jueves, 2 de mayo de 2013

El primer caso - capítulo 8


CAPITULO 8
El sábado mis pasos me llevaron otra vez a la casa del Jaro. Termo y mate, lentes de sol, vaqueros y alpargatas como quien va la playa, me encontré en la vereda de la casa del ingeniero con un camioncito de mudanzas y un montón de cajas en la calle. Dos ayudantes subían y bajaban haciendo bromas mientras eran seguidos por la mirada inquisidora del portero de turno. En el apartamento me encontré con la madre del occiso en actitud de limpieza general, arremangada y metida de cabeza adentro de los cajones.

         - Buenos días –auguré.
- Gracias, pero no son tan buenos… deshacer la casa de mi hijo no es una tarea de lo más agradable, por cierto, ¿cómo van las cosas?
- No hemos avanzado mucho y precisamente pensaba ir a su casa hoy…
- ¿Tiene novedades?
- No exactamente, podríamos decir que hay algunas cosas que están saliendo a luz –dije dudando si seguir hablando pues no sabía si había alguien más.
- Hable tranquilo, mi esposo no vino, no resistiría este trabajo.
- ¿Sabía usted que su hijo tenía relaciones… con un hombre? Dije directamente.
- Pues sí, lo supe desde el comienzo, en realidad no es algo para espantarse, pero el padre no lo hubiera aceptado y no quisimos decírselo, una madre lo que no sabe lo adivina.
- ¿Sabía de quien se trataba?
- No, no era necesario.
- ¿Qué hará con las pertenencias de su hijo?
- Lo llevaré a la iglesia, para las donaciones, sólo nos quedaremos con las más personales, los recuerdos materiales no sirven de nada, hay que guardar sólo lo que cabe en el corazón.

Dijo esto con gran serenidad y pude ver en su expresión la sabiduría y la capacidad de comprensión que sólo la gente que no ha pasado en vano por este mundo puede tener. Observé su cabello totalmente blanco, sus manos pequeñas y arrugadas y los ojos de un azul tantas veces lavado que había quedado celeste pálido.
Algo me decía que aquella señora sabía más de lo que decía, pero no encontraba la forma de averiguarlo y me di cuenta que por ese camino no era. Dejé el termo y el mate sobre la mesa y me dispuse a ayudar como si se tratara de la familia, sin decir palabra cargué las cajas que ella iba dejando al costado de la puerta, hasta llegar a la última. Antes de guardarla le pedí para quedarme con algunas cartas y fotos que contenía con la promesa de devolvérselas ni bien terminara. Ella dio instrucciones al chofer del camioncito acerca de donde debía dejar la carga y volvió al departamento. Recorrió las habitaciones casi vacías y dio una última mirada a lo que fuera el hogar de su único y ahora fallecido hijo.

-         ¿Quiere caminar conmigo unas cuadras? Me invitó cuando estuvimos en la calle.
-         Sí, claro, sería un placer -acoté con sorpresa y gusto.
-         A mi edad la vida se presenta como una gran comedia, ¿sabe? Las personas se transforman en personajes que, bajo las órdenes de un invisible director, van desarrollando su papel con un destino prefijado conocido sólo por el narrador omnisciente. Usted sabe de eso, he leído su última novela y me quedé muy sorprendida con el final.
-         Bueno, me halaga, estoy trabajando en otra que saldrá el próximo año...-dije con cierta modestia y algo de orgullo, aquella mujer no dejaba de sorprenderme y me preguntaba cómo es que sabía que yo escribía, ya que en los diez últimos años había usado seudónimo- cuando esté lista será la primera en tener un ejemplar.
-         A propósito, ¿Cuándo piensa revelar la identidad del investigador? O acaso eso tiene que ver con su anonimato…
-         Es usted muy perspicaz, ese es un secreto, y ¿cómo es que sabe tanto de mí?
-         No me responda con otra pregunta, pero le voy a decir que hace mucho tiempo que le conozco, vengo siguiendo sus novelas desde “El caso del escribano”, si mal no recuerdo fue la primera de esta serie de policiales, una gran historia.
-         Así es, ¿cómo descubrió mi seudónimo?
-         Sin querer usted nos dio una pista en la tercera novela, claro que quizá no todos los lectores estuvieran tan atentos, pero me di cuenta que algo nos quería decir aún sin proponérselo…
-         Creo, que es usted un poco bruja.
-         Bueno, no es la primera vez que me lo dicen, y que las hay, las hay. En esa novela, coloca usted un personaje secundario que pasa casi inadvertido pero que luego tendrá un papel decisivo en el desenlace de la trama, me refiero a Roberto, el joven cadete, ¿lo recuerda?
-         Sí, claro, lo tengo muy presente
-         Usted logra desviar la atención del lector hacia el chico que bien podría haber cometido el crimen, ¿verdad? Tenía el motivo y la oportunidad y por cierto una buena coartada…
-         Creo que sí -aduje con perplejidad.
-         Sin embargo, esa vuelta de tuerca que usted da sobre el final es lo que hace de la novela una pequeña joyita, ya que nadie hubiera esperado el desenlace por ese lado; esa es una de las cosas que admiro de sus libros, la frescura para plantear delirios inexistentes que bajo el efecto de su pluma cobran veracidad haciendo que el lector se apropie de ellos y ya no pueda distinguir si la idea fue suya, del personaje o del propio lector. ¿Acaso me equivoco?
-         Bueno, tan aguda crítica me halaga por demás y me sorprende, creo que el próximo prólogo lo escribirá usted.
-          No me adule, no es necesario, aquí nos despedimos, espero tener esa novela pronto en mis manos, adiós. Visíteme cuando quiera.

Respondí con un movimiento de cabeza y una sonrisa. Algo me había querido decir esa mujer y yo no lograba descifrarlo.

continuará.....

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