sábado, 8 de junio de 2013

El primer caso - Capítulo 10

CAPITULO10
Ya en el confortable living de su casa y con una humeante taza de café en la mano me relajé y dejé venir los hechos hacia mí o más bien dejándome llevar por las circunstancias para ver donde podía terminar todo esto. Si no con mi vida iba a terminar con mi trabajo, ya que estaba descuidando el final de mi novela y mi editor iba a retorcerme el pescuezo.

-         Voy a contarle algo que estuve investigando en algunos sitios que frecuentaba mi hijo, por supuesto que no comenté nada con mi esposo, estará de acuerdo conmigo en que hay cosas que es mejor mantener en secreto.
-         Aja!
-         En la peluquería sucede algo muy particular, hoy había una reunión especial con el próximo grupo y se dan los detalles finales para que las personas estén seguras de tomar la decisión deseada, yo también estaba invitada, creo que su interrupción fue un mensaje…a propósito ¿qué hacía usted allí?
-         Alguien me avisó sin darse a conocer, sabe quién pudo haber sido…

No me contestó, se levantó, colocó un leño en el fuego, y se acomodó en el sillón de respaldo alto como si fuera para largo. El clima en aquella casa parecía diferente, el tiempo no transcurría, sino más bien se dejaba caer como un gran manto acogedor, embriagante, maternal al que entregarse sin preocupaciones. La luz de la tardecita iba tiñendo de violeta el recinto y las sombras se alargaban en sentido contrario al gran ventanal que daba al parque. A lo lejos los árboles se mecían suavemente y su silueta recortada contra el cielo semejaba grandes hombres cansados que caminaban hacia nosotros a paso lento. Bajo el embrujo del lugar y el hechizo de la señora de Rodríguez me encontraba mientras ella amenazaba resolver el caso de la muerte de su propio hijo. Su integridad me llamaba la atención y provocaba en mí una incipiente admiración.

-         La historia comenzó hace mucho tiempo, cuando mi hijo vino a hablar conmigo después de una seria enfermedad que me llevó unos cuantos meses en el hospital. En su momento me lo tomé como una buena posibilidad, pero el cuerpo humano es una gran sorpresa y contra todos los pronósticos yo mejoraba considerablemente, con lo que la idea de la peluquería fue quedando en el cajón… pero ahora…
-         No entiendo –aventuré tratando de cazar el hilo de la cosa porque amenazaba quedarme fuera de todo asunto sin comprender de qué me hablaba.
-         Bueno, si me lo permite llegaré el meollo del asunto, mi hijo ni se suicidó ni fue asesinado.

Dicho esto la señora de Rodríguez hizo una eterna pausa aprovechándose de mi mudez. Una película pasó como ráfaga por mi cabeza y volví a ver el cuerpo del ingeniero en la morgue con sus cuatro puñaladas en el pecho entonces no encontré una respuesta que pudiera parecer lógica. Atiné a acomodarme en el sillón y la ancianita comenzó nuevamente su relato disfrutando de sus conocimientos y por supuesto de mi sorpresa.

-         ¿quiere más café o prefiere un poco de cognac? –me espetó como si nada.
-         Cognac… –murmuré casi sin voz.
-         Le sentará bien… como le decía… mi hijo tenía una relación con aquella mujer muy fina que luego se fue con su marido a Venezuela, ella era médica y estaba investigando un producto nuevo que funciona como un tranquilizante y descubrió que una sobredosis provoca un enlentecimiento de los signos vitales de una persona hasta el cese total de los mismos, sin provocar dolor y sin dejar rastros en el cuerpo, de manera que resulta el arma perfecta tanto para matar como para suicidarse…¿me va siguiendo?
-         Aja- dije mientras me apuraba la redonda copa.
-         Un colega suyo, venido de China, comenzó a trabajar en el caso con la doctora y llegó la información hasta mi hijo, que tuvo una idea diferente del uso de esta medicina apoyado por su psiquiatra. Decidieron traer el medicamento en forma ilegal de Venezuela para acá y comercializarlo en un centro de meditación, esta droga, suministrada con prudencia, provoca un estado de profunda relajación que dura el tiempo que la persona desee, el procedimiento debe ser controlado por lo que se aconseja no hacerlo solo en casa…
-         Creo que voy entendiendo –acoté sin mayor convicción mientras la señora de blanco cabello y cuerpo frágil se ensimismaba en su relato casi olvidándose de mi.
-         Mi hijo comenzó a tener un romance con un compañero de trabajo, el contador carilindo que usted ya conoce, las cosas con la doctora se habían enfriado por causa de la enfermedad del marido de ella, la situación no era muy grata como se imaginará, ambos, el contador y la doctora, sabían que compartían al amante, pero ninguno se creía con suficiente derecho a reclamar exclusividad, por lo que trataron de convivir en paz ayudados por la distancia…
-         No doy crédito –atiné a decir para hacer acto de presencia.
-         Al tiempo montaron la gran peluquería, nada más lejos de las miradas indiscretas, trabajaban en conjunto con el psiquiatra que enviaba los pacientes a la peluquería donde eran tan gratamente atendidos como usted pudo comprobar. Hasta ese momento todo pareció estar bajo control, las finanzas resultaban provechosas para todos, las personas que utilizaban el medicamento mágico descansaban de su estres emocional, o de su depresión o su manía a través de una moderna y confortable cura de sueño por la que pagaban mucho dinero y salían con renovados bríos, claro que ellos no sabían los detalles de la droga, simplemente disfrutaban de los resultados.
-         No logro ver la causa de la muerte de su hijo y mucho menos las cuatro puñaladas… -alcancé a decir.
-         Ya llegamos, no se apure. Al consultorio del psiquiatra llegó una persona de alta sociedad que había decidido acabar con su vida, pero quería hacerlo de una manera prolija y organizada, no fuera cosa de armar un escándalo, era alguien de gran inteligencia y capacidad para discernir las cuestiones de la vida, ¿me entiende? Esas que no tienen otra explicación que aquella que no queremos escuchar. A lo largo del proceso terapéutico fue mejorando, pero su decisión se fue consolidando cada vez más ayudado por la idea de que la muerte es la posibilidad del hombre de unirse al universo como una vez lo estuvo, ¿ha oído hablar de estas creencias?
-         Eh… sí, tengo una idea – ya iba por el tercer cognac y no sabía muy bien si aquello era real o no y la cara de la inocente ancianita se iba transformando ahora en un médico chino, ahora en un psiquiatra, ahora en una médica venezolana, ahora en un traficante y por momentos parecía un espíritu con una blanca aureola que le iluminaba la frente.
-         Bien, en una de las sesiones de la peluquería, esta persona que le cuento manipuló por sí misma la dosis y luego de dejar una carta indicando los pasos a seguir, se durmió para siempre en un agradable y profundo estado de meditación.
-         ¿qué decía la carta? –pregunté desatinadamente
-         Que no avisaran a nadie, que ningún pariente reclamaría su cuerpo, que legaba todo su dinero a la organización y que ya estaban hechos los arreglos para ser enviado a una clínica de investigación y donación de órganos.
-         ¿Ilegal? –otra pregunta mala.
-         Al borde, con cuidado se puede caminar por las cornisas, de todas formas esto no asombró a ninguno de los involucrados, que rápidamente pensaron en la cantidad de personas que estarían dispuestas a irse de este mundo sin mayor sacrificios y a la vez dar un empujón a la ciencia…
-         ¿qué quiere decir?
-         La clínica que recibía los cadáveres pagaba muy bien por ellos, sobre todo por gente sana y si eran jóvenes mejor.
-         ¿Significa que los vendían?
-         Sí, y aquí comenzó la erosión interna del grupo, algunos estaban de acuerdo con eso y otros no, consideraban el aspecto ético, pero a su vez el dinero que obtenían con la venta de esos cuerpos, que por otra parte nadie reclamaba, era destinado a donaciones para niños carenciados tanto aquí como en Venezuela, eso apaciguó las conciencias de algunos… por un tiempo…
-         Sigo sin entender la muerte de su hijo…
-         Bueno, por la cabeza de mi hijo no se lo que pasó para que tomara la decisión de probar consigo mismo la droga, pienso que quería experimentar esa sensación tan deseada, ya que muchos de los que se sometían a la “meditación” decían realizar viajes fantásticos, incluso llegaron a creer que se trataba de mundos paralelos, u otras dimensiones, lo cierto es que la experiencia resultaba profundamente agradable y por eso adictiva. Creo que Javier decidió experimentar y excedió en la cantidad además de violar la indicación de no hacerlo solo.
-         Al parecer no estaba solo…
-         Si, tiene razón, esa noche cenó con alguien, la dama en cuestión, ella estaba de paso por Montevideo, iba camino a Buenos Aires, hizo una pequeña escala imprevista y vino al apartamento, pero no podía quedarse, su vuelo salía nuevamente a las dos de la madrugada.
-         ¿qué cree que pasó?
-         ¿qué cree usted?
-         Que el contador asistió a la cena sin ser invitado y los encontró in fraganti… -aventuré en un esfuerzo imaginativo que me costaba horrores dado el efecto del cognac, del calor y de la penumbra.
-         No ejercita usted la imaginación en la vida real como en sus novelas comentó avergonzándome - yo se lo diré.





