CAPITULO10
Ya en el confortable living de su casa y con una
humeante taza de café en la mano me relajé y dejé venir los hechos hacia mí o
más bien dejándome llevar por las circunstancias para ver donde podía terminar
todo esto. Si no con mi vida iba a terminar con mi trabajo, ya que estaba
descuidando el final de mi novela y mi editor iba a retorcerme el pescuezo.
-
Voy a
contarle algo que estuve investigando en algunos sitios que frecuentaba mi hijo,
por supuesto que no comenté nada con mi esposo, estará de acuerdo conmigo en
que hay cosas que es mejor mantener en secreto.
-
Aja!
-
En la
peluquería sucede algo muy particular, hoy había una reunión especial con el
próximo grupo y se dan los detalles finales para que las personas estén seguras
de tomar la decisión deseada, yo también estaba invitada, creo que su
interrupción fue un mensaje…a propósito ¿qué hacía usted allí?
-
Alguien
me avisó sin darse a conocer, sabe quién pudo haber sido…
No me contestó, se levantó, colocó un leño en el fuego,
y se acomodó en el sillón de respaldo alto como si fuera para largo. El clima
en aquella casa parecía diferente, el tiempo no transcurría, sino más bien se
dejaba caer como un gran manto acogedor, embriagante, maternal al que
entregarse sin preocupaciones. La luz de la tardecita iba tiñendo de violeta el
recinto y las sombras se alargaban en sentido contrario al gran ventanal que
daba al parque. A lo lejos los árboles se mecían suavemente y su silueta
recortada contra el cielo semejaba grandes hombres cansados que caminaban hacia
nosotros a paso lento. Bajo el embrujo del lugar y el hechizo de la señora de
Rodríguez me encontraba mientras ella amenazaba resolver el caso de la muerte
de su propio hijo. Su integridad me llamaba la atención y provocaba en mí una
incipiente admiración.
-
La
historia comenzó hace mucho tiempo, cuando mi hijo vino a hablar conmigo
después de una seria enfermedad que me llevó unos cuantos meses en el hospital.
En su momento me lo tomé como una buena posibilidad, pero el cuerpo humano es
una gran sorpresa y contra todos los pronósticos yo mejoraba considerablemente,
con lo que la idea de la peluquería fue quedando en el cajón… pero ahora…
-
No
entiendo –aventuré tratando de cazar el hilo de la cosa porque amenazaba
quedarme fuera de todo asunto sin comprender de qué me hablaba.
-
Bueno,
si me lo permite llegaré el meollo del asunto, mi hijo ni se suicidó ni fue
asesinado.
Dicho esto la señora de Rodríguez hizo una eterna
pausa aprovechándose de mi mudez. Una película pasó como ráfaga por mi cabeza y
volví a ver el cuerpo del ingeniero en la morgue con sus cuatro puñaladas en el
pecho entonces no encontré una respuesta que pudiera parecer lógica. Atiné a
acomodarme en el sillón y la ancianita comenzó nuevamente su relato disfrutando
de sus conocimientos y por supuesto de mi sorpresa.
-
¿quiere
más café o prefiere un poco de cognac? –me espetó como si nada.
-
Cognac…
–murmuré casi sin voz.
-
Le
sentará bien… como le decía… mi hijo tenía una relación con aquella mujer muy
fina que luego se fue con su marido a Venezuela, ella era médica y estaba
investigando un producto nuevo que funciona como un tranquilizante y descubrió que
una sobredosis provoca un enlentecimiento de los signos vitales de una persona
hasta el cese total de los mismos, sin provocar dolor y sin dejar rastros en el
cuerpo, de manera que resulta el arma perfecta tanto para matar como para
suicidarse…¿me va siguiendo?
-
Aja-
dije mientras me apuraba la redonda copa.
-
Un
colega suyo, venido de China, comenzó a trabajar en el caso con la doctora y
llegó la información hasta mi hijo, que tuvo una idea diferente del uso de esta
medicina apoyado por su psiquiatra. Decidieron traer el medicamento en forma
ilegal de Venezuela para acá y comercializarlo en un centro de meditación, esta
droga, suministrada con prudencia, provoca un estado de profunda relajación que
dura el tiempo que la persona desee, el procedimiento debe ser controlado por
lo que se aconseja no hacerlo solo en casa…
-
Creo
que voy entendiendo –acoté sin mayor convicción mientras la señora de blanco
cabello y cuerpo frágil se ensimismaba en su relato casi olvidándose de mi.
