jueves, 25 de abril de 2013

El primer caso - capítulo 4


CAPITULO 4  

La mañana del martes estaba agradablemente cálida para ser una primavera tan indecisa. Caminé lentamente hasta el hospital al que me dirigía a pedido del Dr. Arriola que me llamó para decirme que tenía datos interesantes sobre el bonito muerto del fin de semana. Cuando llegué lo encontré desayunando sobre su mesa de trabajo y tenía destapado el cuerpo del ingeniero que pronto debía ser llevado a la funeraria.

-         Te llamé antes de que se lo lleven… quería que vieras esto… no dije nada a la policía… ellos no se enterarán…

Dijo esto mientras me señalaba una marca de hipodérmica en el brazo derecho del muerto a la vez que mordisqueaba una margarita de membrillo. La marca resultaba apenas perceptible, pero bajo la lupa y después de unos días de muerto se había formado una pequeña aureola violácea que la hacía más notoria.
-         El nivel de alcohol en sangre era muy bajo –continuó el forense- seguramente un poco de vino en la cena, no estaba ebrio; no encontré rastros de drogas ilegales, la orina dio un alto porcentaje de benzodiasepina que seguramente le recetaría un psiquiatra, quizá para controlar la ansiedad o para dormir.
-         ¿Algo más?
-         Sí, un tatuaje en la ingle que parece ser un dragón alado y perforaciones en los pezones como si hubiera usado aritos o piercing, pero ya estaban casi cerrados.
-         ¿Esto es todo?
-         No, lo más importante.... no murió a causa de las puñaladas, ya estaba muerto cuando lo apuñalaron.
-         ¿Cómo?
-         Sí, como te lo digo, entre la muerte y las puñaladas pasaron por lo menos dos horas…
-         Pero, entonces, ¿cual fue la causa de la muerte…?
-         Bueno, acá las cosas empeoran, parece ser una sobredosis de algo que todavía no puedo definir, ya que como te dije no había rastro de drogas conocidas, algo le produjo un descenso paulatino del ritmo cardíaco hasta llegar a paralizarlo del todo, es una muerte lenta pero sin dolor, semejante a un estado de relajación profunda del que luego no se retorna.
-         ¿Alguien se lo administró sin su consentimiento?
-         No lo creo, no hay señales de violencia…podría haber estado dormido, o ser alguien de su total confianza… yo sólo descubro las evidencias, las conclusiones te las dejo a ti, de todas formas esto no le interesa a la policía y parece que no hay ningún deseo de que se destape el tarro, yo no tengo más tiempo para investigar acá, se lo llevan ahora, si quisiera tendría que hacerlo por mi cuenta… me reservé algunas muestras vitales, las llevaré a mi laboratorio… ya te contaré… -dijo esto terminando su desayuno y disponiéndose a lavar sus manos en la pileta y colocarse los guantes.
-         Me he quedado sin palabras, no atino a sacar nada en limpio aún… ¿puedes determinar la inclinación de la hipodérmica al ser inyectado?
-         Sí, pero en este caso estuvo muy bien realizado el pinchazo, la persona tenía experiencia, sabía muy bien cómo hacerlo.

El Dr. Arriola era un experto en su materia y podía confiar plenamente en su diagnóstico, pero algo quedó rondando en mi mente sin que pudiera determinar con certeza de qué se trataba. Observé un rato aquel cuerpo que ya comenzaba a tener otro color y una oleada de compasión se apoderó de mí. El forense terminó de acomodarlo y pronto descansaría en un cómodo y caro ataúd por siempre jamás. La voz de mi amigo me sacó de mis lúgubres cavilaciones.

-         Eh! ¿en qué te quedaste?
-         Ah! nada, nada, llamame si aparece algo más, creo que estaré en casa, tengo que terminar la novela, de lo contrario engrosaré tu lista de trabajo a manos de mi editor.
-         Encantado de recibirte, haría un espléndido trabajo, lo prometo –bromeó mientras me saludaba con el codo para que no tocara sus guantes ya manchados.

