CAPITULO 7
El viernes arremetí de lleno a la oficina donde
trabajaba el ingeniero. Era un estudio múltiple montado en una casa reciclada
de Palermo donde trabajaban varios profesionales jóvenes en distintas áreas.
Entre ellos se encontraba el rubio que había visto en el entierro. En su busca
fui, esa mañana. Me recibió una joven muy moderna, la recepcionista y
secretaria según pude saber más tarde. El lugar era un bullicio de personas
conversando y música de fondo. Había proliferación de plantas verdes, sillones
muy cómodos y botellones de agua fresca puestos de cabeza en expendedores con
una bolsa de vasitos descartables al costado. El ambiente resultaba juvenil y
próspero, daba la sensación que allí nadie tenía problemas con el trabajo y
mucho menos con el dinero. A todos se los veía muy bien vestidos, luciendo amplias
y blancas sonrisas y cabellos muy a la moda. Parecía más bien una agencia de
modelos, me recordó la revista que antes había hojeado en la peluquería.
El joven rubio al que yo buscaba estaba rodeado de
varias personas que escuchaban con atención su discurso. Me acerqué como si lo
conociera de toda la vida y le pedí si tenía un minuto. Ya solos en una salita
muy confortable, le solté mis dudas.
-
Me
gustaría saber cómo se enteró de la muerte del ingeniero…
-
Ah!,
habla de Javier… qué insuceso, aún no lo
podemos creer, era uno de los mejores en su trabajo y además estaba en un
momento muy bueno de su carrera…
-
¿Quién
les avisó de su muerte?
-
La
señora que hace la limpieza, ella también iba a lo de Javier y nos trajo la
mala noticia… debe haber sido también muy duro para ella, lo conocía desde
hacía muchos años y lo trataba como a un hijo, ahora le dimos unos días de
licencia, quedó muy conmocionada.
-
¿Desde
cuándo trabajaban juntos?
-
Fuimos
fundadores de este lugar, la idea se nos ocurrió a los dos cuando salimos de un
curso que compartimos hace cosa de cinco años, de allí surgió este proyecto.
Nos hicimos amigos además…
-
¿Conocía
su vida privada?
-
¿En
qué sentido me lo dice…?
-
Otros
amigos, sus preferencias sexuales, en fin…
-
No,
bueno… creo que salía con alguien pero nunca supimos quién, no era de presentar
personas, más bien mantenía un perfil bajo en ese sentido.
-
¿Usted
solía ir a su casa?
-
A
veces nos juntábamos a ver una película o a cenar… a él le gustaba mucho la
cocina…
-
¿Cuando
fue la última vez que lo vio?
-
Eh …
la semana de … creo que el viernes.
-
¿Cree?
¿no está seguro? Fue el día de su
muerte, fue usted la última persona en verlo con vida quizá… ¿se vieron
aquí?
-
Eh…
no… nos encontramos en un bar en el Centro, andaba un poco preocupado por algo
pero no quiso hablar del tema, dijo que sólo necesitaba distraerse y no pensar…
no hizo referencia a qué se trataba.
-
¿después
del bar, dónde fueron?
-
Eh…
nos separamos, él se fue a su casa temprano, dijo que tenía que encontrarse con
alguien…
-
¿a qué
se dedica usted?
-
Soy
contador, pero me dedico a otra cosa, represento a laboratorios médicos en
distintos países para el ingreso de medicamentos en el mercado, importaciones,
permisos aduaneros, esas cosas. De todas formas aquí llevo la contabilidad, no
contrataríamos a otro contador teniendo uno en casa, ¿verdad?
-
A
propósito, la situación económica del ingeniero era buena, según tengo
entendido…
-
Bueno,
digamos que no lo pasaba mal, tampoco daba para tirar manteca al techo como
dicen…
-
Bien,
gracias, si tengo más preguntas …
-
Estoy
a sus órdenes, no me moveré de aquí, en confidencia… ¿hay algún sospechoso?
-
Aún
no, si sé de alguien será el primero en saberlo -dije en tono irónico.