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-         Lo que me acabas de decir no tiene ni pies ni cabeza- dijo el abogado.
-         Bueno pues así sucedieron las cosas y debemos buscar una solución que sea favorable para mí, porque no quiero comerme unos cuantos años en la cárcel por un crimen que al final no cometí.
-         Eso lo va a determinar el juez si se cree lo que dijo el forense, porque convengamos que es bastante increíble la versión oficial.
-         Esto va a terminar con la poca cordura que me queda, en el estudio ya se comenta que algo me pasa desde que se publicó la noticia en los diarios, y no se por qué  mágica asociación de ideas creen que tuve que ver con la muerte del ingeniero, nadie lo quería más que yo, habíamos llegado a una comprensión mutua tan profunda que hice lo que me pidió sin dudarlo y volvería a hacerlo sólo por cumplir su voluntad.

Se nubló la vista del muchacho rubio y buen mozo, apoyó los brazos sobre el escritorio y escondiendo la cara en el hueco rompió a llorar como un chico mientras el abogado le extendía cautelosamente una caja de pañuelos descartables temiendo por la lustrosa madera que cubría su escritorio.
Nunca se sabe que hacer cuando otro llora, es muy fácil decirle a los niños que no lloren porque creemos que como son pequeños también sus sentimientos lo son, por lo tanto es más fácil espantarlos. Solemos pensar que cuando un adulto siente pena, es mucha y muy grande y sobre todo muy en serio, porque claro no se gastan lágrimas en pavadas cuando somos grandes ¿no?

El abogado pidió dos cafés, y dos vasos de agua a través de un intercomunicador y se quedó mirando al muchacho mientras pensaba cómo lo sacaría de aquel embrollo tonto y tan grave al mismo tiempo.
Tendría que comunicarse con algunos de sus colegas más veteranos en la profesión y quizá con algún profesor, pero antes iba a averiguar en Internet, que es menos personal y no hay que contarle el problema a nadie.
En la jurisprudencia local seguro no existiría ni un solo precedente al respecto y nada de bibliografía, quizá fuera la primera vez que sucediera un hecho así, o que lo notaban. ¿De dónde sacaron este médico forense tan astuto y eficiente?, bien podría haber tomado las primeras pruebas y no ir tan al fondo del asunto. Teniendo en cuenta que el embajador se encontraba involucrado, dudó si había hecho lo correcto en tomar este caso a nombre propio y no de la empresa.

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Yo me encontraba en un estado de conciencia alterado, de eso era conciente. Sin poder aclarar en mi mente que cosa había hecho efecto primero y cual potenciaba la otra, el mareo iba en ascenso y las nociones más básicas de la percepción parecían mutar en fracción de segundo que la mente no alcanzaba a predecir. El living de la casa de la Sra. Rodríguez cobraba una irrealidad pasmosa que se hacía más creíble que la propia copa de cristal que aún sostenía en mi mano. Cuando alcé la vista hacia el sillón donde se encontraba la anciana misteriosa, la vi recostada en el respaldo. Apoyaba su cabeza un poco ladeada y miraba fijamente el fuego. Un halo de color violeta blancuzco la rodeaba y amenazaba con no permitir que nadie la tocara. Tardé una eternidad en darme cuenta que no pestañeaba y que su copa de cognac se hallaba tumbada sobre la falda.
Otro milenio me llevó ordenarle a mi cerebro que levantara mi cuerpo y accionara en alguna dirección.
Ni que hablar que cuando pude constatar que la Sra. de Rodriguez estaba muerta, el primer impulso fue salir corriendo y en ese momento tome en cuenta el tiempo que había transcurrido. Me encontraba en medio de una gran gelatina que me había fagocitado sin yo poder hacer nada y de la que me costaba salir.
¡La anciana investigadora había muerto! Allí mismo… delante de mis nublados ojos! Sin causa aparente y sin terminar la frase que había comenzado en la que prometía desentrañar el misterio de la muerte de su hijo. Yo, como quien lleva el estandarte de la estupidez delante de la caravana me encontraba de pie en medio del salón sin saber siquiera donde depositar la copa. En un acto de inexplicable lógica, la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Me dirigí a la puerta y con un pañuelo de papel tomé el picaporte y lo abrí sintiéndome como un ridículo personaje de película yanqui. Una mente ajena a la mía dirigía mi cuerpo y yo se lo permitía.