Pensaba ir directamente a lo del dentista, sin pedir hora, y después llamar al psiquiatra, cuando mis pasos me llevaron de nuevo a la casa del occiso. Pasé sin llamar la atención ya que me había provisto de una llave y entré directamente. No sabía muy bien qué iba a buscar, pero algo me llevaba de nuevo al lugar de los hechos. Un asesinato doble ejecutado en la misma persona. Vaya.
Giré la llave sin dificultad, pero la puerta se obstruyó con algo por lo que tuve que empujar con un poco de fuerza. Varios sobres cerrados se amontonaban al otro lado haciendo difícil abrir. Seguro habían sido entregados hoy a la mañana, pero me resultaba raro que los tiraran por debajo de la puerta ya que los porteros sabían que el ingeniero no podría ya recoger su correspondencia, entonces, ¿por qué cumplir con esa inútil rutina? ¿Quién tiraría los sobres? Recogí cuidadosamente las cartas y avancé. En el rincón opuesto a la mesa de comer, y bajo una ventana había un escritorio que no había inspeccionado todavía. Un mueble no muy grande, bonito y antiguo que en este caso estaba recargado de documentos. Abrí el pequeño cajón de la derecha y hurgué. Papeles, papeles y más papeles; tendría que leer uno por uno para ver de qué se trataba, así que me senté cómodamente y comencé a hojear. Había muchas boletas de compras al contado de objetos tan variados que iban desde un reloj, ropa, pelotas de tenis, libros, discos, artículos para el hogar hasta electrodomésticos y una guitarra. Seguí buscando en otro cajón, y hallé cartas, sueltas y algunas en sus sobres incluso una de ellas sin abrir y el matasellos era igual a otra que había recogido recién debajo de la puerta. Las cartas provenían de Venezuela. Abrí una y leí rápidamente, en letra manuscrita redonda, se me ocurrió que fueran escritas por una mujer aunque la firma sólo decía “F” y el remitente no aportaba datos que aclararan nada. La dos últimas sin abrir me llamaron la atención, algo había pasado en la relación.
Decidí llevármelas para leerlas tranquilamente en casa, cuando escuché la llave en la puerta y me sobresalté. No supe qué hacer; así que solo me quedé donde estaba para ver quién era la visita.

La mujer que entró también se sobresaltó. Seguro no esperaba encontrar gente en la casa de un muerto reciente.

-¿Quién es usted y qué hace aquí?
-Buenos días, estoy investigando la muerte del ingeniero, a propósito, usted tiene llave de la casa… -ataqué rápidamente.

Se inquietó y la estrategia dio resultado, con una pregunta capciosa pude salir de la mira y colocarla a ella en su lugar, sin dejar de estudiar la reacción de su rostro arremetí de nuevo.

-         ¿Quién es usted? ¿Acaso la persona que escribió estas cartas? -dije mostrando las que había levantado debajo de la puerta recientemente- ¿Qué relación tenía con el occiso?
-         Si fuera tan amable de evitar los tecnicismos… aún me cuesta aceptar la muerte de Javier… - dijo bajando la cabeza-.

Se acercó al sofá y se dejó caer, abatida, por lo que tuve que retroceder con mi acusación y una oleada de compasión se apoderó de mí, alejando a aquella mujer de la lista de sospechosos. Me incliné hacia delante apoyé los codos sobre las rodillas y el mentón en las manos, pregunté cortésmente:
-         ¿Eran amantes?
-         Algo así… nos conocimos hace unos años por un trabajo que le encargó mi esposo y ya no pudimos separarnos… a pesar de que nuestra relación no era posible… yo no me puedo divorciar y eso nunca lo entendió… Además tuve que viajar a Venezuela por el trabajo de mi marido y todo se hizo más difícil, aun cuando él encontraba la forma de ir y yo hacía todo lo posible para vernos…
-         ¿Podría su esposo haber mandado matar al ingeniero?
-         Pero qué dice… no, claro que no, mi esposo ni sospecha de esta relación, como nunca sospechó de las anteriores, sé cuidarme muy bien, por otra parte, aunque se enterara, no creo que le moviera a cometer un crimen. Con dejarme sin dinero ya estaría conforme.
-         ¿Nunca pensó que su esposo la ama demasiado y por eso tolera cualquier capricho suyo, incluyendo amantes, y que esta pasión que duró tanto tiempo lo sacó de las casillas, obligándolo a matar…?
-         No, definitivamente no lo creo… pero nunca lo había visto desde esa perspectiva. Mi matrimonio fue un arreglo comercial entre dos empresas muy importantes; la de mi padre y la de mi suegro, muertos ambos, las cosas quedaron incambiadas y por una cuestión de papeles si me separo de mi marido pierdo mi herencia y si él me deja pierde todas las acciones que tiene en la empresa; estamos atados el uno al otro hasta que la muerte nos separe. En todo caso hubiera sido mejor negocio matarme a mí.
     Dijo esto y dejó escapar un sollozo.
-         ¿Sabía de la existencia de alguna otra mujer?-pregunté sin compasión.
-         No, bueno seguro habría alguna otra, pero preferíamos no mencionar esos temas…
-         ¿El ingeniero pudo tener relación con algún hombre? – espeté para ver la reacción.
-         No.