-
Mi
hijo comenzó a tener un romance con un compañero de trabajo, el contador
carilindo que usted ya conoce, las cosas con la doctora se habían enfriado por
causa de la enfermedad del marido de ella, la situación no era muy grata como
se imaginará, ambos, el contador y la doctora, sabían que compartían al amante,
pero ninguno se creía con suficiente derecho a reclamar exclusividad, por lo
que trataron de convivir en paz ayudados por la distancia…
-
No doy
crédito –atiné a decir para hacer acto de presencia.
-
Al
tiempo montaron la gran peluquería, nada más lejos de las miradas indiscretas,
trabajaban en conjunto con el psiquiatra que enviaba los pacientes a la
peluquería donde eran tan gratamente atendidos como usted pudo comprobar. Hasta
ese momento todo pareció estar bajo control, las finanzas resultaban
provechosas para todos, las personas que utilizaban el medicamento mágico
descansaban de su estres emocional, o de su depresión o su manía a través de
una moderna y confortable cura de sueño por la que pagaban mucho dinero y
salían con renovados bríos, claro que ellos no sabían los detalles de la droga,
simplemente disfrutaban de los resultados.
-
No
logro ver la causa de la muerte de su hijo y mucho menos las cuatro puñaladas…
-alcancé a decir.
-
Ya
llegamos, no se apure. Al consultorio del psiquiatra llegó una persona de alta
sociedad que había decidido acabar con su vida, pero quería hacerlo de una
manera prolija y organizada, no fuera cosa de armar un escándalo, era alguien
de gran inteligencia y capacidad para discernir las cuestiones de la vida, ¿me
entiende? Esas que no tienen otra explicación que aquella que no queremos
escuchar. A lo largo del proceso terapéutico fue mejorando, pero su decisión se
fue consolidando cada vez más ayudado por la idea de que la muerte es la posibilidad
del hombre de unirse al universo como una vez lo estuvo, ¿ha oído hablar de
estas creencias?
-
Eh…
sí, tengo una idea – ya iba por el tercer cognac y no sabía muy bien si aquello
era real o no y la cara de la inocente ancianita se iba transformando ahora en
un médico chino, ahora en un psiquiatra, ahora en una médica venezolana, ahora
en un traficante y por momentos parecía un espíritu con una blanca aureola que
le iluminaba la frente.
-
Bien, en
una de las sesiones de la peluquería, esta persona que le cuento manipuló por
sí misma la dosis y luego de dejar una carta indicando los pasos a seguir, se
durmió para siempre en un agradable y profundo estado de meditación.
-
¿qué
decía la carta? –pregunté desatinadamente
-
Que no
avisaran a nadie, que ningún pariente reclamaría su cuerpo, que legaba todo su
dinero a la organización y que ya estaban hechos los arreglos para ser enviado
a una clínica de investigación y donación de órganos.
-
¿Ilegal?
–otra pregunta mala.
-
Al
borde, con cuidado se puede caminar por las cornisas, de todas formas esto no
asombró a ninguno de los involucrados, que rápidamente pensaron en la cantidad
de personas que estarían dispuestas a irse de este mundo sin mayor sacrificios
y a la vez dar un empujón a la ciencia…
-
¿qué
quiere decir?
-
La
clínica que recibía los cadáveres pagaba muy bien por ellos, sobre todo por
gente sana y si eran jóvenes mejor.
-
¿Significa
que los vendían?
-
Sí, y aquí
comenzó la erosión interna del grupo, algunos estaban de acuerdo con eso y
otros no, consideraban el aspecto ético, pero a su vez el dinero que obtenían
con la venta de esos cuerpos, que por otra parte nadie reclamaba, era destinado
a donaciones para niños carenciados tanto aquí como en Venezuela, eso apaciguó
las conciencias de algunos… por un tiempo…
-
Sigo
sin entender la muerte de su hijo…
-
Bueno,
por la cabeza de mi hijo no se lo que pasó para que tomara la decisión de
probar consigo mismo la droga, pienso que quería experimentar esa sensación tan
deseada, ya que muchos de los que se sometían a la “meditación” decían realizar
viajes fantásticos, incluso llegaron a creer que se trataba de mundos
paralelos, u otras dimensiones, lo cierto es que la experiencia resultaba
profundamente agradable y por eso adictiva. Creo que Javier decidió
experimentar y excedió en la cantidad además de violar la indicación de no
hacerlo solo.
-
Al
parecer no estaba solo…
-
Si,
tiene razón, esa noche cenó con alguien, la dama en cuestión, ella estaba de
paso por Montevideo, iba camino a Buenos Aires, hizo una pequeña escala
imprevista y vino al apartamento, pero no podía quedarse, su vuelo salía
nuevamente a las dos de la madrugada.