Salí a la calle y caminé hasta tomar un taxi. Cuando hube encontrado comodidad en el asiento sentí el cristal duro de la copa… romperse en mil pedazos en mi bolsillo. Esto no podía pasarme. Pensando qué hacer con los vidrios dejé divagar mi mente... ¿había estado en la casa de la Sra. De Rodríguez? ¿había muerto ella o solo dormitaba? ¿y si estaba meditando? ¿y donde estaría el Sr. Rodríguez todo ese tiempo? ¿Cuánto tiempo?


Pagué el taxi y me dirigí a mi casa en estado de estupor. Dos pisos por escalera. Habitaciones amplias y techos altos, grandes ventanas y puertas de cedro. Cuando por fin encontré la llave y la puerta se abrió cuarenta y cinco grados sobre su eje y nada más, sospeché lo anunciado.

En eso sonó el timbre ¿quién podía ser a esta hora? Oprimí el botón sin preguntar. Al cabo de unos minutos mi editor se encontraba en la puerta. Traía dos botellas de vino y un paquetón. A pesar de lo que significaba esa visita sentí un gran placer y ganas de abrazarlo como nunca antes. Gracias a un dios en el que no creo, alguien llegaba a mi casa en un momento en que lo necesitaba. Se quedó parado en la puerta sin atinar a entrar o salir corriendo y balbuceando algo acerca de la comida que suponía que yo no tenía. La casa era un desorden total. Todo estaba desparramado por el suelo y algunos muebles patas a arriba, los cajones para afuera y los papeles y libros tirados por todos lados

         -¿Qué pasó aquí? ¿Te estás mudando? ¿O recambio de muebles?
-  Ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario, dije haciendo la grulla.
         - bueno, explícame un poco, estas en líos con la mafia o algo así… -dijo mientras empujaba con el pie cosas en el piso
         - no exactamente pero tengo un caso medio extraño … Pa!!!!!!! los sobres … Deben haber venido por los sobres… -dije acordándome y corrí a tirarme sobre la cama y asomé la cabeza para ver debajo como quien busca los zapatos- no lo puedo creer, acá están -dije mientras me sentaba en la cama con un bulto de tela sucia y vieja entre las manos.
         - ¿Y eso? ¿Qué hay ahí? ¿Qué crees que buscaban?

Miré a mi editor y por un instante pensé si debía confiar en él todo aquel asunto. Ricabelle me conocía desde hacía diez años o quizá más. Habíamos compartido unas cuantas cervezas en reiteradas ocasiones y supimos tener largas charlas hasta la madrugada en la casita de la playa que heredó de sus padres cuando yo finalizaba un libro y nos regalábamos un merecido descanso, ya que él tambíén oficiaba de corrector. Lo miré sin decir palabra y pensé en la botella de vino que aún sostenía en su mano, mientras la otra estaba todavía al costado de la puerta abierta de mi apartamento revuelto. Lo volví a mirar en un tiempo que pareció una eternidad y decidí que sería bueno tener su opinión de todo esto y alguien en quien confiar.

         - Te lo voy a contar de una vez, porque te lo merecés, vamos a abrir un vino de esos y sentémonos en este desorden, pero antes voy a cerrar la puerta porque si mi vecina pasa y ve todo esto va a llamar a la policía.

Acto seguido cerré la puerta, traje un sacacorchos, dos copas y me saqué los zapatos y me senté en la cama con disposición de relato.

-         en estos dos sobres hay quinientos mil dólares por un trabajo que todavía no terminé y que promete complicarse cada vez más.
-         ¿Qué?
-         Así como te lo digo, medio millón.
-         ¿quién?
-         Dos vertientes distintas pero por la misma causa, una de ella acaba de morir hace unas horas, la otra no vive en el país, diplomacia, y nadie más sabe de este dinero.
-         ¿Y cual era el trabajo si se puede saber?

-         Bueno, te cuento, todo comienza con la muerte del ingeniero agrónomo Javier Rodríguez de la Fuente, al parecer lo mataron dos veces…

viernes, 17 de mayo de 2013

El primer caso - Capítulo 9


CAPITULO 9


La tarde del sábado prometía ser aburrida, como tantas otras, ideal para una buena siesta. De pronto se me heló la sangre en las venas. Me había olvidado que debajo de mi cama tenía escondidos aquellos dos sobres conteniendo mucho dinero, de ninguna manera podía apropiarme de esos billetes verdes y prometedores, algo me hacía rechazarlos y por lo tanto desconocerme. Debo confesar que había hecho planes… arreglos de la casa, computadora nueva, el parrillero del fondo, una buena renovación de vestuario, en fin… soñaba.

El lunes sin falta debía abrir un cofre en el banco y guardar aquel dinero antes que un par de matones hicieran limpieza general en mi casa.
Decidí recluirme a terminar mis tareas, tendría por delante un día y medio para trabajar. Tenía que sacarle provecho. Me encontraba en ese momento donde todavía no se vislumbra nada, en plena tiniebla con los brazos extendidos hacia delante y confiando puramente en la intuición, ese momento donde se comprende lo que es la fe, que por cierto nada tiene que ver con las religiones sino con la capacidad de entregarse a caminar con los ojos cerrados por un sendero desconocido con la certeza que la brújula interior funciona.

Empecé a hacer un recuento mental de los hechos: en Venezuela las cosas no andaban mejor que en Uruguay, el embajador estaba tratando de desestimar una denuncia por tráfico de drogas y lavado de dinero en la plaza financiera uruguaya, amparado en su cargo diplomático que le permitía viajar y pasar cargas con cierta licencia que de otro modo no hubiera podido. La esposa del embajador iba de viaje en viaje asistiendo a fiestas de protocolo y actividades de beneficencia en las que donaba mucho dinero a comedores infantiles y refugios, cosa que venía desarrollando desde hacía un tiempo. Abocada a estas tareas sin descanso pasaba desapercibida para su marido que por otra parte no la echaba de menos. En Uruguay habían matado dos veces a un joven y exitoso profesional sin que la policía tuviera muchas ganas de investigar.





