CAPITULO 9
La tarde del sábado prometía ser aburrida, como tantas
otras, ideal para una buena siesta. De pronto se me heló la sangre en las
venas. Me había olvidado que debajo de mi cama tenía escondidos aquellos dos
sobres conteniendo mucho dinero, de ninguna manera podía apropiarme de esos
billetes verdes y prometedores, algo me hacía rechazarlos y por lo tanto
desconocerme. Debo confesar que había hecho planes… arreglos de la casa,
computadora nueva, el parrillero del fondo, una buena renovación de vestuario,
en fin… soñaba.
El lunes sin falta debía abrir un cofre en el banco y
guardar aquel dinero antes que un par de matones hicieran limpieza general en
mi casa.
Decidí recluirme a terminar mis tareas, tendría por
delante un día y medio para trabajar. Tenía que sacarle provecho. Me encontraba
en ese momento donde todavía no se vislumbra nada, en plena tiniebla con los
brazos extendidos hacia delante y confiando puramente en la intuición, ese
momento donde se comprende lo que es la fe, que por cierto nada tiene que ver
con las religiones sino con la capacidad de entregarse a caminar con los ojos
cerrados por un sendero desconocido con la certeza que la brújula interior
funciona.
Empecé a hacer un recuento mental de los hechos: en
Venezuela las cosas no andaban mejor que en Uruguay, el embajador estaba
tratando de desestimar una denuncia por tráfico de drogas y lavado de dinero en
la plaza financiera uruguaya, amparado en su cargo diplomático que le permitía
viajar y pasar cargas con cierta licencia que de otro modo no hubiera podido.
La esposa del embajador iba de viaje en viaje asistiendo a fiestas de protocolo
y actividades de beneficencia en las que donaba mucho dinero a comedores
infantiles y refugios, cosa que venía desarrollando desde hacía un tiempo.
Abocada a estas tareas sin descanso pasaba desapercibida para su marido que por
otra parte no la echaba de menos. En Uruguay habían matado dos veces a un joven
y exitoso profesional sin que la policía tuviera muchas ganas de investigar.
Sin embargo yo apostaba a que sí, por lo tanto era
necesario saber el vínculo del embajador y su esposa con la empresa del
ingeniero y los pormenores de cada uno de los que allí trabajaban, si es que
estaban involucrados. Para eso debía conseguir una aliada, alguien que pudiera
oficiar de espía que tuviera los mismos intereses que yo en el asunto además de
la posibilidad de infiltrarse en cualquier lugar sin llamar la atención. A mi
mente vino una imagen: la señora de Rodríguez, una viejita, activa, serena y
con aspecto de abuela indefensa sería el personaje adecuado para tener las
puertas abiertas en cualquier parte, amén de ser la persona más dolida en el
asunto a la cual nadie trataría mal en estos momentos.
Una llamada me sacó de mis cavilaciones.
- hola
- Tengo
un dato que le va a interesar, hay una reunión hoy en la peluquería que usted
conoce, en una hora- dijo una voz indefinida, más bien parecía camuflada por
algún artilugio.
- ¿quién
habla? Me apuré a preguntar inútilmente, ya que de haber querido me lo hubiera
dicho antes de cortar.
Me dejé conducir como conejo detrás de la zanahoria y
en un rato me instalaba en una mesita escondida de un bar en Pocitos desde donde podía ver la entrada del edificio donde se
encontraba aquella formidable y extraña peluquería. Puse mi libreta de notas
arriba de la mesa junto al café con leche y los pancitos caseros y me instalé a
registrar todo cuanto pudiera parecerme llamativo. Me di cuenta que estaba
actuando raro protegiéndome detrás de la ventana, como si de ese modo pudiera
escapar al hechizo de ese lugar. Cuando de pronto las cosas comenzaron a rodar
bien para mí, parecía que la nunca bien ponderada providencia venía en mi
auxilio.
Un auto negro se detuvo frente al edificio, pasaron
unos cuantos minutos que me parecieron horas antes de que alguna de las
portezuelas se abriera; y para cuando esto sucedió la señora del embajador perfectamente
enfundada en un traje negro, con sombrero y lentes oscuros, descendía del coche
acompañada de un hombre igual de negro tanto su ropa como su piel, con una
altura descomunal y unos brazos que seguramente salvarían a cualquiera de un
piano en la cabeza y sobre todo a la bella dama de la soledad y el desamparo.
Ambos entraron al edificio sin demora y se perdieron en el lustroso pasillo.
