viernes, 17 de mayo de 2013

El primer caso - Capítulo 9


CAPITULO 9


La tarde del sábado prometía ser aburrida, como tantas otras, ideal para una buena siesta. De pronto se me heló la sangre en las venas. Me había olvidado que debajo de mi cama tenía escondidos aquellos dos sobres conteniendo mucho dinero, de ninguna manera podía apropiarme de esos billetes verdes y prometedores, algo me hacía rechazarlos y por lo tanto desconocerme. Debo confesar que había hecho planes… arreglos de la casa, computadora nueva, el parrillero del fondo, una buena renovación de vestuario, en fin… soñaba.

El lunes sin falta debía abrir un cofre en el banco y guardar aquel dinero antes que un par de matones hicieran limpieza general en mi casa.
Decidí recluirme a terminar mis tareas, tendría por delante un día y medio para trabajar. Tenía que sacarle provecho. Me encontraba en ese momento donde todavía no se vislumbra nada, en plena tiniebla con los brazos extendidos hacia delante y confiando puramente en la intuición, ese momento donde se comprende lo que es la fe, que por cierto nada tiene que ver con las religiones sino con la capacidad de entregarse a caminar con los ojos cerrados por un sendero desconocido con la certeza que la brújula interior funciona.

Empecé a hacer un recuento mental de los hechos: en Venezuela las cosas no andaban mejor que en Uruguay, el embajador estaba tratando de desestimar una denuncia por tráfico de drogas y lavado de dinero en la plaza financiera uruguaya, amparado en su cargo diplomático que le permitía viajar y pasar cargas con cierta licencia que de otro modo no hubiera podido. La esposa del embajador iba de viaje en viaje asistiendo a fiestas de protocolo y actividades de beneficencia en las que donaba mucho dinero a comedores infantiles y refugios, cosa que venía desarrollando desde hacía un tiempo. Abocada a estas tareas sin descanso pasaba desapercibida para su marido que por otra parte no la echaba de menos. En Uruguay habían matado dos veces a un joven y exitoso profesional sin que la policía tuviera muchas ganas de investigar.





Sin embargo yo apostaba a que sí, por lo tanto era necesario saber el vínculo del embajador y su esposa con la empresa del ingeniero y los pormenores de cada uno de los que allí trabajaban, si es que estaban involucrados. Para eso debía conseguir una aliada, alguien que pudiera oficiar de espía que tuviera los mismos intereses que yo en el asunto además de la posibilidad de infiltrarse en cualquier lugar sin llamar la atención. A mi mente vino una imagen: la señora de Rodríguez, una viejita, activa, serena y con aspecto de abuela indefensa sería el personaje adecuado para tener las puertas abiertas en cualquier parte, amén de ser la persona más dolida en el asunto a la cual nadie trataría mal en estos momentos.

Una llamada me sacó de mis cavilaciones.
         - hola
         - Tengo un dato que le va a interesar, hay una reunión hoy en la peluquería que usted conoce, en una hora- dijo una voz indefinida, más bien parecía camuflada por algún artilugio.
         - ¿quién habla? Me apuré a preguntar inútilmente, ya que de haber querido me lo hubiera dicho antes de cortar.

        
Me dejé conducir como conejo detrás de la zanahoria y en un rato me instalaba en una mesita escondida de un bar en Pocitos desde donde  podía ver la entrada del edificio donde se encontraba aquella formidable y extraña peluquería. Puse mi libreta de notas arriba de la mesa junto al café con leche y los pancitos caseros y me instalé a registrar todo cuanto pudiera parecerme llamativo. Me di cuenta que estaba actuando raro protegiéndome detrás de la ventana, como si de ese modo pudiera escapar al hechizo de ese lugar. Cuando de pronto las cosas comenzaron a rodar bien para mí, parecía que la nunca bien ponderada providencia venía en mi auxilio.

Un auto negro se detuvo frente al edificio, pasaron unos cuantos minutos que me parecieron horas antes de que alguna de las portezuelas se abriera; y para cuando esto sucedió  la señora del embajador perfectamente enfundada en un traje negro, con sombrero y lentes oscuros, descendía del coche acompañada de un hombre igual de negro tanto su ropa como su piel, con una altura descomunal y unos brazos que seguramente salvarían a cualquiera de un piano en la cabeza y sobre todo a la bella dama de la soledad y el desamparo. Ambos entraron al edificio sin demora y se perdieron en el lustroso pasillo.
Mientras yo anotaba aquellos datos en mi libreta el coche negro se retiró dejando lugar a otro igualmente negro pero más pequeño y en el que viajaba un solo ocupante: el contador de la empresa. El blondo muchacho se bajó y siguió los pasos de los invitados anteriores. Esto comenzaba a gustarme.