Sin embargo yo apostaba a que sí, por lo tanto era necesario saber el vínculo del embajador y su esposa con la empresa del ingeniero y los pormenores de cada uno de los que allí trabajaban, si es que estaban involucrados. Para eso debía conseguir una aliada, alguien que pudiera oficiar de espía que tuviera los mismos intereses que yo en el asunto además de la posibilidad de infiltrarse en cualquier lugar sin llamar la atención. A mi mente vino una imagen: la señora de Rodríguez, una viejita, activa, serena y con aspecto de abuela indefensa sería el personaje adecuado para tener las puertas abiertas en cualquier parte, amén de ser la persona más dolida en el asunto a la cual nadie trataría mal en estos momentos.

Una llamada me sacó de mis cavilaciones.
         - hola
         - Tengo un dato que le va a interesar, hay una reunión hoy en la peluquería que usted conoce, en una hora- dijo una voz indefinida, más bien parecía camuflada por algún artilugio.
         - ¿quién habla? Me apuré a preguntar inútilmente, ya que de haber querido me lo hubiera dicho antes de cortar.

        
Me dejé conducir como conejo detrás de la zanahoria y en un rato me instalaba en una mesita escondida de un bar en Pocitos desde donde  podía ver la entrada del edificio donde se encontraba aquella formidable y extraña peluquería. Puse mi libreta de notas arriba de la mesa junto al café con leche y los pancitos caseros y me instalé a registrar todo cuanto pudiera parecerme llamativo. Me di cuenta que estaba actuando raro protegiéndome detrás de la ventana, como si de ese modo pudiera escapar al hechizo de ese lugar. Cuando de pronto las cosas comenzaron a rodar bien para mí, parecía que la nunca bien ponderada providencia venía en mi auxilio.

Un auto negro se detuvo frente al edificio, pasaron unos cuantos minutos que me parecieron horas antes de que alguna de las portezuelas se abriera; y para cuando esto sucedió  la señora del embajador perfectamente enfundada en un traje negro, con sombrero y lentes oscuros, descendía del coche acompañada de un hombre igual de negro tanto su ropa como su piel, con una altura descomunal y unos brazos que seguramente salvarían a cualquiera de un piano en la cabeza y sobre todo a la bella dama de la soledad y el desamparo. Ambos entraron al edificio sin demora y se perdieron en el lustroso pasillo.
Mientras yo anotaba aquellos datos en mi libreta el coche negro se retiró dejando lugar a otro igualmente negro pero más pequeño y en el que viajaba un solo ocupante: el contador de la empresa. El blondo muchacho se bajó y siguió los pasos de los invitados anteriores. Esto comenzaba a gustarme.

Pasado un ratito que no fue mucho y me permitió endulzar el café con leche y mordisquear un pancito, una moto se detuvo sobre la vereda y descendió de ella un fornido hombre con campera de cuero negra, casco y pantalones oscuros. Demoré un poco en reconocerlo, pero al punto recordé ese andar deportivo: era el profesor del gimnasio. De más está decir que se dirigió también a la peluquería, parecía que todos habían decidido arreglarse el cabello el mismo día. Mi libreta henchía de felicidad ante tanto garabato que ni yo iba a entender luego, pero al dar vuelta la página tuve que llenarla de nuevo porque un grupo de tres chicos absolutamente vestidos de negro y con el cabello engominado descendieron de una furgoneta y entraron raudos al edificio, ¿eran los que estaban en el sepelio del ingeniero? Me pareció que sí. Bueno la reunión parecía ser numerosa.
El siguiente auto me resultó desconocido así como su ocupante: un hombre alto, bronceado y canoso, de buena figura y vestimenta casual pero muy fina, había dinero allí, tanto por el auto como por la ropa. Con andar suave y decidido se dirigió al edificio, mostró al portero una tarjeta y subió.
Mi celular empezó a sonar inoportunamente.

- hola -dije casi gritando
- estas a punto de morir –dijo la otra voz en el mismo tono que la mía.
-dame una hora, como al enamorado y la muerte –remedé- estoy en algo grande, pero tendré el capítulo para el lunes, lo prometo.
- Pensás que voy a creerte, voy a tu casa hoy a la noche y me quedo contigo hasta verte escribir, espero que tengas algo en la heladera.
- Pe… ro. –cortó sin darme opción.


A todo esto un auto blanco y largo se detuvo frente a la entrada y por un instante pareció estático. Apagó el motor y nada sucedía. La ansiedad me carcomía por dentro y ya no anotaba nada en la libreta, estaba sobre el borde de la silla y me sentía como los deportistas que esperan el disparo para echar a correr. Pagué rápidamente la cuenta y me dispuse a seguir mi instinto. En eso descendió del auto un hombre alto, absolutamente vestido de blanco, una larga coleta negra le caía por la espalda y lentes oscuros le cubrían la cara muy pálida. Una sola línea formaba su boca. El hombre caminó decididamente hacia el hall y fue inmediatamente conducido por el portero hacia el ascensor como si ya estuviera todo ensayado.
Ahora era mi turno. Mientras me paraba y caminaba hacia la puerta pensaba que actitud tomar para pasar por un invitado más y si sería necesario una contraseña para hacerlo. Cuando me encontraba ya en la vereda mi capacidad de asombro se vio una vez más provocada, desde la esquina venía acercándose una silueta que me pareció extremadamente conocida y experimenté una señal de alerta. Caminé hacia ella reconociendo a la señora de Rodríguez que con toda parsimonia y un bastón caminaba en sentido contrario al mío. Su expresión era algo extraña. Me apresuré, si me reconocía echaría a perder mi plan. Corrí hacia ella y la tomé del brazo tratando de no asustarla.

-         ¿Qué hace aquí? –la increpé por lo bajo.
-         Lo mismo que usted –respondió sin inmutarse.
-         ¿Cómo? Usted sabía también de la reunión en la peluquería?... alguien me avisó…
-         A mí también…
Sin pensar y sin saber por qué dí un giro de ciento ochenta grados y paré un taxi. Nos metimos en él como dos fugitivos y le indiqué al chofer la dirección de ella. Algo me había hecho cambiar de rumbo, como si hubiera recibido una orden directa.