Dicho esto se acomodó la falda lo que me dejó entrever que mentía. La mujer era muy bella, alta, de piernas muy largas e iba muy bien vestida. Pude observar en un breve paneo que su trajecito era costoso, el abrigo también y hasta la calidad de las finas medias que parecían de seda, y sus zapatos… una verdadera obra de arte en cuero negro y charol con un taco que me produjo cierto vértigo. Rápidamente dejé de mirarla para que no se incomodara, mientras ella se secaba el rostro con un pañuelito descartable.

-         ¿Qué la trajo de nuevo por aquí y cómo se enteró de la muerte?
-         Me avisó el portero de la noche, era nuestro cómplice y me llamó inmediatamente; yo decidí venir a recoger la correspondencia, no quisiera verme involucrada en las investigaciones, entiéndame, soy la esposa de un diplomático y eso sería noticia en las revistas de chismes, ¿Puedo confiar en usted?
-         Claro, délo por hecho. Dije con convicción. Aunque me quedé pensando qué era lo que me hacía ser tan benevolente. Decidí seguir mi intuición.

Salimos del edificio. Ella con un manojo de cartas incluyendo las que yo me había guardado en el bolsillo. Y yo con una montaña de papeles que seguro no aportarían nada nuevo. Nos separamos en la vereda, ya que un auto con matrícula diplomática y vidrios negros la esperaba en la esquina. Al parecer había más de una persona enterada de aquella relación, esto no era un secreto.

Caminé sin apuro dudando si volver a mi casa, ir de nuevo al gimnasio, o intentar conocer al psiquiatra. El celular me sacó de mis cavilaciones y me ayudó a decidir. Era la madre del ingeniero que me llamaba para que fuera a su casa, tenía algo de qué hablar y unos papeles para darme. Anoté la dirección rápidamente y paré un taxi. Tenía ganas de ir pensando mientras miraba por la ventanilla sintiendo el viento en la cara.
Llegué a una linda casa en Malvín. Sencilla, antigua, conservando aún el porte de los años dorados en que fue construida. La señora me estaba esperando detrás de la ventana. Salió a mi encuentro con algo de ansiedad y un poco de apuro
.
-         Le hice venir ahora que mi esposo no está, desde que se jubiló ya no tengo un rato para estar sola con mis cosas, no es que me moleste su presencia en casa, es que después de tantos años debo habituarme otra vez, y eso cuesta…
-         Hubo algo de importancia… -aventuré.
-         Pues sí, ya lo creo, pero pase y siéntese, charlemos con comodidad, ¿quiere un té, café, whisky o coñac?
-         No, nada gracias, aún no almorcé.-dije con sorpresa por el ofrecimiento y con apuro por conocer las buenas nuevas.
-         Ayer recibí un llamado muy particular y posteriormente una visita que no esperaba. Era una mujer, muy hermosa por cierto y con mucha clase, vino a dejarme unas cosas que tenía de mi hijo y me dejó dinero en efectivo para los gastos del sepelio. Me aconsejó que no hablara con nadie de su visita y mucho menos del dinero, yo no sabía que mi hijo tuviera una novia, y menos una amante tan distinguida, al parecer la señora, porque me pareció mayor que Javier, es de alcurnia, ¿me entiende? -dijo levantándose la nariz con el dedo índice.
-         Entiendo -murmuré mientras pensaba- ¿agregó algo más?
-         No, pero me dejó esto –y se levantó dirigiéndose a un mueblecito.

Trajo consigo un sobre de papel manila que vació sobre la mesa y del cual cayeron un anillo, una cadena, una pulsera y un reloj, todo de oro y cuando pude tomarlo en mis manos, vi que tenía grabadas las iniciales “JyF”; el reloj tenía cinco brillantes en la esfera y tres rubíes, la pulsera y el anillo también y del extremo de la cadena colgaba un brillante tamaño regular que destelló sobre la mesa con la luz del mediodía. No pude evitar pensar en el dinero que había en ese simple sobre. Esto no era todo, la dulce abuelita sacó otro sobre que volcó del mismo modo sobre la mesa y del que salió una suma importante de dinero, y digo importante porque yo no tenía la costumbre de ver tantos billetes de cien dólares todos juntos. ¿Qué haría la octogenaria con aquella suma? Seguidamente y para mi sorpresa vino la respuesta.

-         Quiero que usted se lleve este dinero.
-         ¿yo? ¿Cómo? Pero, ¿para qué?-atiné a decir con perplejidad.
-         Quiero que investigue la muerte de mi hijo como sea, no para mandar a la cárcel a quien lo hizo si eso no es posible, pero necesito saber la verdad, sobre todo en qué andaba en los últimos tiempos. Quizá sea un poco tarde, pero quiero estar en paz con su espíritu y el mío, ¿me entiende?
-         Sí, claro que la entiendo, pero mis honorarios…
-         No importa cuales sean sus honorarios, puedo ver que aquí hay bastante dinero aún sin contarlo, y si quiere le doy también el valor de las joyas, que las puedo hacer desmontar y fundir para evitar complicaciones. A mi edad no es el dinero lo que me preocupa.

