miércoles, 24 de abril de 2013

El primer caso - capítulo 1


Capítulo I
Encontraron el cuerpo el lunes de mañana. En la cama, desnudo y helado. Según el forense llevaba unas cuantas horas muerto, quizá un día entero a simple vista, después de los análisis podría dar una opinión más ajustada. Ahora sólo se podía saber la temperatura del cuerpo, el entumecimiento, y la sangre seca en las heridas. Cuatro puñaladas en la zona del tórax.
¿Enemigos? ¿Mafia? ¿Drogas? ¿Ajuste de cuentas? ¿Celos? Las preguntas de siempre, había que investigar y empezar por el principio como debe ser. Indagar amistades, noviazgos, esposa, hijos, etc. Un caso aburrido, no había demasiado interés y tampoco familiares dolidos que quisieran saber. Sólo los padres, un par de ancianos resignados a que su hijo no hubiera llevado la vida que esperaban y, por lo tanto, no había muerto como lo esperaban. Los dos viejitos se presentaron a reconocer el cadáver en la morgue del hospital sin sobresaltos, nada de congoja, sólo la seriedad que amerita el caso y la lucidez para realizar los trámites necesarios. Nadie está preparado para que se mueran los hijos primero que los padres, pero en este caso parecía que sí.

-         ¿Conocía las amistades de su hijo? –pregunté en cuanto pude.
-         Tenía 39 años, ya hacía mucho que había dejado de controlarle los amigos, además a casa no traía a nadie.
-         ¿Sabe de alguna novia, esposa o amante?
-         Menos, esos temas no se hablaban, nunca quiso casarse…
-         Aquella chica… -acotó el padre- te acordás que la trajo a comer un domingo… ¿cuánto hace?
-         ¡Ay! Viejo, eso fue hace cuatro años…nunca más la vimos…
-         ¿Cree que su hijo era homosexual? Disculpe, pero debo preguntar…
-         No, no lo creo –respondió la madre secamente.
-         ¿Deudas? ¿Drogas? ¿Estafas? ¿Algo que a ustedes les llamara la atención?
-         No podría decirle nada ahora, quizá después de unos días acuda a mi mente algo que sirva…yo lo llamo.


