mujer desde hacía mucho tiempo y pudo sentirse herido en su orgullo masculino el hecho de recibirlo en su casa y hacer negocios con quien le traicionara de ese modo a sus espaldas. Asimismo para él hubiera sido fácil mandarlo matar.
Por otro lado tenemos al contador de la empresa, que trabaja para grandes laboratorios y que según mi infundada hipótesis mantenía una relación secreta con el muerto, que bien pudo tener un ataque de celos frente a una relación que aunque fuera imposible y clandestina, perduraba en el tiempo y en el corazón del ingeniero. Para un joven empresario bien vinculado tampoco sería difícil procurarse un asesino a sueldo que hiciera el trabajo sucio.

Hasta acá todo parecía coherente, la cosa amenazaba complicarse cuando nos poníamos a pensar que el muerto fue asesinado dos veces. La pregunta era si lo hizo la misma persona, o quizá mis dos sospechosos principales habían cometido el mismo crimen, en la misma persona con sólo una diferencia horas.
Cuál de los dos fue el primero que lo mató era algo que yo debía descubrir. Quién vino en segundo lugar se desprendería por consecuencia, y quién de los dos era más culpable era algo que por suerte lo determinaría un juez, porque no es menos asesino quien mata a una persona ya muerta si tenemos la intención y el motivo como prueba incriminatoria. Ahora si el viejo dicho de Quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón” tiene validez para los homicidas, entonces definir quién fue el primero que lo mató sería de vital importancia en este caso.
Pensándolo bien, ejecutar cuatro cortes con arma blanca en el tórax de un cadáver suena muy parecido a una autopsia, por lo que visto de este modo, el Dr. Arriola podría ser acusado de ultimar por tercera vez al ingeniero y así mi segundo homicida podría ser visto como ayudante del forense. Un divague, claro.
Así las cosas me dispuse regresar a mi casa, prepararme una suculenta cena y descansar un rato mí agotado cerebro con una película tonta de esas que dan los viernes a la noche.

Me encontraba en plena fiesta de televisión, cerveza y pies arriba de la mesa cuando sonó el teléfono. Eso no era extraño, lo que sí constituía un acontecimiento era que un profesor de gimnasia me llamara un viernes a la noche para invitarme a un boliche lejos de mi casa.

En media hora me encontraba en una pequeña mesa ubicada junto al cordón de la vereda en la ciudad vieja en medio de un bullicio total y mucha gente que iba y venía saludándose y bebiendo como si fuera carnaval. No me pareció un lugar adecuado para hablar de lo que me imaginaba que iba a ser el tema de nuestra charla, pero de todos modos esperé. Al poco rato se sentó delante de mí aquel hombre enorme de los brazos tatuados y esta vez no me pareció tan grande. Estaba nervioso y tomaba vodka en un vaso pequeño. Yo, que ya había pedido una cerveza, lo saludé mientras trataba de anticipar algo.

-         Entiendo que no es este el mejor lugar para hablar, pero cuando uno quiere pasar desapercibido lo mejor es hacer todo lo contrario, ¿no cree? Me espetó.
-         Puede ser -aventuré- ¿a qué se debe el apuro?
-         Tengo algo que decirle, necesito compartirlo con alguien ahora que el Jaro no está, espero que no constituya una traición, pero me parece que si hay un muerto no importa romper la promesa de un amigo si es para esclarecer un homicidio.
-         Ha logrado intrigarme, hable por favor.
-         Bueno, yo conozco al Jaro desde hace mucho tiempo, él venía a mi gimnasio y en el último tiempo nos habíamos hecho amigos, solíamos ir a tomar cerveza a un bolichito cerca de su casa y jugábamos al pool; eso hizo que en algún momento con un poco de alcohol de más me haya hecho algunas confesiones que yo siempre supe guardar muy bien.
-         Adelante, puede contar con mi discreción, sé guardar un secreto…
-         Bueno, el Jaro me contó que se había enamorado de una mujer muy importante con la que no podía formalizar nada por razones de política entre otras, luego las cosas se complicaron a causa de los negocios que él tenía con el marido de ella. Nunca supe exactamente de que se trataba pero su situación económica mejoró bruscamente…
-         Hasta ahora no hay nada de que asustarse –acoté tratando de apurarlo un poco, ya que se había pedido otro trago y temí que se emborrachara antes de llegar al meollo del asunto.
-         Lo sé, pero eso no es todo, un día trajo al gimnasio al contador de su empresa, un joven con mucho empuje y grandes ideas. Enseguida se sintió cómodo y lo incorporamos al equipo de fútbol que tenemos para los fines de semana, ya sabe, un picadito de vez en cuando nos devuelve las energías.
-         Ya lo creo –apunté bebiendo mi cerveza ya caliente.
-         Con el paso del tiempo comencé a sospechar que entre el contador y el ingeniero había algo más que amistad, pero como el Jaro nunca demostró intereses homosexuales no sabíamos bien qué pensar ni porque habría de ocultarlo.
-         ¿Qué cree usted que estaba pasando, entonces? Traté de ayudarlo un poco.
-         Bueno, había otras implicancias, parece que el amor y los negocios no se llevan bien, porque los escuché discutir en el vestuario varias veces y unos días antes de lo que usted ya sabe, tuvieron una fuerte pelea que pareció ser definitiva. Nadie decía nada, todos nos hacíamos los tontos, el Jaro era un buen compañero de juegos y lo queríamos mucho; pero quizá hubiéramos podido ayudarlo de haber sabido en qué andaba metido –dijo esto con gran congoja y me impactó ver a un hombre de su talla al borde de las lágrimas y embriagándose con vodka.
-         Bueno, quizá no hubiéramos podido hacer nada –acoté incluyéndome para alivianar la carga del entrenador- ¿usted sospecha de alguien en particular?
-         Bueno, de eso se trata, yo creo que el contador estaba embrollado en algo turbio con el Jaro, los escuché hablar de un pedido que debía llegar a Uruguay en determinada fecha y parece ser que por un error en los trámites de la aduana había quedado retenido allí a riesgo que revisaran la carga, o que pasara por el control de medicamentos ingresados al país que hace Salud Pública. Al parecer no habían podido arreglar ese asunto y eso los tenía muy preocupados, al principio yo pensé que traficaban cocaína, pero…
-         ¿Pero?
-         Parece ser que se trata de una droga nueva, que recetan los psiquiatras para las depresiones y las crisis de pánico, tan común en estos tiempos, entonces crea adicción y es completamente legal, ganan los médicos, los laboratorios y los que la producen y no tienen ningún problema porque están amparados por la medicina ¿me explico? -dijo mientras apuraba el quinto vasito de vodka- sólo que es un arma mortal cuando se emplea pura y en combinación con algún tranquilizante, haciendo que desparezca sin dejar rastros, ya que el remanente se asemeja a una toxina que el organismo libera en estados alterados del ánimo como depresión o euforia.
-         ¿Cómo supo esto?
-         Algo me contó el Jaro en una de esas noches de boliche, últimamente andaba nervioso y necesitado de hablar, por lo que me convertí en su confidente, hizo bien, yo no hablaría con nadie si no hubiera pasado lo que pasó, pero si esto sirve para evitar otra pérdida sentiré aliviada mi conciencia.