No tenía nada, sólo una leve sospecha basada más en la
intuición que en evidencias, de que este chico tenía que ver con el Jaro, algo
me decía que había habido una relación más estrecha que la de amistad. Pero sin
embargo todos coincidían en aseverar que el joven muerto no tenía inclinaciones
homosexuales. Yo seguía teniendo dudas, y si este había sido un crimen pasional
era importante saber sus inclinaciones sexuales para saber a quién estoy
buscando. ¿Lo sabría su madre?A propósito, pensé que le debía una visita a la
señora de Rodríguez, sería bueno tenerla informada porque aquella inocente
anciana era capaz de salir ella misma a investigar y cualquier día de estos me
la cruzaba en el camino juntando pistas.
Por un lado tenía a una amante muy pero muy
clandestina por diversas razones, que bien podía haber venido sin avisar al
apartamento aquella noche y encontrado al ingeniero cenando con su rubio amigo
en actitud sospechosa; o quizá ya en la cama en actitud más que evidente. Esto
pudo provocar los celos de una mujer acostumbrada a tener todo lo que quiere en
todo terreno menos en el amor ya que está destinada a vivir con un hombre al
que no ama, y llevarla a cometer un crimen o pagar para que otro lo haga, cosa
que no le sería difícil.
También el esposo podría tener motivos para matar al
ingeniero, ya que mantenía relaciones con su mujer desde hacía mucho tiempo y
pudo sentirse herido en su orgullo masculino el hecho de recibirlo en su casa y
hacer negocios con quien le traicionara de ese modo a sus espaldas. Asimismo
para él hubiera sido fácil mandarlo matar.
Por otro lado tenemos al contador de la empresa, que
trabaja para grandes laboratorios y que según mi infundada hipótesis mantenía
una relación secreta con el muerto, que bien pudo tener un ataque de celos
frente a una relación que aunque fuera imposible y clandestina, perduraba en el
tiempo y en el corazón del ingeniero. Para un joven empresario bien vinculado
tampoco sería difícil procurarse un asesino a sueldo que hiciera el trabajo
sucio.
Hasta acá todo parecía coherente, la cosa amenazaba
complicarse cuando nos poníamos a pensar que el muerto fue asesinado dos veces.
La pregunta era si lo hizo la misma persona, o quizá mis dos sospechosos principales
habían cometido el mismo crimen, en la misma persona con sólo una diferencia horas.
Cuál de los dos fue el primero que lo mató era algo
que yo debía descubrir. Quién vino en segundo lugar se desprendería por
consecuencia, y quién de los dos era más culpable era algo que por suerte lo
determinaría un juez, porque no es menos asesino quien mata a una persona ya
muerta si tenemos la intención y el motivo como prueba incriminatoria. Ahora si
el viejo dicho de “Quien roba a un
ladrón tiene cien años de perdón” tiene
validez para los homicidas, entonces definir quién fue el primero que lo mató
sería de vital importancia en este caso.
Pensándolo bien, ejecutar cuatro cortes con arma
blanca en el tórax de un cadáver suena muy parecido a una autopsia, por lo que
visto de este modo, el Dr. Arriola podría ser acusado de ultimar por tercera
vez al ingeniero y así mi segundo homicida podría ser visto como ayudante del
forense. Un divague, claro.
Así las cosas me dispuse regresar a mi casa,
prepararme una suculenta cena y descansar un rato mí agotado cerebro con una
película tonta de esas que dan los viernes a la noche.
Me encontraba en plena fiesta de televisión, cerveza y
pies arriba de la mesa cuando sonó el teléfono. Eso no era extraño, lo que sí
constituía un acontecimiento era que un profesor de gimnasia me llamara un
viernes a la noche para invitarme a un boliche lejos de mi casa.
En media hora me encontraba en una pequeña mesa ubicada
junto al cordón de la vereda en la ciudad vieja en medio de un bullicio total y
mucha gente que iba y venía saludándose y bebiendo como si fuera carnaval. No
me pareció un lugar adecuado para hablar de lo que me imaginaba que iba a ser
el tema de nuestra charla, pero de todos modos esperé. Al poco rato se sentó
delante de mí aquel hombre enorme de los brazos tatuados y esta vez no me
pareció tan grande. Estaba nervioso y tomaba vodka en un vaso pequeño. Yo, que
ya había pedido una cerveza, lo saludé mientras trataba de anticipar algo.