- No creo que usted estuviera pensando lo mismo que yo- aduje- pero he perdido una buena oportunidad en mi investigación…
-  Nuestra investigación, querrá decir…
- ¿cómo? Pero…
- Tengo algunos datos que podrían llegar a interesarle

No contesté, me limité a mirarla como tratando de adivinar sus pensamientos y ese timbre de voz resonó en mis oídos. Ella entrecerró los ojos, se reclinó un poco hacia un lado y se quedó así todo el viaje, parecía que iba a dormir. A su modo esta señora hacía lo que le daba la gana y por consecuencia me arrastraba también en sus acciones.


continuará.....

jueves, 2 de mayo de 2013

El primer caso - capítulo 8


CAPITULO 8
El sábado mis pasos me llevaron otra vez a la casa del Jaro. Termo y mate, lentes de sol, vaqueros y alpargatas como quien va la playa, me encontré en la vereda de la casa del ingeniero con un camioncito de mudanzas y un montón de cajas en la calle. Dos ayudantes subían y bajaban haciendo bromas mientras eran seguidos por la mirada inquisidora del portero de turno. En el apartamento me encontré con la madre del occiso en actitud de limpieza general, arremangada y metida de cabeza adentro de los cajones.

         - Buenos días –auguré.
- Gracias, pero no son tan buenos… deshacer la casa de mi hijo no es una tarea de lo más agradable, por cierto, ¿cómo van las cosas?
- No hemos avanzado mucho y precisamente pensaba ir a su casa hoy…
- ¿Tiene novedades?
- No exactamente, podríamos decir que hay algunas cosas que están saliendo a luz –dije dudando si seguir hablando pues no sabía si había alguien más.
- Hable tranquilo, mi esposo no vino, no resistiría este trabajo.
- ¿Sabía usted que su hijo tenía relaciones… con un hombre? Dije directamente.
- Pues sí, lo supe desde el comienzo, en realidad no es algo para espantarse, pero el padre no lo hubiera aceptado y no quisimos decírselo, una madre lo que no sabe lo adivina.
- ¿Sabía de quien se trataba?
- No, no era necesario.
- ¿Qué hará con las pertenencias de su hijo?
- Lo llevaré a la iglesia, para las donaciones, sólo nos quedaremos con las más personales, los recuerdos materiales no sirven de nada, hay que guardar sólo lo que cabe en el corazón.

Dijo esto con gran serenidad y pude ver en su expresión la sabiduría y la capacidad de comprensión que sólo la gente que no ha pasado en vano por este mundo puede tener. Observé su cabello totalmente blanco, sus manos pequeñas y arrugadas y los ojos de un azul tantas veces lavado que había quedado celeste pálido.
Algo me decía que aquella señora sabía más de lo que decía, pero no encontraba la forma de averiguarlo y me di cuenta que por ese camino no era. Dejé el termo y el mate sobre la mesa y me dispuse a ayudar como si se tratara de la familia, sin decir palabra cargué las cajas que ella iba dejando al costado de la puerta, hasta llegar a la última. Antes de guardarla le pedí para quedarme con algunas cartas y fotos que contenía con la promesa de devolvérselas ni bien terminara. Ella dio instrucciones al chofer del camioncito acerca de donde debía dejar la carga y volvió al departamento. Recorrió las habitaciones casi vacías y dio una última mirada a lo que fuera el hogar de su único y ahora fallecido hijo.

-         ¿Quiere caminar conmigo unas cuadras? Me invitó cuando estuvimos en la calle.
-         Sí, claro, sería un placer -acoté con sorpresa y gusto.
-         A mi edad la vida se presenta como una gran comedia, ¿sabe? Las personas se transforman en personajes que, bajo las órdenes de un invisible director, van desarrollando su papel con un destino prefijado conocido sólo por el narrador omnisciente. Usted sabe de eso, he leído su última novela y me quedé muy sorprendida con el final.
-         Bueno, me halaga, estoy trabajando en otra que saldrá el próximo año...-dije con cierta modestia y algo de orgullo, aquella mujer no dejaba de sorprenderme y me preguntaba cómo es que sabía que yo escribía, ya que en los diez últimos años había usado seudónimo- cuando esté lista será la primera en tener un ejemplar.
-         A propósito, ¿Cuándo piensa revelar la identidad del investigador? O acaso eso tiene que ver con su anonimato…
-         Es usted muy perspicaz, ese es un secreto, y ¿cómo es que sabe tanto de mí?
-         No me responda con otra pregunta, pero le voy a decir que hace mucho tiempo que le conozco, vengo siguiendo sus novelas desde “El caso del escribano”, si mal no recuerdo fue la primera de esta serie de policiales, una gran historia.
-         Así es, ¿cómo descubrió mi seudónimo?
-         Sin querer usted nos dio una pista en la tercera novela, claro que quizá no todos los lectores estuvieran tan atentos, pero me di cuenta que algo nos quería decir aún sin proponérselo…
-         Creo, que es usted un poco bruja.
-         Bueno, no es la primera vez que me lo dicen, y que las hay, las hay. En esa novela, coloca usted un personaje secundario que pasa casi inadvertido pero que luego tendrá un papel decisivo en el desenlace de la trama, me refiero a Roberto, el joven cadete, ¿lo recuerda?
-         Sí, claro, lo tengo muy presente
-         Usted logra desviar la atención del lector hacia el chico que bien podría haber cometido el crimen, ¿verdad? Tenía el motivo y la oportunidad y por cierto una buena coartada…
-         Creo que sí -aduje con perplejidad.
-         Sin embargo, esa vuelta de tuerca que usted da sobre el final es lo que hace de la novela una pequeña joyita, ya que nadie hubiera esperado el desenlace por ese lado; esa es una de las cosas que admiro de sus libros, la frescura para plantear delirios inexistentes que bajo el efecto de su pluma cobran veracidad haciendo que el lector se apropie de ellos y ya no pueda distinguir si la idea fue suya, del personaje o del propio lector. ¿Acaso me equivoco?
-         Bueno, tan aguda crítica me halaga por demás y me sorprende, creo que el próximo prólogo lo escribirá usted.
-          No me adule, no es necesario, aquí nos despedimos, espero tener esa novela pronto en mis manos, adiós. Visíteme cuando quiera.