Me mantuve en silencio unos segundos mientras pensaba lo que acababa de escuchar y qué haría si toda aquella humanidad se terminaba de emborrachar y había que llevarlo a algún sitio. Me convencí firmemente que lo dejaría allí durmiendo sobre la mesa. Pero la solución a mis cuitas se presentó. Repentinamente se incorporó mientras intentaba sacar el dinero para pagar. Lo detuve con un gesto, llamé al mozo, pagué la cuenta y me dispuse a partir.
-         Vamos, estoy en mi auto y puedo conducir –dijo con seguridad- dígame donde prefiere quedarse.
-         Está bien, no tiene que llevarme estoy en mi auto, quizá sería mejor que yo lo llevara a usted…
-         Ya lo sé, pero…
-          
Una vez que me hube despedido me quedé cavilando acerca de lo que me había contado el profesor de gimnasia. Constituía un material interesante, pero no daba en el clavo con la razón del doble asesinato. ¿Por qué matarlo si todo andaba bien? En todo caso debía encontrar la falla. Algo había cambiado, un desvío en el funcionamiento había provocado este corte. Ya sea que se tratara de razones de negocios o afectivas, algo había alterado el curso de las cosas y uno de los protagonistas había perdido no sólo la calma sino también la razón llegando a cometer un crimen.
En esas elucubraciones me encontraba cuando, llegando a mi casa, me sorprendió una sombra cerca de mi puerta. Alguien me estaba esperando aunque ya era tarde. Me acerqué sin miedo, tratando de avizorar de quién se trataba pero el desconocido vino a mi encuentro. Era el contador de la empresa del ingeniero, el joven y apuesto empresario con su larga y rubia cabellera en una coleta despeinada, un traje tan caro como arrugado y la corbata de seda italiana colgando despreocupadamente. Tenía las mangas del saco y la camisa subidas sobre el antebrazo y parecía haber estado tomando. Hoy es mi día de servicio en AA, pensé, aunque no eran precisamente anónimos.

-         Tengo urgencia en hablar con usted –dijo adelantándose hacia mi.
-         Ya lo veo –comenté a mi vez tratando de ser cordial – ¿cómo supo mi dirección?
-         Disculpe la indiscreción, luego se lo explico, ¿puedo pasar?
-         Sí, claro, adelante

Ya en el living de mi casa me dispuse a escuchar el segundo testimonio de la noche acerca del caso Rodríguez. Esperaba que estas noticias fueran más jugosas que las anteriores, quizá por una cuestión de esperanza nomás. Con esa actitud me dispuse a escuchar no sin antes meditar acerca de lo acertado que sería en este caso ofrecer una bebida y ante la duda y el estado del invitado decidí abstenerme, valga el doble sentido.
-         Bien, y ¿que tiene de nuevo?
-         Sé quién mató al ingeniero –me estampó sorprendiéndome.
-         Humm… bien, explíquese
-         Estoy muy nervioso, ¿tiene whisky?
-         Eh… sí, ¿lo quiere con hielo?
-         Sí, por favor. Y se reclinó en el sillón con alivio.

Volví con un vaso, la botella y una hielera porque que me imaginé que con un solo trago no sería suficiente y ya que era viernes y muy tarde decidí tomar algo yo también y me traje una cerveza. Así las cosas me dispuse a recibir la buena nueva.
-         ¿Y quién fue el homicida?
-         Bueno, ese asunto se remonta a cuando nos conocimos con el Jaro, sabe, entre los íntimos le decíamos así, hace cosa de unos años, cuando compartíamos un curso breve sobre leyes de importación, la vida nos juntó para hacer buenos negocios y una amistad que luego se transformaría en un vínculo más estrecho…
-         ¿A qué se refiere?
-         No voy a ocultar nada, nosotros manteníamos una relación, además tenía una amante que creo que usted la conoció, pero como vivía en Venezuela esto le permitía mantener otras relaciones sin complicarse, por otra parte ella sabía que había alguien más, lo que no sabía es que ese alguien era yo.
-         ¿Esto hubiera sido un problema?
-         No lo sé, pero las cosas se complicaron cuando comenzamos a negociar con el embajador, o sea el esposo de ella, los negocios iban muy bien aunque no muy legales, ya sabe, se camina por el borde, evitando el resbalón. Eso nos aportó grandes ganancias que cambiaron nuestras vidas, pero como todo lo bueno, en algún momento se termina… -en este punto tomó un largo sorbo de whisky y se aflojó más el cuello de la camisa.
-         ¿Qué sucedió, entonces? –acoté para no perder el ritmo de la charla.
-         Apareció alguien que complicaría las cosas, un aprendiz de peluquero, muy joven, demasiado para mi gusto, pero que despertó en el Jaro sentimientos desconocidos… no lo pudimos tolerar…
-         ¿Pudimos?
-         Pude, me refiero a mí, ¿dije pudimos? quise decir que para mí fue demasiado y decidí abrirme, pero él no estaba dispuesto a perderme, había muchas cosas en juego, el afecto, la empresa, los negocios con el venezolano, las ganancias compartidas… en fin…me amenazó con matarse si yo lo dejaba, fue demasiado, usted sabe…

Yo no sabía nada, pero traté de imaginármelo y no quise contradecirlo. Aunque no podía imaginar al ingeniero como un potencial suicida, a pesar de que lo conocí ya muerto, algo me decía que no tenía el perfil de un suicida… allí había algo que no cerraba así que intenté mantener el hilo de la charla.