-
¿qué
cree que pasó?
-
¿qué
cree usted?
-
Que el
contador asistió a la cena sin ser invitado y los encontró in fraganti…
-aventuré en un esfuerzo imaginativo que me costaba horrores dado el efecto del
cognac, del calor y de la penumbra.
-
No
ejercita usted la imaginación en la vida real como en sus novelas comentó
avergonzándome - yo se lo diré.
………………………………………………………………………………
-
Lo que me acabas de decir no tiene ni pies
ni cabeza- dijo el abogado.
-
Bueno pues así sucedieron las cosas y
debemos buscar una solución que sea favorable para mí, porque no quiero comerme
unos cuantos años en la cárcel por un crimen que al final no cometí.
-
Eso lo va a determinar el juez si se cree
lo que dijo el forense, porque convengamos que es bastante increíble la versión
oficial.
-
Esto va a terminar con la poca cordura que
me queda, en el estudio ya se comenta que algo me pasa desde que se publicó la
noticia en los diarios, y no se por qué
mágica asociación de ideas creen que tuve que ver con la muerte del
ingeniero, nadie lo quería más que yo, habíamos llegado a una comprensión mutua
tan profunda que hice lo que me pidió sin dudarlo y volvería a hacerlo sólo por
cumplir su voluntad.
Se nubló la vista del
muchacho rubio y buen mozo, apoyó los brazos sobre el escritorio y escondiendo
la cara en el hueco rompió a llorar como un chico mientras el abogado le
extendía cautelosamente una caja de pañuelos descartables temiendo por la
lustrosa madera que cubría su escritorio.
Nunca se sabe que hacer
cuando otro llora, es muy fácil decirle a los niños que no lloren porque
creemos que como son pequeños también sus sentimientos lo son, por lo tanto es
más fácil espantarlos. Solemos pensar que cuando un adulto siente pena, es
mucha y muy grande y sobre todo muy en serio, porque claro no se gastan lágrimas
en pavadas cuando somos grandes ¿no?
El abogado pidió dos cafés, y
dos vasos de agua a través de un intercomunicador y se quedó mirando al
muchacho mientras pensaba cómo lo sacaría de aquel embrollo tonto y tan grave
al mismo tiempo.
Tendría que comunicarse con
algunos de sus colegas más veteranos en la profesión y quizá con algún
profesor, pero antes iba a averiguar en Internet, que es menos personal y no
hay que contarle el problema a nadie.
En la jurisprudencia local
seguro no existiría ni un solo precedente al respecto y nada de bibliografía,
quizá fuera la primera vez que sucediera un hecho así, o que lo notaban. ¿De
dónde sacaron este médico forense tan astuto y eficiente?, bien podría haber
tomado las primeras pruebas y no ir tan al fondo del asunto. Teniendo en cuenta
que el embajador se encontraba involucrado, dudó si había hecho lo correcto en
tomar este caso a nombre propio y no de la empresa.
………………………………………………………………………………….
Yo me encontraba en un estado de conciencia alterado,
de eso era conciente. Sin poder aclarar en mi mente que cosa había hecho efecto
primero y cual potenciaba la otra, el mareo iba en ascenso y las nociones más
básicas de la percepción parecían mutar en fracción de segundo que la mente no
alcanzaba a predecir. El living de la casa de la Sra. Rodríguez cobraba una
irrealidad pasmosa que se hacía más creíble que la propia copa de cristal que
aún sostenía en mi mano. Cuando alcé la vista hacia el sillón donde se
encontraba la anciana misteriosa, la vi recostada en el respaldo. Apoyaba su
cabeza un poco ladeada y miraba fijamente el fuego. Un halo de color violeta
blancuzco la rodeaba y amenazaba con no permitir que nadie la tocara. Tardé una
eternidad en darme cuenta que no pestañeaba y que su copa de cognac se hallaba
tumbada sobre la falda.
Otro milenio me llevó ordenarle a mi cerebro que
levantara mi cuerpo y accionara en alguna dirección.
Ni que hablar que cuando pude constatar que la Sra. de
Rodriguez estaba muerta, el primer impulso fue salir corriendo y en ese momento
tome en cuenta el tiempo que había transcurrido. Me encontraba en medio de una
gran gelatina que me había fagocitado sin yo poder hacer nada y de la que me
costaba salir.