-
Entiendo
que no es este el mejor lugar para hablar, pero cuando uno quiere pasar
desapercibido lo mejor es hacer todo lo contrario, ¿no cree? Me espetó.
-
Puede
ser -aventuré- ¿a qué se debe el apuro?
-
Tengo
algo que decirle, necesito compartirlo con alguien ahora que el Jaro no está,
espero que no constituya una traición, pero me parece que si hay un muerto no
importa romper la promesa de un amigo si es para esclarecer un homicidio.
-
Ha
logrado intrigarme, hable por favor.
-
Bueno,
yo conozco al Jaro desde hace mucho tiempo, él venía a mi gimnasio y en el
último tiempo nos habíamos hecho amigos, solíamos ir a tomar cerveza a un bolichito
cerca de su casa y jugábamos al pool; eso hizo que en algún momento con un poco
de alcohol de más me haya hecho algunas confesiones que yo siempre supe guardar
muy bien.
-
Adelante,
puede contar con mi discreción, sé guardar un secreto…
-
Bueno,
el Jaro me contó que se había enamorado de una mujer muy importante con la que
no podía formalizar nada por razones de política entre otras, luego las cosas
se complicaron a causa de los negocios que él tenía con el marido de ella.
Nunca supe exactamente de que se trataba pero su situación económica mejoró
bruscamente…
-
Hasta
ahora no hay nada de que asustarse –acoté tratando de apurarlo un poco, ya que
se había pedido otro trago y temí que se emborrachara antes de llegar al meollo
del asunto.
-
Lo sé,
pero eso no es todo, un día trajo al gimnasio al contador de su empresa, un
joven con mucho empuje y grandes ideas. Enseguida se sintió cómodo y lo
incorporamos al equipo de fútbol que tenemos para los fines de semana, ya sabe,
un picadito de vez en cuando nos devuelve las energías.
-
Ya lo
creo –apunté bebiendo mi cerveza ya caliente.
-
Con el
paso del tiempo comencé a sospechar que entre el contador y el ingeniero había
algo más que amistad, pero como el Jaro nunca demostró intereses homosexuales
no sabíamos bien qué pensar ni porque habría de ocultarlo.
-
¿Qué
cree usted que estaba pasando, entonces? Traté de ayudarlo un poco.
-
Bueno,
había otras implicancias, parece que el amor y los negocios no se llevan bien,
porque los escuché discutir en el vestuario varias veces y unos días antes de
lo que usted ya sabe, tuvieron una fuerte pelea que pareció ser definitiva.
Nadie decía nada, todos nos hacíamos los tontos, el Jaro era un buen compañero
de juegos y lo queríamos mucho; pero quizá hubiéramos podido ayudarlo de haber
sabido en qué andaba metido –dijo esto con gran congoja y me impactó ver a un
hombre de su talla al borde de las lágrimas y embriagándose con vodka.
-
Bueno,
quizá no hubiéramos podido hacer nada –acoté incluyéndome para alivianar la
carga del entrenador- ¿usted sospecha de alguien en particular?
-
Bueno,
de eso se trata, yo creo que el contador estaba embrollado en algo turbio con
el Jaro, los escuché hablar de un pedido que debía llegar a Uruguay en
determinada fecha y parece ser que por un error en los trámites de la aduana
había quedado retenido allí a riesgo que revisaran la carga, o que pasara por
el control de medicamentos ingresados al país que hace Salud Pública. Al parecer
no habían podido arreglar ese asunto y eso los tenía muy preocupados, al
principio yo pensé que traficaban cocaína, pero…
-
¿Pero?
-
Parece
ser que se trata de una droga nueva, que recetan los psiquiatras para las
depresiones y las crisis de pánico, tan común en estos tiempos, entonces crea
adicción y es completamente legal, ganan los médicos, los laboratorios y los
que la producen y no tienen ningún problema porque están amparados por la medicina
¿me explico? -dijo mientras apuraba el quinto vasito de vodka- sólo que es un
arma mortal cuando se emplea pura y en combinación con algún tranquilizante,
haciendo que desparezca sin dejar rastros, ya que el remanente se asemeja a una
toxina que el organismo libera en estados alterados del ánimo como depresión o
euforia.