-         Entonces, ¿quién lo mató?
-         A mi entender el joven peluquero se enamoró del Jaro y cuando supo de lo nuestro no pudo resistir y decidió matarlo, en complot con el entrenador de gimnasia a quien nunca le simpaticé, y creo que el también estaba interesado, digo por la forma en que lo trataba y varias veces los encontré en el barcito de la esquina tomando cerveza juntos.

Acá perdimos la chaveta, pensé, ahora además de borrachos tengo locos. En este punto de la charla debía pensar cómo deshacerme de este tipo en estas condiciones, ya que me encontraba en mi casa me era imposible irme y dejarlo allí, por lo que debía ejecutar yo la acción de echarlo fuera o pedirle cortésmente que se retirara. Mientras deliberaba acerca del asunto, el invitado bebía sin compasión el último trago de whisky que quedaba en la botella, por lo que imaginé que querría irse y me incorporé en el sillón. Acto seguido él imitó mis movimientos pero en vez de levantarse se arrellanó en el sofá con intenciones de dormir allí. Pegué un grito.

-         ¡No!...-grité- ¿quiere que lo acompañe a la calle?
-         Sí, claro -dijo incorporándose otra vez- ya le dije todo lo que sé, ahora me puedo ir, la pena me consume el alma, sabe, una pérdida así no tiene consuelo, perdón, no cuente a nadie que estuve aquí, por favor…
-         Quédese tranquilo, puede confiar en mí –esa frase ya la había dicho antes- bien, si tiene algo más le ruego me lo haga saber, aunque sea por teléfono.
-         Sí lo haré –balbuceó tambaleante por la vereda y se alejó.

Ya en mi casa no daba crédito a lo escuchado en esta larga noche de viernes, por lo que decidí irme a dormir y dejar que mi agotada cabeza encontrara las respuestas.

continuará......

sábado, 27 de abril de 2013

El primer caso - capítulo 6


CAPITULO 6

El jueves no escuché el despertador. Me sentía bien, el cansancio que habitualmente se presenta al cuarto día de la semana parecía faltar sin aviso, mi cuerpo había rejuvenecido durante la noche, qué bien que viene mimarse un poco de vez en cuando, la sesión de la peluquería más que de belleza resultó de recuperación.
Me puse un deportivo con la firme decisión de tomarme el día libre o por lo menos con libertad. Me apronté un mate y salí a disfrutar del sol templado de los primeros días de primavera.

Caminé sin apuro por la calle que baja hasta la rambla. Los árboles comenzaban a mostrar sus primeros brotes y el olor en el aire parecía haber cambiado. En primavera siempre me he sentido mejor, es como si algo en mi interior comenzara a funcionar de otro modo, un optimismo inmotivado se abre camino hacia mis pensamientos normalmente negativos y se esfuerzan por convencerme que la vida es bella y todo puede mejorar. Con ese espíritu caminaba yo cuando el celular me trajo a la realidad.

-         Hola.
-         Hola, soy la mujer que conoció en lo del ingeniero.
-         ¡Ah!, sí la recuerdo -me apresuré a decir.
-         Quiero hablar con usted.
-         Bueno, sí, ¿cuándo?
-         Ahora, dígame dónde está y paso con el auto, lo reconocerá.
-         Estoy en la rambla, frente al Parque Hotel.
-         Paso por ahí en cinco minutos.


El auto negro de vidrios espejados se detuvo exactamente delante de mí y la puerta trasera se abrió. Me acerqué, agaché la cabeza para mirar adentro y allí estaba ella vestida completamente de negro y con lentes oscuros. No podía ver al conductor ni tampoco escucharlo, supuse que él a nosotros sí.

-         Suba, estoy apurada, tengo un vuelo dentro de tres horas.
-         ¿Alguna novedad? –dije para disimular mi nerviosismo.
-         Esperaba que usted tuviera algo para decirme…
-         Y, ¿qué le hace suponer eso?
-         Veo que se ha tomado la investigación muy en serio, más de lo acostumbrado, ¿existe algún motivo especial para ello?
-   No, nada en particular, resulta un caso interesante, disculpe que hable así, pero…
-         Está bien, quiero saber qué encontró el forense -dijo sin andar con vueltas.
-         ¿El forense? –traté de hacer tiempo para pensar.
-         Vamos, no disimule, sé que tiene novedades y me gustaría saberlas de primera mano.
-         Bueno, el doctor asegura que ya estaba muerto cuando lo apuñalaron.
-         Ajá -dijo sin mayor asombro.
-         Unas horas antes...
-         Hum… qué interesante… ¿Encontraron algo que llamara la atención?
-        No, sólo rastros de tranquilizantes y una marca de hipodérmica…
-       ¿Qué le pasa?, ¿no confía en mí? Vamos, dígame lo que sabe, yo quiero que se sepa la verdad, pero antes tenemos que hacer un trato -dijo y sacó de su cartera un sobre similar al que me había dado la Sra. Rodríguez y lo estiró hacia mí.
-         Vamos, acepte esto como principio de pago, sé que investigar cuesta.

Palpé el sobre ligeramente y deduje que era plata, por el tamaño, si era en dólares, estaba ante una suma considerable. Acaso la providencia se empecinaba en poner dinero en mis manos estos días. Intenté devolver el sobre y encontrar una excusa adecuada, pero la mujer me detuvo la mano a medio camino inclinándose hacia mí.

-         Vamos, confíe en mí, sólo tenemos que acordar que estos datos no lleguen a la policía uruguaya…
-         Por eso despreocúpese, ellos ya cerraron el caso.
-         Y bien, ¿qué encontró el forense?
-         Una droga desconocida que le provocó un paro cardíaco sin dejar rastros -dije como una criatura a quien interroga la maestra.
-         Ajá… ¿pudieron saber de qué se trata?
-        No, en nuestro medio no se conoce todavía, pero no proviene de los traficantes de drogas ilegales, sino de los laboratorios productores de medicamentos, viaja honestamente en los aviones camuflado bajo una inofensiva etiqueta -agregué tratando de estudiar su reacción.
-  Bien, manténgase en contacto conmigo a través de este número, dijo alcanzándome una tarjeta con nueve números escritos en negro, sin nombre ni nada, sólo déjelo sonar una vez y yo me pongo en contacto, haremos un buen equipo –añadió sonriente.