Respondí con un movimiento de cabeza y una sonrisa. Algo me había querido decir esa mujer y yo no lograba descifrarlo.

continuará.....

lunes, 29 de abril de 2013

El primer caso - capítulo 7


CAPITULO 7


El viernes arremetí de lleno a la oficina donde trabajaba el ingeniero. Era un estudio múltiple montado en una casa reciclada de Palermo donde trabajaban varios profesionales jóvenes en distintas áreas. Entre ellos se encontraba el rubio que había visto en el entierro. En su busca fui, esa mañana. Me recibió una joven muy moderna, la recepcionista y secretaria según pude saber más tarde. El lugar era un bullicio de personas conversando y música de fondo. Había proliferación de plantas verdes, sillones muy cómodos y botellones de agua fresca puestos de cabeza en expendedores con una bolsa de vasitos descartables al costado. El ambiente resultaba juvenil y próspero, daba la sensación que allí nadie tenía problemas con el trabajo y mucho menos con el dinero. A todos se los veía muy bien vestidos, luciendo amplias y blancas sonrisas y cabellos muy a la moda. Parecía más bien una agencia de modelos, me recordó la revista que antes había hojeado en la peluquería.
El joven rubio al que yo buscaba estaba rodeado de varias personas que escuchaban con atención su discurso. Me acerqué como si lo conociera de toda la vida y le pedí si tenía un minuto. Ya solos en una salita muy confortable, le solté mis dudas.

-         Me gustaría saber cómo se enteró de la muerte del ingeniero…
-         Ah!, habla de Javier… qué insuceso, aún no lo podemos creer, era uno de los mejores en su trabajo y además estaba en un momento muy bueno de su carrera…
-         ¿Quién les avisó de su muerte?
-         La señora que hace la limpieza, ella también iba a lo de Javier y nos trajo la mala noticia… debe haber sido también muy duro para ella, lo conocía desde hacía muchos años y lo trataba como a un hijo, ahora le dimos unos días de licencia, quedó muy conmocionada.
-         ¿Desde cuándo trabajaban juntos?
-         Fuimos fundadores de este lugar, la idea se nos ocurrió a los dos cuando salimos de un curso que compartimos hace cosa de cinco años, de allí surgió este proyecto. Nos hicimos amigos además…
-         ¿Conocía su vida privada?
-         ¿En qué sentido me lo dice…?
-         Otros amigos, sus preferencias sexuales, en fin…
-         No, bueno… creo que salía con alguien pero nunca supimos quién, no era de presentar personas, más bien mantenía un perfil bajo en ese sentido.
-         ¿Usted solía ir a su casa?
-         A veces nos juntábamos a ver una película o a cenar… a él le gustaba mucho la cocina…
-         ¿Cuando fue la última vez que lo vio?
-         Eh … la semana de … creo que el viernes.
-         ¿Cree? ¿no está seguro? Fue el día de su  muerte, fue usted la última persona en verlo con vida quizá… ¿se vieron aquí?
-         Eh… no… nos encontramos en un bar en el Centro, andaba un poco preocupado por algo pero no quiso hablar del tema, dijo que sólo necesitaba distraerse y no pensar… no hizo referencia a qué se trataba.
-         ¿después del bar, dónde fueron?
-         Eh… nos separamos, él se fue a su casa temprano, dijo que tenía que encontrarse con alguien…
-         ¿a qué se dedica usted?
-         Soy contador, pero me dedico a otra cosa, represento a laboratorios médicos en distintos países para el ingreso de medicamentos en el mercado, importaciones, permisos aduaneros, esas cosas. De todas formas aquí llevo la contabilidad, no contrataríamos a otro contador teniendo uno en casa, ¿verdad?
-         A propósito, la situación económica del ingeniero era buena, según tengo entendido…
-         Bueno, digamos que no lo pasaba mal, tampoco daba para tirar manteca al techo como dicen…
-         Bien, gracias, si tengo más preguntas …
-         Estoy a sus órdenes, no me moveré de aquí, en confidencia… ¿hay algún sospechoso?
-         Aún no, si sé de alguien será el primero en saberlo -dije en tono irónico.

No tenía nada, sólo una leve sospecha basada más en la intuición que en evidencias, de que este chico tenía que ver con el Jaro, algo me decía que había habido una relación más estrecha que la de amistad. Pero sin embargo todos coincidían en aseverar que el joven muerto no tenía inclinaciones homosexuales. Yo seguía teniendo dudas, y si este había sido un crimen pasional era importante saber sus inclinaciones sexuales para saber a quién estoy buscando. ¿Lo sabría su madre?A propósito, pensé que le debía una visita a la señora de Rodríguez, sería bueno tenerla informada porque aquella inocente anciana era capaz de salir ella misma a investigar y cualquier día de estos me la cruzaba en el camino juntando pistas.

Por un lado tenía a una amante muy pero muy clandestina por diversas razones, que bien podía haber venido sin avisar al apartamento aquella noche y encontrado al ingeniero cenando con su rubio amigo en actitud sospechosa; o quizá ya en la cama en actitud más que evidente. Esto pudo provocar los celos de una mujer acostumbrada a tener todo lo que quiere en todo terreno menos en el amor ya que está destinada a vivir con un hombre al que no ama, y llevarla a cometer un crimen o pagar para que otro lo haga, cosa que no le sería difícil.
También el esposo podría tener motivos para matar al ingeniero, ya que mantenía relaciones con su mujer desde hacía mucho tiempo y pudo sentirse herido en su orgullo masculino el hecho de recibirlo en su casa y hacer negocios con quien le traicionara de ese modo a sus espaldas. Asimismo para él hubiera sido fácil mandarlo matar.
Por otro lado tenemos al contador de la empresa, que trabaja para grandes laboratorios y que según mi infundada hipótesis mantenía una relación secreta con el muerto, que bien pudo tener un ataque de celos frente a una relación que aunque fuera imposible y clandestina, perduraba en el tiempo y en el corazón del ingeniero. Para un joven empresario bien vinculado tampoco sería difícil procurarse un asesino a sueldo que hiciera el trabajo sucio.

Hasta acá todo parecía coherente, la cosa amenazaba complicarse cuando nos poníamos a pensar que el muerto fue asesinado dos veces. La pregunta era si lo hizo la misma persona, o quizá mis dos sospechosos principales habían cometido el mismo crimen, en la misma persona con sólo una diferencia horas.
Cuál de los dos fue el primero que lo mató era algo que yo debía descubrir. Quién vino en segundo lugar se desprendería por consecuencia, y quién de los dos era más culpable era algo que por suerte lo determinaría un juez, porque no es menos asesino quien mata a una persona ya muerta si tenemos la intención y el motivo como prueba incriminatoria. Ahora si el viejo dicho de Quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón” tiene validez para los homicidas, entonces definir quién fue el primero que lo mató sería de vital importancia en este caso.
Pensándolo bien, ejecutar cuatro cortes con arma blanca en el tórax de un cadáver suena muy parecido a una autopsia, por lo que visto de este modo, el Dr. Arriola podría ser acusado de ultimar por tercera vez al ingeniero y así mi segundo homicida podría ser visto como ayudante del forense. Un divague, claro.
Así las cosas me dispuse regresar a mi casa, prepararme una suculenta cena y descansar un rato mí agotado cerebro con una película tonta de esas que dan los viernes a la noche.