-
¿Cómo
supo esto?
-
Algo
me contó el Jaro en una de esas noches de boliche, últimamente andaba nervioso
y necesitado de hablar, por lo que me convertí en su confidente, hizo bien, yo
no hablaría con nadie si no hubiera pasado lo que pasó, pero si esto sirve para
evitar otra pérdida sentiré aliviada mi conciencia.
Me mantuve en silencio unos segundos mientras pensaba
lo que acababa de escuchar y qué haría si toda aquella humanidad se terminaba
de emborrachar y había que llevarlo a algún sitio. Me convencí firmemente que
lo dejaría allí durmiendo sobre la mesa. Pero la solución a mis cuitas se
presentó. Repentinamente se incorporó mientras intentaba sacar el dinero para
pagar. Lo detuve con un gesto, llamé al mozo, pagué la cuenta y me dispuse a
partir.
-
Vamos,
estoy en mi auto y puedo conducir –dijo con seguridad- dígame donde prefiere
quedarse.
-
Está
bien, no tiene que llevarme estoy en mi auto, quizá sería mejor que yo lo
llevara a usted…
-
Ya lo
sé, pero…
-
Una vez que me hube despedido me quedé cavilando
acerca de lo que me había contado el profesor de gimnasia. Constituía un
material interesante, pero no daba en el clavo con la razón del doble asesinato.
¿Por qué matarlo si todo andaba bien? En todo caso debía encontrar la falla.
Algo había cambiado, un desvío en el funcionamiento había provocado este corte.
Ya sea que se tratara de razones de negocios o afectivas, algo había alterado
el curso de las cosas y uno de los protagonistas había perdido no sólo la calma
sino también la razón llegando a cometer un crimen.
En esas elucubraciones me encontraba cuando, llegando
a mi casa, me sorprendió una sombra cerca de mi puerta. Alguien me estaba
esperando aunque ya era tarde. Me acerqué sin miedo, tratando de avizorar de
quién se trataba pero el desconocido vino a mi encuentro. Era el contador de la
empresa del ingeniero, el joven y apuesto empresario con su larga y rubia
cabellera en una coleta despeinada, un traje tan caro como arrugado y la
corbata de seda italiana colgando despreocupadamente. Tenía las mangas del saco
y la camisa subidas sobre el antebrazo y parecía haber estado tomando. Hoy es
mi día de servicio en AA, pensé, aunque no eran precisamente anónimos.
-
Tengo
urgencia en hablar con usted –dijo adelantándose hacia mi.
-
Ya lo
veo –comenté a mi vez tratando de ser cordial – ¿cómo supo mi dirección?
-
Disculpe
la indiscreción, luego se lo explico, ¿puedo pasar?
-
Sí,
claro, adelante
Ya en el living de mi casa me dispuse a escuchar el
segundo testimonio de la noche acerca del caso Rodríguez. Esperaba que estas
noticias fueran más jugosas que las anteriores, quizá por una cuestión de
esperanza nomás. Con esa actitud me dispuse a escuchar no sin antes meditar
acerca de lo acertado que sería en este caso ofrecer una bebida y ante la duda
y el estado del invitado decidí abstenerme, valga el doble sentido.
-
Bien,
y ¿que tiene de nuevo?
-
Sé
quién mató al ingeniero –me estampó sorprendiéndome.
-
Humm…
bien, explíquese
-
Estoy
muy nervioso, ¿tiene whisky?
-
Eh…
sí, ¿lo quiere con hielo?
-
Sí,
por favor. Y se reclinó en el sillón con alivio.
Volví con un vaso, la botella y una hielera porque que
me imaginé que con un solo trago no sería suficiente y ya que era viernes y muy
tarde decidí tomar algo yo también y me traje una cerveza. Así las cosas me
dispuse a recibir la buena nueva.
-
¿Y
quién fue el homicida?