Pasado un ratito que no fue mucho y me permitió endulzar el café con leche y mordisquear un pancito, una moto se detuvo sobre la vereda y descendió de ella un fornido hombre con campera de cuero negra, casco y pantalones oscuros. Demoré un poco en reconocerlo, pero al punto recordé ese andar deportivo: era el profesor del gimnasio. De más está decir que se dirigió también a la peluquería, parecía que todos habían decidido arreglarse el cabello el mismo día. Mi libreta henchía de felicidad ante tanto garabato que ni yo iba a entender luego, pero al dar vuelta la página tuve que llenarla de nuevo porque un grupo de tres chicos absolutamente vestidos de negro y con el cabello engominado descendieron de una furgoneta y entraron raudos al edificio, ¿eran los que estaban en el sepelio del ingeniero? Me pareció que sí. Bueno la reunión parecía ser numerosa.
El siguiente auto me resultó desconocido así como su ocupante: un hombre alto, bronceado y canoso, de buena figura y vestimenta casual pero muy fina, había dinero allí, tanto por el auto como por la ropa. Con andar suave y decidido se dirigió al edificio, mostró al portero una tarjeta y subió.
Mi celular empezó a sonar inoportunamente.

- hola -dije casi gritando
- estas a punto de morir –dijo la otra voz en el mismo tono que la mía.
-dame una hora, como al enamorado y la muerte –remedé- estoy en algo grande, pero tendré el capítulo para el lunes, lo prometo.
- Pensás que voy a creerte, voy a tu casa hoy a la noche y me quedo contigo hasta verte escribir, espero que tengas algo en la heladera.
- Pe… ro. –cortó sin darme opción.


A todo esto un auto blanco y largo se detuvo frente a la entrada y por un instante pareció estático. Apagó el motor y nada sucedía. La ansiedad me carcomía por dentro y ya no anotaba nada en la libreta, estaba sobre el borde de la silla y me sentía como los deportistas que esperan el disparo para echar a correr. Pagué rápidamente la cuenta y me dispuse a seguir mi instinto. En eso descendió del auto un hombre alto, absolutamente vestido de blanco, una larga coleta negra le caía por la espalda y lentes oscuros le cubrían la cara muy pálida. Una sola línea formaba su boca. El hombre caminó decididamente hacia el hall y fue inmediatamente conducido por el portero hacia el ascensor como si ya estuviera todo ensayado.
Ahora era mi turno. Mientras me paraba y caminaba hacia la puerta pensaba que actitud tomar para pasar por un invitado más y si sería necesario una contraseña para hacerlo. Cuando me encontraba ya en la vereda mi capacidad de asombro se vio una vez más provocada, desde la esquina venía acercándose una silueta que me pareció extremadamente conocida y experimenté una señal de alerta. Caminé hacia ella reconociendo a la señora de Rodríguez que con toda parsimonia y un bastón caminaba en sentido contrario al mío. Su expresión era algo extraña. Me apresuré, si me reconocía echaría a perder mi plan. Corrí hacia ella y la tomé del brazo tratando de no asustarla.

-         ¿Qué hace aquí? –la increpé por lo bajo.
-         Lo mismo que usted –respondió sin inmutarse.
-         ¿Cómo? Usted sabía también de la reunión en la peluquería?... alguien me avisó…
-         A mí también…
Sin pensar y sin saber por qué dí un giro de ciento ochenta grados y paré un taxi. Nos metimos en él como dos fugitivos y le indiqué al chofer la dirección de ella. Algo me había hecho cambiar de rumbo, como si hubiera recibido una orden directa.

- No creo que usted estuviera pensando lo mismo que yo- aduje- pero he perdido una buena oportunidad en mi investigación…
-  Nuestra investigación, querrá decir…
- ¿cómo? Pero…
- Tengo algunos datos que podrían llegar a interesarle

No contesté, me limité a mirarla como tratando de adivinar sus pensamientos y ese timbre de voz resonó en mis oídos. Ella entrecerró los ojos, se reclinó un poco hacia un lado y se quedó así todo el viaje, parecía que iba a dormir. A su modo esta señora hacía lo que le daba la gana y por consecuencia me arrastraba también en sus acciones.


continuará.....

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