EL PACIENTE
-Santiesteban -respondió por tercera vez- mi apellido es Santiesteban.
El enfermero escribió en el formulario y dio por terminada la
entrevista. Le dio las gracias, se levantó y se fue al otro lado del mostrador
para teclear algo en la computadora.
Ernesto Santiesteban quedó parado en el mismo lugar mirando la nada, más
allá de la ventana.
No era la primera vez que lo
internaban. Había estado en este y en otros hospitales, todos muy parecidos.
Quien cambiaba era él. La primera vez había sentido pánico, verdadero
pánico. Un terror paralizante que no le permitió ni siquiera hablar. Se le
formó un nudo en la garganta, un espiral en el pecho que bajaba hacia el
estómago y terminaba en los intestinos,
haciendo de él un ser incapaz de dar una respuesta coherente. Esto en lugar de
facilitar las cosas, fue todo lo contrario. Los médicos creyeron que se trataba
de un retrasado mental con serios problemas de dislalia, dispraxia, dislexia y
toda una serie de dis que lo reducían a un ente.
Ernesto se resignó al diagnóstico y espero que se le pasara aquella
crisis de pánico. Lo cual sucedió recién después de un aleccionante baño de agua
caliente que lo despojó de los últimos rastros de identidad y una magra cena antes
de irse a dormir a la cama asignada. Cuando se acostó se sintió mejor y los sedantes vinieron en su auxilio para
llevarlo a un sueño tranquilo y reparador.
Ya la segunda internación fue más fácil, tenía experiencia. El lugar era
el mismo, los enfermeros también y comenzó
a sentir una familiaridad que en ese momento lo reconfortó pero luego sería
motivo de preocupación.
Fue en esta ocasión que conoció a Mariana. Ya le habían hablado de los
sentimientos transferenciales que podían aparecer con aquellas personas que lo
trataban. Pero desde saberlo hasta vivirlo hay una distancia a veces tan larga
que no hay manera de establecer un nexo y la información se pierde en los
laberintos inútiles de la mente sin poder venir en nuestro auxilio. De esta
manera para cuando Ernesto se dio cuenta que se trataba de sentimientos
transferenciales, ya estaba enamorado irremediablemente y había tejido toda una
suerte de fantasías e ilusiones en torno a Mariana y su futuro juntos que fue
muy difícil dar marcha atrás.
Sobre todo cuando se enteró que Mariana estaba felizmente casada con un
médico de otro Hospital y pronto iban a tener un hijo. Todo esto se hizo
realidad cuando pudo ver la barriga hermosa y prominente que Mariana lucía con
todo orgullo por las aberturas de su túnica de enfermera.
El proceso de desilusionarse de
todos modos no fue tan difícil como imaginó y allí fue cuando comenzó a darse
cuenta que le resultaba más fácil perder que encontrar.
Igualmente le llevó unas cuantas sesiones de terapia en las que habló y
habló incansablemente de Mariana y del tiempo “vivido” juntos. Solía recordar
ese período de internación como uno de los más lindos en su vida y con eso se
quedó.
Tiempo después, a veces, se tiraba en la cama y reconstruía cada una de
las ocasiones en que Mariana había sonreído con su boca tan amplia “llena de
dientes”, cuando sus manos pequeñas y limpias lo tapaban, o le colocaban una
vía para el suero con el todo el amor del mundo, o le daba las buenas noches
con el termómetro en una mano y el aparato de presión en otra. Llegaba a pensar
que ella se preocupaba por él más que por los otros internos y eso lo hacía sentir
muy especial. Cuando se quedó sin
lentes, ella venía en la media hora libre y le leía revistas, cuentos y la
página de deportes del diario que sacaba de la sala de los médicos.
Mirándolo bien, a la distancia, esa fue de las pocas cosas fuera de su
rutina que Mariana hizo. Sin duda era una persona muy apegada a su trabajo y
realmente vocacional, pero este gesto, inofensivo, de parte de ella le costó a
él la capacidad de discernir entre la realidad y la fantasía y contribuyó
grandemente en el sentimiento que ya sentía por ella.
Su terapeuta de ese momento no le dio a este episodio la importancia que
tuvo en la vida de Ernesto. Cuando éste le contó de su amor por Mariana, la enfermera,
el psiquiatra enseguida pensó en la transferencia del enfermo hacia el personal
y consideró que era un sentimiento que lejos de ser nocivo hablaba de los
aspectos sanos de Ernesto, por lo que no se preocupó demasiado.