Me encontraba en plena fiesta de televisión, cerveza y pies arriba de la mesa cuando sonó el teléfono. Eso no era extraño, lo que sí constituía un acontecimiento era que un profesor de gimnasia me llamara un viernes a la noche para invitarme a un boliche lejos de mi casa.

En media hora me encontraba en una pequeña mesa ubicada junto al cordón de la vereda en la ciudad vieja en medio de un bullicio total y mucha gente que iba y venía saludándose y bebiendo como si fuera carnaval. No me pareció un lugar adecuado para hablar de lo que me imaginaba que iba a ser el tema de nuestra charla, pero de todos modos esperé. Al poco rato se sentó delante de mí aquel hombre enorme de los brazos tatuados y esta vez no me pareció tan grande. Estaba nervioso y tomaba vodka en un vaso pequeño. Yo, que ya había pedido una cerveza, lo saludé mientras trataba de anticipar algo.

-         Entiendo que no es este el mejor lugar para hablar, pero cuando uno quiere pasar desapercibido lo mejor es hacer todo lo contrario, ¿no cree? Me espetó.
-         Puede ser -aventuré- ¿a qué se debe el apuro?
-         Tengo algo que decirle, necesito compartirlo con alguien ahora que el Jaro no está, espero que no constituya una traición, pero me parece que si hay un muerto no importa romper la promesa de un amigo si es para esclarecer un homicidio.
-         Ha logrado intrigarme, hable por favor.
-         Bueno, yo conozco al Jaro desde hace mucho tiempo, él venía a mi gimnasio y en el último tiempo nos habíamos hecho amigos, solíamos ir a tomar cerveza a un bolichito cerca de su casa y jugábamos al pool; eso hizo que en algún momento con un poco de alcohol de más me haya hecho algunas confesiones que yo siempre supe guardar muy bien.
-         Adelante, puede contar con mi discreción, sé guardar un secreto…
-         Bueno, el Jaro me contó que se había enamorado de una mujer muy importante con la que no podía formalizar nada por razones de política entre otras, luego las cosas se complicaron a causa de los negocios que él tenía con el marido de ella. Nunca supe exactamente de que se trataba pero su situación económica mejoró bruscamente…
-         Hasta ahora no hay nada de que asustarse –acoté tratando de apurarlo un poco, ya que se había pedido otro trago y temí que se emborrachara antes de llegar al meollo del asunto.
-         Lo sé, pero eso no es todo, un día trajo al gimnasio al contador de su empresa, un joven con mucho empuje y grandes ideas. Enseguida se sintió cómodo y lo incorporamos al equipo de fútbol que tenemos para los fines de semana, ya sabe, un picadito de vez en cuando nos devuelve las energías.
-         Ya lo creo –apunté bebiendo mi cerveza ya caliente.
-         Con el paso del tiempo comencé a sospechar que entre el contador y el ingeniero había algo más que amistad, pero como el Jaro nunca demostró intereses homosexuales no sabíamos bien qué pensar ni porque habría de ocultarlo.
-         ¿Qué cree usted que estaba pasando, entonces? Traté de ayudarlo un poco.
-         Bueno, había otras implicancias, parece que el amor y los negocios no se llevan bien, porque los escuché discutir en el vestuario varias veces y unos días antes de lo que usted ya sabe, tuvieron una fuerte pelea que pareció ser definitiva. Nadie decía nada, todos nos hacíamos los tontos, el Jaro era un buen compañero de juegos y lo queríamos mucho; pero quizá hubiéramos podido ayudarlo de haber sabido en qué andaba metido –dijo esto con gran congoja y me impactó ver a un hombre de su talla al borde de las lágrimas y embriagándose con vodka.
-         Bueno, quizá no hubiéramos podido hacer nada –acoté incluyéndome para alivianar la carga del entrenador- ¿usted sospecha de alguien en particular?
-         Bueno, de eso se trata, yo creo que el contador estaba embrollado en algo turbio con el Jaro, los escuché hablar de un pedido que debía llegar a Uruguay en determinada fecha y parece ser que por un error en los trámites de la aduana había quedado retenido allí a riesgo que revisaran la carga, o que pasara por el control de medicamentos ingresados al país que hace Salud Pública. Al parecer no habían podido arreglar ese asunto y eso los tenía muy preocupados, al principio yo pensé que traficaban cocaína, pero…
-         ¿Pero?
-         Parece ser que se trata de una droga nueva, que recetan los psiquiatras para las depresiones y las crisis de pánico, tan común en estos tiempos, entonces crea adicción y es completamente legal, ganan los médicos, los laboratorios y los que la producen y no tienen ningún problema porque están amparados por la medicina ¿me explico? -dijo mientras apuraba el quinto vasito de vodka- sólo que es un arma mortal cuando se emplea pura y en combinación con algún tranquilizante, haciendo que desparezca sin dejar rastros, ya que el remanente se asemeja a una toxina que el organismo libera en estados alterados del ánimo como depresión o euforia.
-         ¿Cómo supo esto?
-         Algo me contó el Jaro en una de esas noches de boliche, últimamente andaba nervioso y necesitado de hablar, por lo que me convertí en su confidente, hizo bien, yo no hablaría con nadie si no hubiera pasado lo que pasó, pero si esto sirve para evitar otra pérdida sentiré aliviada mi conciencia.