Mientras yo anotaba aquellos datos en mi libreta el
coche negro se retiró dejando lugar a otro igualmente negro pero más pequeño y
en el que viajaba un solo ocupante: el contador de la empresa. El blondo
muchacho se bajó y siguió los pasos de los invitados anteriores. Esto comenzaba
a gustarme.
Pasado un ratito que no fue mucho y me permitió
endulzar el café con leche y mordisquear un pancito, una moto se detuvo sobre
la vereda y descendió de ella un fornido hombre con campera de cuero negra, casco
y pantalones oscuros. Demoré un poco en reconocerlo, pero al punto recordé ese
andar deportivo: era el profesor del gimnasio. De más está decir que se dirigió
también a la peluquería, parecía que todos habían decidido arreglarse el
cabello el mismo día. Mi libreta henchía de felicidad ante tanto garabato que
ni yo iba a entender luego, pero al dar vuelta la página tuve que llenarla de
nuevo porque un grupo de tres chicos absolutamente vestidos de negro y con el
cabello engominado descendieron de una furgoneta y entraron raudos al edificio,
¿eran los que estaban en el sepelio del ingeniero? Me pareció que sí. Bueno la
reunión parecía ser numerosa.
El siguiente auto me resultó desconocido así como su
ocupante: un hombre alto, bronceado y canoso, de buena figura y vestimenta
casual pero muy fina, había dinero allí, tanto por el auto como por la ropa.
Con andar suave y decidido se dirigió al edificio, mostró al portero una
tarjeta y subió.
Mi celular empezó a sonar inoportunamente.
- hola -dije casi gritando
- estas a punto de morir –dijo la otra voz
en el mismo tono que la mía.
-dame una hora, como al enamorado y la
muerte –remedé- estoy en algo grande, pero tendré el capítulo para el lunes, lo
prometo.
- Pensás que voy a creerte, voy a tu casa
hoy a la noche y me quedo contigo hasta verte escribir, espero que tengas algo
en la heladera.
- Pe… ro. –cortó sin darme opción.
A todo esto un auto blanco y largo se detuvo frente a
la entrada y por un instante pareció estático. Apagó el motor y nada sucedía.
La ansiedad me carcomía por dentro y ya no anotaba nada en la libreta, estaba
sobre el borde de la silla y me sentía como los deportistas que esperan el disparo
para echar a correr. Pagué rápidamente la cuenta y me dispuse a seguir mi
instinto. En eso descendió del auto un hombre alto, absolutamente vestido de
blanco, una larga coleta negra le caía por la espalda y lentes oscuros le cubrían
la cara muy pálida. Una sola línea formaba su boca. El hombre caminó
decididamente hacia el hall y fue inmediatamente conducido por el portero hacia
el ascensor como si ya estuviera todo ensayado.
Ahora era mi turno. Mientras me paraba y caminaba
hacia la puerta pensaba que actitud tomar para pasar por un invitado más y si sería
necesario una contraseña para hacerlo. Cuando me encontraba ya en la vereda mi
capacidad de asombro se vio una vez más provocada, desde la esquina venía
acercándose una silueta que me pareció extremadamente conocida y experimenté
una señal de alerta. Caminé hacia ella reconociendo a la señora de Rodríguez
que con toda parsimonia y un bastón caminaba en sentido contrario al mío. Su
expresión era algo extraña. Me apresuré, si me reconocía echaría a perder mi
plan. Corrí hacia ella y la tomé del brazo tratando de no asustarla.
-
¿Qué
hace aquí? –la increpé por lo bajo.
-
Lo
mismo que usted –respondió sin inmutarse.
-
¿Cómo?
Usted sabía también de la reunión en la peluquería?... alguien me avisó…
-
A mí
también…
Sin pensar y sin saber por qué dí un giro de ciento
ochenta grados y paré un taxi. Nos metimos en él como dos fugitivos y le
indiqué al chofer la dirección de ella. Algo me había hecho cambiar de rumbo,
como si hubiera recibido una orden directa.
- No creo que usted estuviera pensando lo
mismo que yo- aduje- pero he perdido una buena oportunidad en mi investigación…
- Nuestra
investigación, querrá decir…
- ¿cómo? Pero…
- Tengo algunos datos que podrían llegar a
interesarle
No contesté, me limité a mirarla como tratando de
adivinar sus pensamientos y ese timbre de voz resonó en mis oídos. Ella
entrecerró los ojos, se reclinó un poco hacia un lado y se quedó así todo el
viaje, parecía que iba a dormir. A su modo esta señora hacía lo que le daba la
gana y por consecuencia me arrastraba también en sus acciones.
continuará.....