El auto me dejó en el mismo lugar donde estaba antes y allí me quedé reflexionando. ¿Cómo supo lo del forense? ¿Qué implicancia tenía? ¿En qué estaba metido el inocente ingeniero?
Sin darme cuenta llegué a mi casa y allí me encontraba con dos sobres amarillos conteniendo una cantidad de dólares que yo jamás había visto en mi vida y un caso a resolver. Esto comenzaba a tomar un color extraño. 

viernes, 26 de abril de 2013

El primer caso - capítulo 5


CAPITULO 5  



La mañana del miércoles comenzó con lluvia. La primavera brillaba por su ausencia. Recordé que hoy iba a visitar la peluquería donde se atendía el Jaro, como lo llamaban sus íntimos. Algo me decía que no iba a encontrar nada de interés, pero ya que tenía la hora me pareció acertado darle una oportunidad a la providencia.
El teléfono no había parado de sonar desde las siete y yo no había querido atender, por lo tanto tenía varios mensajes para empezar el día. El primero era de mi ex, reclamando que hace tiempo que no llamo y no tiene noticias mías. Me pregunté qué necesidad de tenerlas tendría. En fin. La segunda era de mi dentista recordándome que tenía hora esa tarde y que en caso de no ir me sacaría las muelas sanas sin anestesia en la próxima cita. La tercera era de mi editor. Acá la cosa empeoraba. Tengo que llamarlo, falta el último capítulo de la novela y lo quiere ya. Bueno, las otras dos llamadas eran de trabajo, además de escribir hago alguna otra cosa que me reporta dinero rápido y a corto plazo.

Hablando de dinero me acordé del sobre con los dólares y un escalofrío me recorrió la espalda. Debía decidir si quedármelo o devolverlo. Si me lo quedaba tendría que abrir un cofre de seguridad, no quería que esa suma entrara de una sola vez en mi magra caja de ahorros, vicios de profesión, mientras tanto descansaban distraídamente bajo mi cama.
A propósito, tenía que ver los diarios para saber qué se comentaba del caso y visitar el estudio donde trabajaba el señor Rodríguez para conocer a ese apuesto joven de cabello rubio.

Salí a comprar el diario y unos bizcochos, volví enseguida con todo y una de esas revistas de chismes que me llamó la atención. En la portada había una fotografía de la dama que había conocido el día anterior, cuando apenas llegaba al aeropuerto de Carrasco. La nota hablaba de las visitas de la esposa de un diplomático uruguayo que vive en Venezuela, a las escuelas de niños discapacitados y las abultadas donaciones para los comedores infantiles. Entrevistada por el reportero acerca de su visita a Uruguay dijo que se trataba de sus acostumbradas reuniones solidarias para combatir la pobreza infantil y que esta vez tendría varias reuniones con organizaciones no gubernamentales.

Perfecta excusa para viajar a Uruguay con frecuencia y matar dos pájaros de un tiro: ver al ingeniero y hacer algo digno con ese dinero de dudosa procedencia. No quería hacer conjeturas antes de tener pruebas, pero la generación espontánea no resulta con las cuentas bancarias, alguien tiene que alimentarlas. La cuenta de Javier Rodríguez había crecido en forma brusca y, si bien el amor no tiene precio, esos dólares gentilmente ofrecidos a la madre del muerto me llamaban poderosamente a atención. ¿Era una forma disimulada de colocar un manto de silencio sobre la familia? Algo se intentaba ocultar y quizá más de una cosa. La intriga me invadió casi simultáneamente con el hambre. Mi reloj interior me recordó el desayuno. Me apoltroné en el balcón a resguardo de la llovizna, con una bolsa de bizcochos recién horneados, el termo y el mate, el diario y la revista. Si alguien me busca, estoy pensando.

El periódico hablaba de “la muerte de un joven ingeniero que fue encontrado asesinado en su propia casa el lunes a la mañana de cuatro puñaladas en el tórax”. Hacía alusión a un posible homicidio pasional sin descartar asuntos de dinero. La policía local investiga el caso. Y eso es todo. Sin embargo en la sección política exterior encontré algo más jugoso. El embajador de Uruguay en Venezuela prometía conquistar a inversionistas extranjeros para levantar la industria uruguaya, con tal motivo visitaba nuestro país y oficiaba de intermediario entre los interesados residentes en Venezuela y las empresas dispuestas a aceptar dinero en Uruguay.¿Quién no está dispuesto a aceptar dinero? pensé yo. Pero la pregunta más difícil es quién está dispuesto a invertir en Uruguay en este momento y desde Venezuela nada menos que no están mucho mejor que nosotros. Todo quedaba amparado en la esperanza del cambio de gobierno y la unidad de los pueblos latinoamericanos que deben ayudarse unos a otros. Cualquiera podía deducir que el dinero que viniera de Venezuela tendría que ver con el tráfico de drogas que se hacía a través de Brasil para Europa donde se pagaba hasta U$S 50.000 por un kilo de cocaína pura. El asunto que ahora la cosa en Brasil no resultaba tan fácil y por lo tanto era necesario buscar otros puertos de salida. Montevideo era un punto de mira. ¿Estaría el ingeniero metido en el tráfico de drogas a Europa? Quizá tenía esto que ver con sus últimos viajes y el incremento en su cuenta bancaria. Pero de todas formas aún no encontraba el motivo para matarlo, y dos veces. Hubiera sido mucho más fácil hacerlo desaparecer en cualquier parte del mundo. Nadie podría reclamar nada.

A las cuatro de la tarde me encontraba tocando timbre en un regio edificio de Pocitos. La peluquería. Me respondió una voz indefinible y me dijo que subiera. El portero, cortésmente, me abrió la puerta y me condujo por un hermoso pallier de baldosas brillantes en las que podía ver mi imagen reflejada mientras caminaba. En el quinto piso me esperaba alguien con la puerta del apartamento abierta y una gran sonrisa invitándome a pasar. Pensé que me harían algo más que lavarme el pelo.