La señora tenía claros sus objetivos y me sorprendió tanta decisión, pero no pude decir que no, como tampoco me pude negar a acompañarla al sepelio.

En media hora estábamos en un remise camino a recoger al anciano esposo y a darle santa sepultura a Javier, único hijo del matrimonio.
Mientras me encontraba en el auto alquilado, en el asiento delantero, miraba por la ventanilla tratando de darle un orden a los hechos. Me acababan de contratar para averiguar un asesinato por una alta suma de dinero que redundaría en unas buenas y ansiadas vacaciones; cuando yo en realidad me había dispuesto a conocer la verdad por amor al arte. Claro que la señora no sabía que mi trabajo no es éste, que yo lo tomo como un hobby y cuento con la ayuda de algunos amigos en lugares clave. Pero que en realidad esta tarea proporciona material a mi verdadera profesión: escribir novelas. Mientras en el fondo de mi bolso llevaba un sobre con unos cuantos miles de  dólares, pensaba si sería deshonesto aceptar el dinero y no decir la verdad. ¿Sería justo aceptarlo como pago a todas las investigaciones que había realizado antes ayudando silenciosa y gratuitamente a la policía? Si la tierna nona había puesto en mis manos aquella suma y quizá también las joyas era una señal del destino, ¿quién era yo para negarme? Por cierto, ¿quién mejor que yo para darle buen uso a ese pecunio? Por su parte la abuela no tendría herederos, salvo algún lejano sobrino u otro pariente que llegaría como buitre a desmenuzar su presa una vez muertos los dos viejos. Además, de donde venía este dinero había más, y por el momento prometía no agotarse, así como me quedaba clarísimo que si no lo usaba yo sería prontamente prodigado en un shopping o en un nuevo amante.

Esas ideas pasaban por mi mente cuando llegamos al cementerio. Un pequeño grupo de gente rodeaba el auto fúnebre que contenía los restos mortales de quien fuera hasta hace poco un próspero profesional y codiciado soltero. Entre los deudos, a quienes no conocía, distinguí una figura que me resultó familiar. Al acercarme pude ver que se trataba del profesor de gimnasia que, con otro atuendo más formal, lucía diferente. De todas formas era difícil aprisionar aquellos brazos en una camisa y mucho menos en un traje. Se le notaba la congoja y lo acompañaban dos hombres igual de fuertes y jóvenes que, supuse, serían del equipo de fútbol amateur que tenía el ingeniero los fines de semana. No saludaron a la anciana, por lo que sospeché que no la conocían; permanecieron un poco alejados de los que serían los familiares y compañeros de trabajo. Me dediqué un rato a observar los distintos grupos de personas, me fijé en las mujeres; pocas y muy elegantes, seguro pertenecían al estudio, dejaban traslucir ese look yuppie que tienen los ejecutivos jóvenes. Más allá estaba los muchachos del club con sus notorios músculos y su estilo característico, pero me llamó la atención un pequeño núcleo que intentaba mantener un perfil bajo; eran cinco jóvenes, dos chicas y el resto varones, con un auténtico estilo punk mal disimulado para la ocasión. Seguramente no querían llamar la atención, pero tampoco podían traicionarse cambiando la ropa que los diferenciaba. Quizá fueran amigos de otra época. Me intrigó saber cómo había llegado la noticia tan pronto a todos, quién sería el nexo entre la distinta gente, ya que la familia desconocía a los amigos.
La respuesta no se hizo esperar, cuando nos íbamos, en el camino de salida del cementerio, se produjo un acercamiento discreto y bien disimulado en la pequeña procesión; uno de los jóvenes ejecutivos, enfundado en un caro traje oscuro y lentes al tono, se acercó a los punkies que lo recibieron con disimulado afecto. Intercambiaron algunas palabras, acompañadas de leves gestos de afirmación y luego el del traje negro se alejó rumbo a su grupo.
Aunque todos vestían muy parecido no me sería difícil reconocer a ese hombre en un futuro encuentro; su cabellera extremadamente rubia, larga y bien cuidada sería fácilmente reconocible en cualquier lugar.
El sepelio finalizó sin más ni más. Allí quedaba la historia de un joven ingeniero de 39 años que fue asesinado dos veces.

continuará......

No hay comentarios:

Publicar un comentario