Por su parte Ernesto, notaba este desinterés de parte de su doctor y lo
usaba en su favor, dejando fluir aquel sentimiento, alimentándolo, haciéndolo
realidad, a veces exagerándolo y en otras explayándose todo lo que se le
antojaba en detalles y fantasías en cada sesión hasta el cansancio.
Así pasaron meses en los que la terapia se constituyó en una verdadera
cita virtual con Mariana, donde ella ocupaba el lugar central y lo que es peor
aún, todo transcurría a gusto y voluntad de Ernesto, por lo tanto era una cita
perfecta.
Este tiempo robado al proceso de curación de Ernesto le costó una
siguiente internación causada por el duelo y la consiguiente depresión que lo
embargó cuando Mariana se fue de licencia maternal y ya no volvería al
hospital.
La tercera incursión en el sistema sanitario no fue tan benévola como la
anterior. No es lo mismo estar descompensado que deprimido. Claro que cuando
uno se descompensa no puede andar por el mundo así nomás, generalmente los
demás comienzan a acusar recibo de nuestro comportamiento perturbado y no le
cae bien a nadie, por lo que todos acuerdan que lo mejor es que el paciente sea
internado.
En cambio cuando la persona se deprime y vive solo, como es el caso de
Ernesto, el único perjudicado es uno mismo hasta que los amigos lo echan de
menos y eso sucede cuando ya hace unos cuantos días que se ausentaron las ganas
de bañarse, de comer, de ver a otras personas, en fin, de salir al mundo.
Fue en ese estado que Ernesto llegó al Hospital. Se dejó bañar, poner la
ropa y llevar a la cama. Para comer no tuvo que hacer esfuerzo porque le
pusieron un suero inmediatamente y eso le facilitó las cosas, tampoco habría
gran diferencia entre los manjares hospitalarios y el suero por vía
intravenosa.
Todo se produjo cuando Clara lo encontró en la cama después de la
licencia de él y de ella. Clara es la señora que iba a limpiarle la casa y que se había tomado dos semanas libres
que coincidían con la licencia de Ernesto en el Correo. Ella se fue para
Durazno a la casa de los suegros y él decidió deprimirse. Cuando llegó y lo
encontró tal y como lo había dejado dos semanas atrás se dio cuenta que la
había engañado y sus esfuerzos por rescatarlo fueron inútiles. Como inútil fue
esperar una respuesta de él a la pregunta de “Te parece si llamo al hospital”.
Clara tomó la decisión y lo llevó. Se quedó con él toda la noche y fue
religiosamente todos los días a llevarle ropa limpia, revistas que él no leía,
flores, cartas de los hijos de ella, a veces el diario y pilas para la radio
que se consumían solas.
De todos modos, aunque no daba señales de vida, Ernesto registró el
cuidado con que aquella mujer casi desconocida lo acompañó en ésta, una de las
internaciones más tristes de su vida.
En el Correo no tenía problemas con su ausencia. Ya sabían que Ernesto
podía no venir por unos días y aunque todos estaban al tanto de las
internaciones nadie iba a visitarlo como para no ponerlo en evidencia. Era un
acuerdo tácito del que nadie hablaba, pero todos cumplían. A la hora de
regresar lo trataban como si hubiera ido a las Bahamas a pasar unas “alucinantes”
vacaciones.
En el caso de esta internación, los médicos aconsejaron una cura de
sueño. Era una terapia un poco antigua, pero valiosa en algunos casos, sobre
todo si se trataba de olvidar.
Ernesto durmió una semana de corrido. Se despertó como si ese tiempo no
hubiera pasado. Fue después, en el transcurso de la terapia que se enteró de su
sueño.
Cuando despertó se sentía tranquilo, como sin apuro por nada y sin
preocupaciones. Aunque antes tampoco las tenía, una persona deprimida tampoco
tiene ganas de preocuparse.
Tenía la sensación de flotar y el tiempo transcurría lento. Pensó que a
lo mejor la morfina contribuía grandemente a ese estado de paz y se dejó
llevar.
Por supuesto que no habló de Mariana en la terapia, se cuidó mucho de
hacerlo ya que esta vez le toco una terapeuta y no quería herir sus
sentimientos –los de verdad y los transferenciales- valga la aclaración.
Destinaba largo rato de la sesión a mirarla. Era linda. No una belleza
deslumbrante sino apacible, moderada, tranquilizadora casi. Estudió con mucho
cuidado sus facciones: la nariz pequeña, la boca grande y carnosa, las mejillas
llenas de pecas, sus manos largas y huesudas, un poco arrugadas para su edad,
sus piernas largas y sobre todo sus caderas. Le parecía que esa zona de su
cuerpo hablaba por sí sola, como si tuviera vida propia y en algunas ocasiones
se contradijera con su propietaria. La observaba cuando hablaba con él, cuando
lo hacía con un médico, o una enfermera, o con otro paciente; y siempre tenía
la sensación de que las caderas de ella expresaban un sentimiento propio.