- Hola, soy Gastón. Dijo mientras me ofrecía una mano extremadamente blanca y bien cuidada que resultaba sedosa al tacto.
- Gracias, tengo hora a las 16 -dije tratando de parecer formal.
- Lo sabíamos, pase por favor, siéntase como en su casa o mejor aún, y permítame el abrigo. ¿Viene recomendado por alguien?
- Sí, por el ingeniero Javier Rodríguez de La Fuente -respondí como si nada, tratando de espiar la reacción en el otro.

La discreción aprendida en años de trabajo no pudo con el sobresalto que se llevó el refinado recepcionista de la peluquería. Le cambió el color de la cara y una leve rigidez se apoderó de su espalda, sin embargo no hizo mención alguna a su muerte. Y desapareció tras un hermoso biombo auténticamente chino que separaba la espaciosa sala de espera del resto. Me senté en un mullido y blanco sillón, tomé una revista de esas donde todo el mundo es perfecto y me dispuse a hojearla. No había nadie más. No se escuchaba ningún ruido humano, solo una suave música armonizaba el ambiente junto a un aroma muy dulce que provenía de una vela encendida en el rincón. Me recordó la que había visto en el apartamento de Rodríguez. Sin querer comencé a relajarme, algo me hacía sentir muy bien allí, me parecía estar en una burbuja sostenida en el espacio y el tiempo, incluso había olvidado a qué había ido. Comencé a escurrirme en el sillón y los párpados me pesaban así que los dejé a su libre albedrío hasta que se cerraron. Me sumí en un confortable sueño.
Las manos que de pronto tomaron las mías y la voz que me hablaba pertenecían a la misma persona, pero yo aún no sabía quién era, sobre todo porque todavía no había abierto los ojos.
-Buenas tardes, ¿quiere acompañarme por favor?, decía la dulce y masculina voz.
- ¡Oh!... sí, claro -dije mientras me incorporaba, abría los ojos y me sobreponía a la vergüenza que estaba sintiendo.
- Está todo bien, es la comodidad del lugar lo que proporciona ese placer…
- Ya lo creo, casi me duermo…
- Nos gusta que nuestra clientela se sienta cómoda.

Mientras me hablaba me conducía como a un niño detrás del biombo donde se abría un mundo de la cosmética que parecía salido de un catálogo cinco estrellas. Todo allí olía exquisito. La vista se regodeaba con la delicada combinación de colores y accesorios tan acertadamente elegidos y colocados que parecían hechos por la mano de Dios. El hombre que me guiaba vestía absolutamente de blanco y lucía una cabellera negra, lacia y atada en una colita que le caía en la espalda, por cierto ancha y bien modelada. Aún no había podido apreciar bien sus rasgos, pero de atrás tenía un aire oriental. Me llevó hasta una hilera de cómodos sillones donde se lavaba el cabello y con un gesto me indicó que me sentara. Sus suaves manos tomaron mi cabeza y colocaron una toalla color salmón sobre mis hombros. Acto seguido sentí el agua tibia y unos vigorosos dedos me aplicaron el primer champú con un masaje que me dejó otra vez en estado alfa. En estas condiciones no podría averiguar nada, máxime si mis sentidos estaban siendo estimulados y distraídos de esta hermosa forma. Por un instante olvidé la investigación y me entregué a las desconocidas manos que hacían tan bien su trabajo.

Al cabo de un rato del que perdí la cuenta, la voz me sacó del ensueño y otra vez el hombre de blanco me condujo a otra hilera de sillones tan cómodos como los anteriores, delante de los cuales se alineaban enormes espejos. Ahora podía verlo de frente y me encontré con una dulce expresión y una sonrisa que me preguntaba que hacemos con este hermoso cabello. Pensé por un momento y solo atiné a decirle que recortara las puntas. Mientras tanto yo intentaba reponerme para poder arremeter con alguna pregunta, pero aquellas manos seguían en mi cabeza, ahora con un peine, ahora con una tijera y luego con un frasco de algo fragante y suave y por fin con un secador de aire tibio enredado en la música ambiente, y otra vez se me pasó la oportunidad. Creí que mis cansados y rutinarios sentidos no podrían responder a esa avalancha de estímulos, pero descubrí que era más fácil entregarme que hacer lo contrario. Así las cosas renuncié a todo intento de investigar y me olvidé del muerto, de los dólares, de las joyas, del diplomático y su mujer, de la dulce anciana y hasta de mi ex. Sobre todo cuando me di cuenta que un joven sentado a mis pies en una pequeña butaca me masajeaba las manos y se disponía a arreglar mis uñas mientras el oriental reclinaba mi asiento y me colocaba una toalla tibia y perfumada tapándome los ojos y la nariz.
-         Esto hará que se deshinchen sus ojos y recupere la frescura de la piel. Dijo mientras me tocaba el hombro para que yo supiera que me hablaba a mí.
Acto seguido no pude saber si se fue o se quedó porque sus pies no tocaban el suelo al andar. Al otro chico lo sentía porque tenía mis manos entre las suyas y trabajaba con mis carcomidas uñas.
Al cabo de un tiempo que no pude medir, alguien retiró la toalla de mi rostro, me aplicó un leve masaje con una loción delicada y me ayudó a incorporarme. Me miré las manos y no lo podía creer, no me pertenecían, estaban blancas, suaves y las uñas se veían lindas. Instintivamente levanté la vista para verme al espejo y la imagen realmente me agradó.
Cuando por fin terminó y creí que recuperaba mis sentidos apareció un jovencito de no más de dieciséis años, con un corte de cabello ultramoderno, todo vestido de negro y una blancura fantasmal a ofrecerme una taza de humeante té y un vaso de jugo de frutas tropicales con todo y sombrillita. Al costado, en un pequeñísimo plato que parecía de porcelana china descansaba, provocador, un fino bombón de chocolate que derramó su licor en mi boca ostentosamente.


-         Hemos terminado, si está conforme con gusto le esperamos otra vez, dijo el oriental haciendo una reverencia e invitándome a seguirle.

