CAPITULO 8
El sábado mis pasos me llevaron otra vez a la casa del Jaro. Termo y mate, lentes de sol, vaqueros y alpargatas como quien va la playa, me encontré en la vereda de la casa del ingeniero con un camioncito de mudanzas y un montón de cajas en la calle. Dos ayudantes subían y bajaban haciendo bromas mientras eran seguidos por la mirada inquisidora del portero de turno. En el apartamento me encontré con la madre del occiso en actitud de limpieza general, arremangada y metida de cabeza adentro de los cajones.
El sábado mis pasos me llevaron otra vez a la casa del Jaro. Termo y mate, lentes de sol, vaqueros y alpargatas como quien va la playa, me encontré en la vereda de la casa del ingeniero con un camioncito de mudanzas y un montón de cajas en la calle. Dos ayudantes subían y bajaban haciendo bromas mientras eran seguidos por la mirada inquisidora del portero de turno. En el apartamento me encontré con la madre del occiso en actitud de limpieza general, arremangada y metida de cabeza adentro de los cajones.
- Buenos
días –auguré.
- Gracias, pero no son tan buenos… deshacer
la casa de mi hijo no es una tarea de lo más agradable, por cierto, ¿cómo van
las cosas?
- No hemos avanzado mucho y precisamente
pensaba ir a su casa hoy…
- ¿Tiene novedades?
- No exactamente, podríamos decir que hay
algunas cosas que están saliendo a luz –dije dudando si seguir hablando pues no
sabía si había alguien más.
- Hable tranquilo, mi esposo no vino, no
resistiría este trabajo.
- ¿Sabía usted que su hijo tenía
relaciones… con un hombre? Dije directamente.
- Pues sí, lo supe desde el comienzo, en
realidad no es algo para espantarse, pero el padre no lo hubiera aceptado y no
quisimos decírselo, una madre lo que no sabe lo adivina.
- ¿Sabía de quien se trataba?
- No, no era necesario.
- ¿Qué hará con las pertenencias de su
hijo?
- Lo llevaré a la iglesia, para las
donaciones, sólo nos quedaremos con las más personales, los recuerdos
materiales no sirven de nada, hay que guardar sólo lo que cabe en el corazón.
Dijo esto con gran serenidad y pude ver en su
expresión la sabiduría y la capacidad de comprensión que sólo la gente que no
ha pasado en vano por este mundo puede tener. Observé su cabello totalmente
blanco, sus manos pequeñas y arrugadas y los ojos de un azul tantas veces
lavado que había quedado celeste pálido.
Algo me decía que aquella señora sabía más de lo que
decía, pero no encontraba la forma de averiguarlo y me di cuenta que por ese
camino no era. Dejé el termo y el mate sobre la mesa y me dispuse a ayudar como
si se tratara de la familia, sin decir palabra cargué las cajas que ella iba
dejando al costado de la puerta, hasta llegar a la última. Antes de guardarla
le pedí para quedarme con algunas cartas y fotos que contenía con la promesa de
devolvérselas ni bien terminara. Ella dio instrucciones al chofer del
camioncito acerca de donde debía dejar la carga y volvió al departamento.
Recorrió las habitaciones casi vacías y dio una última mirada a lo que fuera el
hogar de su único y ahora fallecido hijo.
-
¿Quiere
caminar conmigo unas cuadras? Me invitó cuando estuvimos en la calle.
-
Sí,
claro, sería un placer -acoté con sorpresa y gusto.
-
A mi
edad la vida se presenta como una gran comedia, ¿sabe? Las personas se
transforman en personajes que, bajo las órdenes de un invisible director, van
desarrollando su papel con un destino prefijado conocido sólo por el narrador
omnisciente. Usted sabe de eso, he leído su última novela y me quedé muy
sorprendida con el final.
-
Bueno,
me halaga, estoy trabajando en otra que saldrá el próximo año...-dije con
cierta modestia y algo de orgullo, aquella mujer no dejaba de sorprenderme y me
preguntaba cómo es que sabía que yo escribía, ya que en los diez últimos años
había usado seudónimo- cuando esté lista será la primera en tener un ejemplar.
-
A
propósito, ¿Cuándo piensa revelar la identidad del investigador? O acaso eso
tiene que ver con su anonimato…
-
Es
usted muy perspicaz, ese es un secreto, y ¿cómo es que sabe tanto de mí?
-
No me responda
con otra pregunta, pero le voy a decir que hace mucho tiempo que le conozco,
vengo siguiendo sus novelas desde “El caso del escribano”, si mal no recuerdo
fue la primera de esta serie de policiales, una gran historia.
-
Así
es, ¿cómo descubrió mi seudónimo?
-
Sin
querer usted nos dio una pista en la tercera novela, claro que quizá no todos
los lectores estuvieran tan atentos, pero me di cuenta que algo nos quería
decir aún sin proponérselo…
-
Creo,
que es usted un poco bruja.
-
Bueno,
no es la primera vez que me lo dicen, y que las hay, las hay. En esa novela, coloca
usted un personaje secundario que pasa casi inadvertido pero que luego tendrá
un papel decisivo en el desenlace de la trama, me refiero a Roberto, el joven
cadete, ¿lo recuerda?
-
Sí,
claro, lo tengo muy presente
-
Usted
logra desviar la atención del lector hacia el chico que bien podría haber
cometido el crimen, ¿verdad? Tenía el motivo y la oportunidad y por cierto una
buena coartada…
-
Creo
que sí -aduje con perplejidad.
-
Sin
embargo, esa vuelta de tuerca que usted da sobre el final es lo que hace de la
novela una pequeña joyita, ya que nadie hubiera esperado el desenlace por ese
lado; esa es una de las cosas que admiro de sus libros, la frescura para
plantear delirios inexistentes que bajo el efecto de su pluma cobran veracidad
haciendo que el lector se apropie de ellos y ya no pueda distinguir si la idea
fue suya, del personaje o del propio lector. ¿Acaso me equivoco?
-
Bueno,
tan aguda crítica me halaga por demás y me sorprende, creo que el próximo prólogo
lo escribirá usted.
-
No me adule, no es necesario, aquí nos
despedimos, espero tener esa novela pronto en mis manos, adiós. Visíteme cuando
quiera.
Respondí con un movimiento de cabeza y una sonrisa. Algo
me había querido decir esa mujer y yo no lograba descifrarlo.
continuará.....
continuará.....

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