Fantaseó muchas horas con esa idea, durante largas noches en las que no podía
dormir y no pedía un sedante sólo por el gusto de regodearse con esa, su única
fantasía.
La doctora Molinari, que así se llamaba la dueña de las caderas, se tomó
en serio la recuperación de Ernesto, pero él no. Ella intentó con auténtico
empeño bucear en las profundidades de su mente en la búsqueda de causas,
factores, génesis de los comportamientos de Ernesto, buscó también detonantes
más próximos, desencadenantes, factores descompensatorios, shoks; analizó
ampliamente las microrrupturas a lo largo y ancho de la vida de este hombre que
le brindaba generosamente los datos que ella necesitaba, pero que no estaba
interesado en hacer nada con ellos. La desconcertaba su buena voluntad en los
aportes y su anedonia en relación a las aspiraciones de mejoría; ¿realmente no
querría mejorar? Ernesto comenzaba a
familiarizarse con ese estado de semi enfermedad y se iba no sólo reconciliando
con su pseudo-locura sino peor aún, se iba enamorando. Este fue el comienzo de
todo lo demás.
La cuarta internación se produjo en medio de una historia con una mujer
que le terminó de trastornar la cabeza. Sólo que la base sobre la que se
construyó esta locura en el caso de ella estaba más firme y contaba con otras
herramientas que le permitieron salir a tiempo. Ernesto ya no tendría retorno.
Sofía fue sin embargo, por lejos, la historia más importante en la vida
de Ernesto, se amaron con verdadera pasión, incursionaron en un mundo privado
donde sólo los locos y los valientes pueden llegar pero sin saber que luego
resulta muy difícil regresar y en caso de hacerlo ya nada vuelve a tener el
mismo gusto que antes.
Cuando se conocieron, en un club nocturno, ella vestía absolutamente de
negro, el pelo rubio, lacio y largo abrazaba su delgada espalda y la blancura
de su piel resultaba fantasmal. Un ángel negro. El la llamaba la dama de la
oscuridad y una imagen vampirezca se fue colando sigilosamente entre ellos,
primero como un juego de ambos, después como una idea fija de él; para constituirse finalmente en un verdadero
delirio con vida propia en la mente de Ernesto.
Él estaba feliz. La realidad le devolvía la imagen exacta de su fantasía
y comenzó un juego loco que lo condujo a los momentos de mayor euforia y
felicidad, así como también al electroshock finalmente.
El apartamento de Ernesto fue el templo donde consumar la locura. Cerraban
persianas y cortinas, y la noche no tenía fin. Eternamente en las tinieblas,
solía decir él y ella festejaba danzando entre sus faldas oscuras y su piel
blanca casi traslúcida.
Juntos descubrieron sus propios límites, hurgaron en las fantasías eróticas
más descabelladas, se entregaban uno en manos del otro con una devoción casi
religiosa para procurar satisfacción, y era ésta la única y codiciada meta.
Ambos confiaban mutuamente y sin reparos, se brindaban en alma y cuerpo
literalmente si es que esta expresión alcanza para expresar el nivel de entrega
más sádica, morbosa y perversa que puede existir entre dos personas. Esto
constituyó uno de los patrimonios más valiosos que ambos tuvieron, sabían que
no existía un amor así, aún cuando no era su intención llamarlo amor, por que
distaban mucho de los intereses simples y vulgares de los demás enamorados.
Ellos sabían que las cursilerías que a los demás les iba bien, para ellos no
llegaban ni a existir; elegidos por los
dioses y demonios, tenían acceso al abismo más alucinante que sólo las mentes
capaces de soportarlo se daban el gusto de probar.