Me condujo nuevamente por el pasillo por el que había entrado y allí del otro lado del biombo me esperaba Gastón, seguramente con la factura que no podía imaginar a cuanto ascendería. Me dejó en el mismo sillón de donde me sacó y desapareció como por arte de magia.
Al cabo de un rato Gastón me trajo una bandeja de plata con la cuenta y esperó cortésmente detrás del pequeño mostrador que hacía las veces de caja. Saqué un billete de dos mil pesos (especiales para la ocación) y rezando para que alcanzara lo deposité en la bandeja. Guardé el vuelto sin contarlo. Me puse el abrigo con la inapreciable ayuda de Gastón y me despedí prometiendo volver.

continuará.......

jueves, 25 de abril de 2013

El primer caso - capítulo 4


CAPITULO 4  

La mañana del martes estaba agradablemente cálida para ser una primavera tan indecisa. Caminé lentamente hasta el hospital al que me dirigía a pedido del Dr. Arriola que me llamó para decirme que tenía datos interesantes sobre el bonito muerto del fin de semana. Cuando llegué lo encontré desayunando sobre su mesa de trabajo y tenía destapado el cuerpo del ingeniero que pronto debía ser llevado a la funeraria.

-         Te llamé antes de que se lo lleven… quería que vieras esto… no dije nada a la policía… ellos no se enterarán…

Dijo esto mientras me señalaba una marca de hipodérmica en el brazo derecho del muerto a la vez que mordisqueaba una margarita de membrillo. La marca resultaba apenas perceptible, pero bajo la lupa y después de unos días de muerto se había formado una pequeña aureola violácea que la hacía más notoria.
-         El nivel de alcohol en sangre era muy bajo –continuó el forense- seguramente un poco de vino en la cena, no estaba ebrio; no encontré rastros de drogas ilegales, la orina dio un alto porcentaje de benzodiasepina que seguramente le recetaría un psiquiatra, quizá para controlar la ansiedad o para dormir.
-         ¿Algo más?
-         Sí, un tatuaje en la ingle que parece ser un dragón alado y perforaciones en los pezones como si hubiera usado aritos o piercing, pero ya estaban casi cerrados.
-         ¿Esto es todo?
-         No, lo más importante.... no murió a causa de las puñaladas, ya estaba muerto cuando lo apuñalaron.
-         ¿Cómo?
-         Sí, como te lo digo, entre la muerte y las puñaladas pasaron por lo menos dos horas…
-         Pero, entonces, ¿cual fue la causa de la muerte…?
-         Bueno, acá las cosas empeoran, parece ser una sobredosis de algo que todavía no puedo definir, ya que como te dije no había rastro de drogas conocidas, algo le produjo un descenso paulatino del ritmo cardíaco hasta llegar a paralizarlo del todo, es una muerte lenta pero sin dolor, semejante a un estado de relajación profunda del que luego no se retorna.
-         ¿Alguien se lo administró sin su consentimiento?
-         No lo creo, no hay señales de violencia…podría haber estado dormido, o ser alguien de su total confianza… yo sólo descubro las evidencias, las conclusiones te las dejo a ti, de todas formas esto no le interesa a la policía y parece que no hay ningún deseo de que se destape el tarro, yo no tengo más tiempo para investigar acá, se lo llevan ahora, si quisiera tendría que hacerlo por mi cuenta… me reservé algunas muestras vitales, las llevaré a mi laboratorio… ya te contaré… -dijo esto terminando su desayuno y disponiéndose a lavar sus manos en la pileta y colocarse los guantes.
-         Me he quedado sin palabras, no atino a sacar nada en limpio aún… ¿puedes determinar la inclinación de la hipodérmica al ser inyectado?
-         Sí, pero en este caso estuvo muy bien realizado el pinchazo, la persona tenía experiencia, sabía muy bien cómo hacerlo.

El Dr. Arriola era un experto en su materia y podía confiar plenamente en su diagnóstico, pero algo quedó rondando en mi mente sin que pudiera determinar con certeza de qué se trataba. Observé un rato aquel cuerpo que ya comenzaba a tener otro color y una oleada de compasión se apoderó de mí. El forense terminó de acomodarlo y pronto descansaría en un cómodo y caro ataúd por siempre jamás. La voz de mi amigo me sacó de mis lúgubres cavilaciones.

-         Eh! ¿en qué te quedaste?
-         Ah! nada, nada, llamame si aparece algo más, creo que estaré en casa, tengo que terminar la novela, de lo contrario engrosaré tu lista de trabajo a manos de mi editor.
-         Encantado de recibirte, haría un espléndido trabajo, lo prometo –bromeó mientras me saludaba con el codo para que no tocara sus guantes ya manchados.

Pensaba ir directamente a lo del dentista, sin pedir hora, y después llamar al psiquiatra, cuando mis pasos me llevaron de nuevo a la casa del occiso. Pasé sin llamar la atención ya que me había provisto de una llave y entré directamente. No sabía muy bien qué iba a buscar, pero algo me llevaba de nuevo al lugar de los hechos. Un asesinato doble ejecutado en la misma persona. Vaya.
Giré la llave sin dificultad, pero la puerta se obstruyó con algo por lo que tuve que empujar con un poco de fuerza. Varios sobres cerrados se amontonaban al otro lado haciendo difícil abrir. Seguro habían sido entregados hoy a la mañana, pero me resultaba raro que los tiraran por debajo de la puerta ya que los porteros sabían que el ingeniero no podría ya recoger su correspondencia, entonces, ¿por qué cumplir con esa inútil rutina? ¿Quién tiraría los sobres? Recogí cuidadosamente las cartas y avancé. En el rincón opuesto a la mesa de comer, y bajo una ventana había un escritorio que no había inspeccionado todavía. Un mueble no muy grande, bonito y antiguo que en este caso estaba recargado de documentos. Abrí el pequeño cajón de la derecha y hurgué. Papeles, papeles y más papeles; tendría que leer uno por uno para ver de qué se trataba, así que me senté cómodamente y comencé a hojear. Había muchas boletas de compras al contado de objetos tan variados que iban desde un reloj, ropa, pelotas de tenis, libros, discos, artículos para el hogar hasta electrodomésticos y una guitarra. Seguí buscando en otro cajón, y hallé cartas, sueltas y algunas en sus sobres incluso una de ellas sin abrir y el matasellos era igual a otra que había recogido recién debajo de la puerta. Las cartas provenían de Venezuela. Abrí una y leí rápidamente, en letra manuscrita redonda, se me ocurrió que fueran escritas por una mujer aunque la firma sólo decía “F” y el remitente no aportaba datos que aclararan nada. La dos últimas sin abrir me llamaron la atención, algo había pasado en la relación.
Decidí llevármelas para leerlas tranquilamente en casa, cuando escuché la llave en la puerta y me sobresalté. No supe qué hacer; así que solo me quedé donde estaba para ver quién era la visita.