-
Bueno,
ese asunto se remonta a cuando nos conocimos con el Jaro, sabe, entre los
íntimos le decíamos así, hace cosa de unos años, cuando compartíamos un curso
breve sobre leyes de importación, la vida nos juntó para hacer buenos negocios
y una amistad que luego se transformaría en un vínculo más estrecho…
-
¿A qué
se refiere?
-
No voy
a ocultar nada, nosotros manteníamos una relación, además tenía una
amante que creo que usted la conoció, pero como vivía en Venezuela esto le
permitía mantener otras relaciones sin complicarse, por otra parte ella sabía
que había alguien más, lo que no sabía es que ese alguien era yo.
-
¿Esto
hubiera sido un problema?
-
No lo
sé, pero las cosas se complicaron cuando comenzamos a negociar con el
embajador, o sea el esposo de ella, los negocios iban muy bien aunque no muy
legales, ya sabe, se camina por el borde, evitando el resbalón. Eso nos aportó
grandes ganancias que cambiaron nuestras vidas, pero como todo lo bueno, en
algún momento se termina… -en este punto tomó un largo sorbo de whisky y se
aflojó más el cuello de la camisa.
-
¿Qué
sucedió, entonces? –acoté para no perder el ritmo de la charla.
-
Apareció
alguien que complicaría las cosas, un aprendiz de peluquero, muy joven,
demasiado para mi gusto, pero que despertó en el Jaro sentimientos
desconocidos… no lo pudimos tolerar…
-
¿Pudimos?
-
Pude, me
refiero a mí, ¿dije pudimos? quise decir que para mí fue demasiado y decidí
abrirme, pero él no estaba dispuesto a perderme, había muchas cosas en juego,
el afecto, la empresa, los negocios con el venezolano, las ganancias
compartidas… en fin…me amenazó con matarse si yo lo dejaba, fue demasiado,
usted sabe…
Yo no sabía nada, pero traté de imaginármelo y no
quise contradecirlo. Aunque no podía imaginar al ingeniero como un potencial
suicida, a pesar de que lo conocí ya muerto, algo me decía que no tenía el
perfil de un suicida… allí había algo que no cerraba así que intenté mantener
el hilo de la charla.
-
Entonces,
¿quién lo mató?
-
A mi
entender el joven peluquero se enamoró del Jaro y cuando supo de lo nuestro no pudo
resistir y decidió matarlo, en complot con el entrenador de gimnasia a quien
nunca le simpaticé, y creo que el también estaba interesado, digo por la forma
en que lo trataba y varias veces los encontré en el barcito de la esquina
tomando cerveza juntos.
Acá perdimos la chaveta, pensé, ahora además de
borrachos tengo locos. En este punto de la charla debía pensar cómo deshacerme
de este tipo en estas condiciones, ya que me encontraba en mi casa me era
imposible irme y dejarlo allí, por lo que debía ejecutar yo la acción de
echarlo fuera o pedirle cortésmente que se retirara. Mientras deliberaba acerca
del asunto, el invitado bebía sin compasión el último trago de whisky que
quedaba en la botella, por lo que imaginé que querría irse y me incorporé en el
sillón. Acto seguido él imitó mis movimientos pero en vez de levantarse se
arrellanó en el sofá con intenciones de dormir allí. Pegué un grito.
-
¡No!...-grité-
¿quiere que lo acompañe a la calle?
-
Sí,
claro -dijo incorporándose otra vez- ya le dije todo lo que sé, ahora me puedo
ir, la pena me consume el alma, sabe, una pérdida así no tiene consuelo,
perdón, no cuente a nadie que estuve aquí, por favor…
-
Quédese
tranquilo, puede confiar en mí –esa frase ya la había dicho antes- bien, si
tiene algo más le ruego me lo haga saber, aunque sea por teléfono.
-
Sí lo
haré –balbuceó tambaleante por la vereda y se alejó.
Ya en mi casa no daba crédito a lo escuchado en esta
larga noche de viernes, por lo que decidí irme a dormir y dejar que mi agotada
cabeza encontrara las respuestas.
continuará......
continuará......