Así llegaron a practicar rituales de sado-masoquismo que los disparaban
al límite mismo de lo inimaginable, pero el punto máximo lo constituía ese
instante en que el dolor físico se convierte en goce mental y no era el
hostigamiento del cuerpo lo que los embargaba de placer sino sus mentes
cabalgando a velocidades impredecibles, pudiendo casi vislumbrar las corrientes
eléctricas que enloquecidas establecían sinapsis vertiginosas en dos cerebros
concebidos para eso. Las imágenes de poder y dominio, de sumisión y entrega, de
estar suspendidos en el aire con el universo sobre las cabezas y llamas
incandescentes bajo los pies, sólo constituían simples disparadores para que la
adrenalina, la serotonina y la dopamina se dispararán a raudales como torrentes
descontrolados por los exigidos laberintos de sus neuronas. Obtener un orgasmo
pasó a ser una simpleza en la aventura de sus cuerpos; porque habían logrado
algo mucho mejor, llegar a ese éxtasis tan deseado por todos con sólo mirarse,
con el juego maquiavélico y superlativo de sus poderosas mentes, y eso era algo
de lo que se jactaban. Era su secreto, lo que los unía en este y todos los
otros mundos en los que incursionaban. Porque estaban seguros que su unión,
sellada con sangre, pertenecía a otra dimensión donde sólo los privilegiados
que podían renunciar al mundo simple de las pasiones terrenales, tenían acceso.
El delirio de Ernesto llegó al ápice cuando decidieron beber sangre. No
sólo por el significado que le otorgaron a este festín sino porque debieron
incursionar en un grave delito como fue robar unos volúmenes del preciado cáliz
en el banco de sangre donde trabajaba un amigo. La purpúrea bebida se
transformó prontamente en el deleite de sus paladares y las combinaciones con
otras bebidas alcohólicas, con refrescos, con perfumes, y hasta con excreciones de sus propios cuerpos
fueron infinitas y cada vez más atroces. El tren de ida, ya no tendría retorno.
Sin embargo, contra todo pronóstico médico y tapa de libro, fue éste el
período más productivo en la vida de Ernesto. Se sentía pleno, con ganas de
hacer cosas, trabajaba, creaba, y la euforia era casi permanente. Comenzó a pintar y los cuadros en cartones
que encontraba en la calle, al principio se amontonaron detrás de las puertas y
sillones, luego fueron ocupando más
lugar e importancia y finalmente terminaron en una galería de arte
siendo vendidos a muy buen precio que pagaban los amantes del surrealismo
“dark” (si es que existe). ¡Ingenuos! –gritaba Ernesto- riendo a carcajadas
cada vez que se vendía un cuadro. De todos modos este dinero fue destinado a
los gastos de las clínicas donde iba haciendo su crucero Ernesto y en el que lo
acompañaba infaltablemente Sofía, quien nunca lo abandonaría.
Esta vida ya no tiene encanto para nosotros -solían decir- ya no tiene vértigo posible. Y
así fantaseaban con vivir en un lugar mágico donde sólo ellos tuvieran acceso y
sus fantasmas, claro. Lo fueron construyendo paulatinamente, más conciente ella
y más ilusionado él, ambos decidieron crear ese mundo perfecto donde poder
vivir su locura, su delirio, su pasión y lo que es más preciado aún sus más
ocultas fantasías.
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Cuando el enfermero terminó de escribir sus nombres en la computadora,
estuvo listo el permiso de internación. No era un hospital como los demás, allí
no intentarían curarlo como habían hecho hasta ahora. Era una clínica privada
que daba cuidado y sostén a personas con trastornos graves de personalidad y
cuyo pronóstico no era bueno, para los médicos claro, para Ernesto y Sofía no
había nada mejor que nunca curarse de su locura.
Gracias a las ventas de los cuadros que iban en mejoría, y un poco de
influencia del Director del Correo y la abuela de Sofía, llegaron allí esa
tarde de setiembre, con una pequeña maleta cada uno, el caballete, los cartones
que habían podido juntar en el camino, los pinceles, las pinturas, los libros
macabros de Sofía, las velas, los inciensos, las copas de cristal labradas de
la abuela y un infinito caudal de imágenes poco relacionadas con la realidad y
menos aún con la razón.
Se instalaron en una habitación con vista al parque, colgaron objetos en
las paredes y las lámparas, desperdigaron sus pertenencias y se dispusieron a
vivir.
Ernesto colocó el caballete cerca de la ventana, distribuyó las pinturas
en el piso y los pinceles en un gran frasco.
Una enfermera robusta y añosa se detuvo frente a la puerta, al ver
aquella muestra de Tristán Narvaja y
saludó cordialmente con una amplia sonrisa maternal que a Ernesto se le antojó
conocida. Devolvió el saludo con un gesto de la cabeza y cuando volvió a mirar,
detrás de la enfermera estaban Mariana y la Dra. Molinari saludándolo con la
mano levantada y sendas sonrisas en sus rostros, Mariana llevaba un niño en
brazos.
_ Bien, ahora estamos todos – le dijo a Sofía mientras la rodeaba con el
brazo atrayéndola hacia sí- por fin estamos todos juntos.
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