La mujer que entró también se sobresaltó. Seguro no esperaba encontrar gente en la casa de un muerto reciente.

-¿Quién es usted y qué hace aquí?
-Buenos días, estoy investigando la muerte del ingeniero, a propósito, usted tiene llave de la casa… -ataqué rápidamente.

Se inquietó y la estrategia dio resultado, con una pregunta capciosa pude salir de la mira y colocarla a ella en su lugar, sin dejar de estudiar la reacción de su rostro arremetí de nuevo.

-         ¿Quién es usted? ¿Acaso la persona que escribió estas cartas? -dije mostrando las que había levantado debajo de la puerta recientemente- ¿Qué relación tenía con el occiso?
-         Si fuera tan amable de evitar los tecnicismos… aún me cuesta aceptar la muerte de Javier… - dijo bajando la cabeza-.

Se acercó al sofá y se dejó caer, abatida, por lo que tuve que retroceder con mi acusación y una oleada de compasión se apoderó de mí, alejando a aquella mujer de la lista de sospechosos. Me incliné hacia delante apoyé los codos sobre las rodillas y el mentón en las manos, pregunté cortésmente:
-         ¿Eran amantes?
-         Algo así… nos conocimos hace unos años por un trabajo que le encargó mi esposo y ya no pudimos separarnos… a pesar de que nuestra relación no era posible… yo no me puedo divorciar y eso nunca lo entendió… Además tuve que viajar a Venezuela por el trabajo de mi marido y todo se hizo más difícil, aun cuando él encontraba la forma de ir y yo hacía todo lo posible para vernos…
-         ¿Podría su esposo haber mandado matar al ingeniero?
-         Pero qué dice… no, claro que no, mi esposo ni sospecha de esta relación, como nunca sospechó de las anteriores, sé cuidarme muy bien, por otra parte, aunque se enterara, no creo que le moviera a cometer un crimen. Con dejarme sin dinero ya estaría conforme.
-         ¿Nunca pensó que su esposo la ama demasiado y por eso tolera cualquier capricho suyo, incluyendo amantes, y que esta pasión que duró tanto tiempo lo sacó de las casillas, obligándolo a matar…?
-         No, definitivamente no lo creo… pero nunca lo había visto desde esa perspectiva. Mi matrimonio fue un arreglo comercial entre dos empresas muy importantes; la de mi padre y la de mi suegro, muertos ambos, las cosas quedaron incambiadas y por una cuestión de papeles si me separo de mi marido pierdo mi herencia y si él me deja pierde todas las acciones que tiene en la empresa; estamos atados el uno al otro hasta que la muerte nos separe. En todo caso hubiera sido mejor negocio matarme a mí.
     Dijo esto y dejó escapar un sollozo.
-         ¿Sabía de la existencia de alguna otra mujer?-pregunté sin compasión.
-         No, bueno seguro habría alguna otra, pero preferíamos no mencionar esos temas…
-         ¿El ingeniero pudo tener relación con algún hombre? – espeté para ver la reacción.
-         No.

Dicho esto se acomodó la falda lo que me dejó entrever que mentía. La mujer era muy bella, alta, de piernas muy largas e iba muy bien vestida. Pude observar en un breve paneo que su trajecito era costoso, el abrigo también y hasta la calidad de las finas medias que parecían de seda, y sus zapatos… una verdadera obra de arte en cuero negro y charol con un taco que me produjo cierto vértigo. Rápidamente dejé de mirarla para que no se incomodara, mientras ella se secaba el rostro con un pañuelito descartable.

-         ¿Qué la trajo de nuevo por aquí y cómo se enteró de la muerte?
-         Me avisó el portero de la noche, era nuestro cómplice y me llamó inmediatamente; yo decidí venir a recoger la correspondencia, no quisiera verme involucrada en las investigaciones, entiéndame, soy la esposa de un diplomático y eso sería noticia en las revistas de chismes, ¿Puedo confiar en usted?
-         Claro, délo por hecho. Dije con convicción. Aunque me quedé pensando qué era lo que me hacía ser tan benevolente. Decidí seguir mi intuición.

Salimos del edificio. Ella con un manojo de cartas incluyendo las que yo me había guardado en el bolsillo. Y yo con una montaña de papeles que seguro no aportarían nada nuevo. Nos separamos en la vereda, ya que un auto con matrícula diplomática y vidrios negros la esperaba en la esquina. Al parecer había más de una persona enterada de aquella relación, esto no era un secreto.

Caminé sin apuro dudando si volver a mi casa, ir de nuevo al gimnasio, o intentar conocer al psiquiatra. El celular me sacó de mis cavilaciones y me ayudó a decidir. Era la madre del ingeniero que me llamaba para que fuera a su casa, tenía algo de qué hablar y unos papeles para darme. Anoté la dirección rápidamente y paré un taxi. Tenía ganas de ir pensando mientras miraba por la ventanilla sintiendo el viento en la cara.
Llegué a una linda casa en Malvín. Sencilla, antigua, conservando aún el porte de los años dorados en que fue construida. La señora me estaba esperando detrás de la ventana. Salió a mi encuentro con algo de ansiedad y un poco de apuro
.
-         Le hice venir ahora que mi esposo no está, desde que se jubiló ya no tengo un rato para estar sola con mis cosas, no es que me moleste su presencia en casa, es que después de tantos años debo habituarme otra vez, y eso cuesta…
-         Hubo algo de importancia… -aventuré.
-         Pues sí, ya lo creo, pero pase y siéntese, charlemos con comodidad, ¿quiere un té, café, whisky o coñac?
-         No, nada gracias, aún no almorcé.-dije con sorpresa por el ofrecimiento y con apuro por conocer las buenas nuevas.
-         Ayer recibí un llamado muy particular y posteriormente una visita que no esperaba. Era una mujer, muy hermosa por cierto y con mucha clase, vino a dejarme unas cosas que tenía de mi hijo y me dejó dinero en efectivo para los gastos del sepelio. Me aconsejó que no hablara con nadie de su visita y mucho menos del dinero, yo no sabía que mi hijo tuviera una novia, y menos una amante tan distinguida, al parecer la señora, porque me pareció mayor que Javier, es de alcurnia, ¿me entiende? -dijo levantándose la nariz con el dedo índice.
-         Entiendo -murmuré mientras pensaba- ¿agregó algo más?
-         No, pero me dejó esto –y se levantó dirigiéndose a un mueblecito.