¡La anciana investigadora había muerto! Allí mismo…
delante de mis nublados ojos! Sin causa aparente y sin terminar la frase que
había comenzado en la que prometía desentrañar el misterio de la muerte de su
hijo. Yo, como quien lleva el estandarte de la estupidez delante de la caravana
me encontraba de pie en medio del salón sin saber siquiera donde depositar la
copa. En un acto de inexplicable lógica, la guardé en el bolsillo de mi
chaqueta. Me dirigí a la puerta y con un pañuelo de papel tomé el picaporte y
lo abrí sintiéndome como un ridículo personaje de película yanqui. Una mente
ajena a la mía dirigía mi cuerpo y yo se lo permitía.
Salí a la calle y caminé hasta tomar un taxi. Cuando
hube encontrado comodidad en el asiento sentí el cristal duro de la copa…
romperse en mil pedazos en mi bolsillo. Esto no podía pasarme. Pensando qué
hacer con los vidrios dejé divagar mi mente... ¿había estado en la casa de la
Sra. De Rodríguez? ¿había muerto ella o
solo dormitaba? ¿y si estaba meditando? ¿y donde estaría el Sr. Rodríguez todo
ese tiempo? ¿Cuánto tiempo?
Pagué el taxi y me dirigí a mi casa en estado de
estupor. Dos pisos por escalera. Habitaciones amplias y techos altos, grandes
ventanas y puertas de cedro. Cuando por fin encontré la llave y la puerta se
abrió cuarenta y cinco grados sobre su eje y nada más, sospeché lo anunciado.
En eso sonó el timbre ¿quién podía ser a esta hora? Oprimí
el botón sin preguntar. Al cabo de unos minutos mi editor se encontraba en la
puerta. Traía dos botellas de vino y un paquetón. A pesar de lo que significaba
esa visita sentí un gran placer y ganas de abrazarlo como nunca antes. Gracias
a un dios en el que no creo, alguien llegaba a mi casa en un momento en que lo
necesitaba. Se quedó parado en la puerta sin atinar a entrar o salir corriendo
y balbuceando algo acerca de la comida que suponía que yo no tenía. La casa era
un desorden total. Todo estaba desparramado por el suelo y algunos muebles
patas a arriba, los cajones para afuera y los papeles y libros tirados por
todos lados
-¿Qué
pasó aquí? ¿Te estás mudando? ¿O recambio de muebles?
- Ni
lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario, dije haciendo la grulla.
- bueno,
explícame un poco, estas en líos con la mafia o algo así… -dijo mientras empujaba
con el pie cosas en el piso
- no
exactamente pero tengo un caso medio extraño … Pa!!!!!!! los sobres … Deben
haber venido por los sobres… -dije acordándome y corrí a tirarme sobre la cama
y asomé la cabeza para ver debajo como quien busca los zapatos- no lo puedo
creer, acá están -dije mientras me sentaba en la cama con un bulto de tela
sucia y vieja entre las manos.
- ¿Y
eso? ¿Qué hay ahí? ¿Qué crees que buscaban?
Miré a mi editor y por un instante pensé si debía
confiar en él todo aquel asunto. Ricabelle me conocía desde hacía diez años o
quizá más. Habíamos compartido unas cuantas cervezas en reiteradas ocasiones y
supimos tener largas charlas hasta la madrugada en la casita de la playa que
heredó de sus padres cuando yo finalizaba un libro y nos regalábamos un
merecido descanso, ya que él tambíén oficiaba de corrector. Lo miré sin decir
palabra y pensé en la botella de vino que aún sostenía en su mano, mientras la
otra estaba todavía al costado de la puerta abierta de mi apartamento revuelto.
Lo volví a mirar en un tiempo que pareció una eternidad y decidí que sería bueno
tener su opinión de todo esto y alguien en quien confiar.
- Te lo
voy a contar de una vez, porque te lo merecés, vamos a abrir un vino de esos y
sentémonos en este desorden, pero antes voy a cerrar la puerta porque si mi
vecina pasa y ve todo esto va a llamar a la policía.
Acto seguido cerré la puerta, traje un sacacorchos,
dos copas y me saqué los zapatos y me senté en la cama con disposición de
relato.
-
en estos
dos sobres hay quinientos mil dólares por un trabajo que todavía no terminé y
que promete complicarse cada vez más.
-
¿Qué?
-
Así
como te lo digo, medio millón.
-
¿quién?
-
Dos
vertientes distintas pero por la misma causa, una de ella acaba de morir hace
unas horas, la otra no vive en el país, diplomacia, y nadie más sabe de este
dinero.
-
¿Y
cual era el trabajo si se puede saber?
-
Bueno,
te cuento, todo comienza con la muerte del ingeniero agrónomo Javier Rodríguez
de la Fuente , al
parecer lo mataron dos veces…