Me mantuve en silencio unos segundos mientras pensaba lo que acababa de escuchar y qué haría si toda aquella humanidad se terminaba de emborrachar y había que llevarlo a algún sitio. Me convencí firmemente que lo dejaría allí durmiendo sobre la mesa. Pero la solución a mis cuitas se presentó. Repentinamente se incorporó mientras intentaba sacar el dinero para pagar. Lo detuve con un gesto, llamé al mozo, pagué la cuenta y me dispuse a partir.
-         Vamos, estoy en mi auto y puedo conducir –dijo con seguridad- dígame donde prefiere quedarse.
-         Está bien, no tiene que llevarme estoy en mi auto, quizá sería mejor que yo lo llevara a usted…
-         Ya lo sé, pero…
-          
Una vez que me hube despedido me quedé cavilando acerca de lo que me había contado el profesor de gimnasia. Constituía un material interesante, pero no daba en el clavo con la razón del doble asesinato. ¿Por qué matarlo si todo andaba bien? En todo caso debía encontrar la falla. Algo había cambiado, un desvío en el funcionamiento había provocado este corte. Ya sea que se tratara de razones de negocios o afectivas, algo había alterado el curso de las cosas y uno de los protagonistas había perdido no sólo la calma sino también la razón llegando a cometer un crimen.
En esas elucubraciones me encontraba cuando, llegando a mi casa, me sorprendió una sombra cerca de mi puerta. Alguien me estaba esperando aunque ya era tarde. Me acerqué sin miedo, tratando de avizorar de quién se trataba pero el desconocido vino a mi encuentro. Era el contador de la empresa del ingeniero, el joven y apuesto empresario con su larga y rubia cabellera en una coleta despeinada, un traje tan caro como arrugado y la corbata de seda italiana colgando despreocupadamente. Tenía las mangas del saco y la camisa subidas sobre el antebrazo y parecía haber estado tomando. Hoy es mi día de servicio en AA, pensé, aunque no eran precisamente anónimos.

-         Tengo urgencia en hablar con usted –dijo adelantándose hacia mi.
-         Ya lo veo –comenté a mi vez tratando de ser cordial – ¿cómo supo mi dirección?
-         Disculpe la indiscreción, luego se lo explico, ¿puedo pasar?
-         Sí, claro, adelante

Ya en el living de mi casa me dispuse a escuchar el segundo testimonio de la noche acerca del caso Rodríguez. Esperaba que estas noticias fueran más jugosas que las anteriores, quizá por una cuestión de esperanza nomás. Con esa actitud me dispuse a escuchar no sin antes meditar acerca de lo acertado que sería en este caso ofrecer una bebida y ante la duda y el estado del invitado decidí abstenerme, valga el doble sentido.
-         Bien, y ¿que tiene de nuevo?
-         Sé quién mató al ingeniero –me estampó sorprendiéndome.
-         Humm… bien, explíquese
-         Estoy muy nervioso, ¿tiene whisky?
-         Eh… sí, ¿lo quiere con hielo?
-         Sí, por favor. Y se reclinó en el sillón con alivio.

Volví con un vaso, la botella y una hielera porque que me imaginé que con un solo trago no sería suficiente y ya que era viernes y muy tarde decidí tomar algo yo también y me traje una cerveza. Así las cosas me dispuse a recibir la buena nueva.
-         ¿Y quién fue el homicida?
-         Bueno, ese asunto se remonta a cuando nos conocimos con el Jaro, sabe, entre los íntimos le decíamos así, hace cosa de unos años, cuando compartíamos un curso breve sobre leyes de importación, la vida nos juntó para hacer buenos negocios y una amistad que luego se transformaría en un vínculo más estrecho…
-         ¿A qué se refiere?
-         No voy a ocultar nada, nosotros manteníamos una relación, además tenía una amante que creo que usted la conoció, pero como vivía en Venezuela esto le permitía mantener otras relaciones sin complicarse, por otra parte ella sabía que había alguien más, lo que no sabía es que ese alguien era yo.
-         ¿Esto hubiera sido un problema?
-         No lo sé, pero las cosas se complicaron cuando comenzamos a negociar con el embajador, o sea el esposo de ella, los negocios iban muy bien aunque no muy legales, ya sabe, se camina por el borde, evitando el resbalón. Eso nos aportó grandes ganancias que cambiaron nuestras vidas, pero como todo lo bueno, en algún momento se termina… -en este punto tomó un largo sorbo de whisky y se aflojó más el cuello de la camisa.
-         ¿Qué sucedió, entonces? –acoté para no perder el ritmo de la charla.
-         Apareció alguien que complicaría las cosas, un aprendiz de peluquero, muy joven, demasiado para mi gusto, pero que despertó en el Jaro sentimientos desconocidos… no lo pudimos tolerar…
-         ¿Pudimos?
-         Pude, me refiero a mí, ¿dije pudimos? quise decir que para mí fue demasiado y decidí abrirme, pero él no estaba dispuesto a perderme, había muchas cosas en juego, el afecto, la empresa, los negocios con el venezolano, las ganancias compartidas… en fin…me amenazó con matarse si yo lo dejaba, fue demasiado, usted sabe…

Yo no sabía nada, pero traté de imaginármelo y no quise contradecirlo. Aunque no podía imaginar al ingeniero como un potencial suicida, a pesar de que lo conocí ya muerto, algo me decía que no tenía el perfil de un suicida… allí había algo que no cerraba así que intenté mantener el hilo de la charla.

-         Entonces, ¿quién lo mató?
-         A mi entender el joven peluquero se enamoró del Jaro y cuando supo de lo nuestro no pudo resistir y decidió matarlo, en complot con el entrenador de gimnasia a quien nunca le simpaticé, y creo que el también estaba interesado, digo por la forma en que lo trataba y varias veces los encontré en el barcito de la esquina tomando cerveza juntos.

Acá perdimos la chaveta, pensé, ahora además de borrachos tengo locos. En este punto de la charla debía pensar cómo deshacerme de este tipo en estas condiciones, ya que me encontraba en mi casa me era imposible irme y dejarlo allí, por lo que debía ejecutar yo la acción de echarlo fuera o pedirle cortésmente que se retirara. Mientras deliberaba acerca del asunto, el invitado bebía sin compasión el último trago de whisky que quedaba en la botella, por lo que imaginé que querría irse y me incorporé en el sillón. Acto seguido él imitó mis movimientos pero en vez de levantarse se arrellanó en el sofá con intenciones de dormir allí. Pegué un grito.

-         ¡No!...-grité- ¿quiere que lo acompañe a la calle?
-         Sí, claro -dijo incorporándose otra vez- ya le dije todo lo que sé, ahora me puedo ir, la pena me consume el alma, sabe, una pérdida así no tiene consuelo, perdón, no cuente a nadie que estuve aquí, por favor…
-         Quédese tranquilo, puede confiar en mí –esa frase ya la había dicho antes- bien, si tiene algo más le ruego me lo haga saber, aunque sea por teléfono.
-         Sí lo haré –balbuceó tambaleante por la vereda y se alejó.

Ya en mi casa no daba crédito a lo escuchado en esta larga noche de viernes, por lo que decidí irme a dormir y dejar que mi agotada cabeza encontrara las respuestas.

continuará......