Trajo consigo un sobre de papel manila que vació sobre la mesa y del cual cayeron un anillo, una cadena, una pulsera y un reloj, todo de oro y cuando pude tomarlo en mis manos, vi que tenía grabadas las iniciales “JyF”; el reloj tenía cinco brillantes en la esfera y tres rubíes, la pulsera y el anillo también y del extremo de la cadena colgaba un brillante tamaño regular que destelló sobre la mesa con la luz del mediodía. No pude evitar pensar en el dinero que había en ese simple sobre. Esto no era todo, la dulce abuelita sacó otro sobre que volcó del mismo modo sobre la mesa y del que salió una suma importante de dinero, y digo importante porque yo no tenía la costumbre de ver tantos billetes de cien dólares todos juntos. ¿Qué haría la octogenaria con aquella suma? Seguidamente y para mi sorpresa vino la respuesta.

-         Quiero que usted se lleve este dinero.
-         ¿yo? ¿Cómo? Pero, ¿para qué?-atiné a decir con perplejidad.
-         Quiero que investigue la muerte de mi hijo como sea, no para mandar a la cárcel a quien lo hizo si eso no es posible, pero necesito saber la verdad, sobre todo en qué andaba en los últimos tiempos. Quizá sea un poco tarde, pero quiero estar en paz con su espíritu y el mío, ¿me entiende?
-         Sí, claro que la entiendo, pero mis honorarios…
-         No importa cuales sean sus honorarios, puedo ver que aquí hay bastante dinero aún sin contarlo, y si quiere le doy también el valor de las joyas, que las puedo hacer desmontar y fundir para evitar complicaciones. A mi edad no es el dinero lo que me preocupa.

La señora tenía claros sus objetivos y me sorprendió tanta decisión, pero no pude decir que no, como tampoco me pude negar a acompañarla al sepelio.

En media hora estábamos en un remise camino a recoger al anciano esposo y a darle santa sepultura a Javier, único hijo del matrimonio.
Mientras me encontraba en el auto alquilado, en el asiento delantero, miraba por la ventanilla tratando de darle un orden a los hechos. Me acababan de contratar para averiguar un asesinato por una alta suma de dinero que redundaría en unas buenas y ansiadas vacaciones; cuando yo en realidad me había dispuesto a conocer la verdad por amor al arte. Claro que la señora no sabía que mi trabajo no es éste, que yo lo tomo como un hobby y cuento con la ayuda de algunos amigos en lugares clave. Pero que en realidad esta tarea proporciona material a mi verdadera profesión: escribir novelas. Mientras en el fondo de mi bolso llevaba un sobre con unos cuantos miles de  dólares, pensaba si sería deshonesto aceptar el dinero y no decir la verdad. ¿Sería justo aceptarlo como pago a todas las investigaciones que había realizado antes ayudando silenciosa y gratuitamente a la policía? Si la tierna nona había puesto en mis manos aquella suma y quizá también las joyas era una señal del destino, ¿quién era yo para negarme? Por cierto, ¿quién mejor que yo para darle buen uso a ese pecunio? Por su parte la abuela no tendría herederos, salvo algún lejano sobrino u otro pariente que llegaría como buitre a desmenuzar su presa una vez muertos los dos viejos. Además, de donde venía este dinero había más, y por el momento prometía no agotarse, así como me quedaba clarísimo que si no lo usaba yo sería prontamente prodigado en un shopping o en un nuevo amante.

Esas ideas pasaban por mi mente cuando llegamos al cementerio. Un pequeño grupo de gente rodeaba el auto fúnebre que contenía los restos mortales de quien fuera hasta hace poco un próspero profesional y codiciado soltero. Entre los deudos, a quienes no conocía, distinguí una figura que me resultó familiar. Al acercarme pude ver que se trataba del profesor de gimnasia que, con otro atuendo más formal, lucía diferente. De todas formas era difícil aprisionar aquellos brazos en una camisa y mucho menos en un traje. Se le notaba la congoja y lo acompañaban dos hombres igual de fuertes y jóvenes que, supuse, serían del equipo de fútbol amateur que tenía el ingeniero los fines de semana. No saludaron a la anciana, por lo que sospeché que no la conocían; permanecieron un poco alejados de los que serían los familiares y compañeros de trabajo. Me dediqué un rato a observar los distintos grupos de personas, me fijé en las mujeres; pocas y muy elegantes, seguro pertenecían al estudio, dejaban traslucir ese look yuppie que tienen los ejecutivos jóvenes. Más allá estaba los muchachos del club con sus notorios músculos y su estilo característico, pero me llamó la atención un pequeño núcleo que intentaba mantener un perfil bajo; eran cinco jóvenes, dos chicas y el resto varones, con un auténtico estilo punk mal disimulado para la ocasión. Seguramente no querían llamar la atención, pero tampoco podían traicionarse cambiando la ropa que los diferenciaba. Quizá fueran amigos de otra época. Me intrigó saber cómo había llegado la noticia tan pronto a todos, quién sería el nexo entre la distinta gente, ya que la familia desconocía a los amigos.
La respuesta no se hizo esperar, cuando nos íbamos, en el camino de salida del cementerio, se produjo un acercamiento discreto y bien disimulado en la pequeña procesión; uno de los jóvenes ejecutivos, enfundado en un caro traje oscuro y lentes al tono, se acercó a los punkies que lo recibieron con disimulado afecto. Intercambiaron algunas palabras, acompañadas de leves gestos de afirmación y luego el del traje negro se alejó rumbo a su grupo.
Aunque todos vestían muy parecido no me sería difícil reconocer a ese hombre en un futuro encuentro; su cabellera extremadamente rubia, larga y bien cuidada sería fácilmente reconocible en cualquier lugar.
El sepelio finalizó sin más ni más. Allí quedaba la historia de un joven ingeniero de 39 años que fue asesinado dos veces.

continuará......