Se retiraron los dos con paso tranquilo y sin lágrimas. El cuerpo estaría retenido en la morgue un día más para la autopsia dadas las circunstancias de la muerte y, por lo tanto, el entierro se pospondría veinticuatro horas. No hicieron ninguna objeción acerca de eso ni tampoco sobre que habría que velarlo a cajón tapado.
Una vez que se fueron acompañé al Dr. Arriola hasta la morgue. Me acerqué a la mesa metálica y observé las facciones de aquel hombre que hasta hace un par de días había sido un tipo joven y buen mozo. El cabello negro, abundante, aún sin canas, y con un mechón que, de estar de pie, seguro le caería en la frente dándole un toque informal y juvenil. La piel se veía cuidada y bronceada, señas de que había viajado hacía poco, ya que por estas latitudes todavía estamos en primavera. Por el tono del bronceado aventuré que se trataría del Caribe o zonas aledañas. La marca de un anillo quedaba en el dedo anular de la mano izquierda, la madre había retirado la joya aduciendo que sería un recuerdo de su hijo además del valor que seguramente tenía: una pieza de oro blanco y amarillo, con una piedra ónix y dos brillantes a los lados, adentro grabadas las iniciales y sin dedicatoria. El reloj también había dejado su huella al tomar sol, era un cartier de oro que se encargó de guardar su padre, regalo de la familia cuando obtuvo el título de ingeniero agrónomo. En la ceja derecha tenía la marca de un piercing que ya no estaba, y en la oreja un arito de plata, barato, comprado seguramente en una feria del Este. El cuerpo de aquel hombre era atlético, dejaba ver a las claras que se cuidaba, los abdominales bastante marcados y los brazos robustos daban cuenta de horas de gimnasio, las piernas fuertes y musculosas hacían pensar en unas cuantas idas a correr a la playa y algún que otro partido de fútbol. ¿Por qué matar a un hombre lindo y joven? Un profesional, con buen empleo, sin deudas, en pleno auge de su carrera y de su vida amorosa quizá. ¿Por qué no se habría casado? ¿Estaría enamorado de una mujer casada? ¿Sería gay y nunca lo hizo saber?
Tales eran las preguntas que me hacía mientras bajaba los dieciocho pisos del hospital camino hacia mi casa. Decidí pasar por el apartamento del muerto para revisar antes que lo hiciera la policía técnica y se llevaran algo obstruyendo la búsqueda de pistas que hablaran de la vida de aquel hombre.
Entré con la ayuda del portero y me dispuse a observar con mirada ingenua, como si me hubieran invitado y tratara de adivinar las costumbres de Javier Rodríguez de La Fuente, para conocerlo mejor. Me senté en el sillón del living. Un sillón de dos cuerpos, caro, bastante nuevo, los posabrazos estaban limpios y aún bien moldeados, no con esa leve deformación que se produce cuando uno se sienta sobre ellos y se van desmayando para los costados. El color bien elegido y combinado con el resto de los muebles hacía pensar en una persona con buen gusto. La alfombra de lana natural y al tono sobre la que descansaba una mesita ratona de color oscuro y bien lustrada con algunos adornos más útiles que decorativos. Una enorme vela en el rincón a medio consumir y varios almohadones por el piso daban un toque femenino al lugar. Olor a incienso, algunas plantas, una prolija biblioteca con libros técnicos y en el último estante algunas novelas, diarios y semanarios, nacionales y extranjeros, y una cantidad de sobres sin abrir sobre la mesita del teléfono. Instintivamente pulsé el botón de los mensajes: nada. Abrí la libreta de los teléfonos: sólo números de servicios utilitarios para la casa. Copié el del gimnasio, del dentista y del peluquero. Fui hasta la cocina. Un lugar pequeño pero práctico, con todo lo que hay que tener a mano, y en perfecto orden. Los frascos de condimento con las etiquetas al frente, las cucharas de madera en un bonito jarrón de cerámica y las tablas de picar como los sartenes acomodados en una ganchera colgada del techo. Los electrodomésticos impecables me hicieron pensar que alguien se haría cargo de la limpieza de la casa, una señora mayor por la forma de colgar el trapo de piso en el balde y por lo blanco del fregón de la pileta. Revisé la basura: yerba, cáscaras de huevos, de papas y de cebolla: el menú de la noche anterior pudo haber sido tortilla de papas, revuelto gramajo, o papas fritas y huevos fritos. Seguí buscando: un papel blanco con nailon y una etiqueta del supermercado daban cuenta de la compra de jamón cocido, y la fecha de envasado, el día anterior a la muerte. Sin duda comieron gramajo, y digo comieron porque allí no había cenado uno solo. En el escurreplatos, perfectamente limpios y acomodados descansaban dos platos grandes pintados a mano, cubiertos de plata para dos y un par de copas de fino cristal sobre un pañito amarillo. Seguí con la basura: colillas de cigarros aplastadas de la misma forma, sin terminar de fumar del todo y dobladas en dos, sólo que algunas tenían labial y otras no.

Me dirigí decididamente al baño: moderno, recién terminado, con buen gusto y grifería cara. Cerámicas, espejos, adornos, velas, jabones con formas extrañas y toallones de hermosos colores, nuevos y doblados, más como adorno que para usar. El color melón combinado con azul pálido daba un toque de revista al baño. La cortina estaba descorrida y un toallón azul colgaba descuidado del soporte, una prenda interior masculina en la canilla y un par de ojotas sobre la alfombra también azul. Revisé el botiquín: crema de afeitar, colonia y loción hidratante, todo de la misma marca, muy caro y fino. Aceite bronceador y gel para después del sol, máquinas de afeitar y preservativos, de distintas marcas, color y estilo. Abrí el placard debajo de la pileta: un gran stock de útiles de limpieza y tocador, un tipo previsor. La papelera del baño me trajo chismes más jugosos: una máquina de afeitar, tres preservativos usados y descartados de distinta forma, una servilleta blanca manchada de labial, una jeringuilla y al final una toalla higiénica femenina. Bien. Me conformé con aquellos datos. Por hoy era bastante. Decidí irme a comer algo.
Cuando ya me iba no pude evitar pasar por el cuarto donde fue encontrado el cuerpo, hubiera preferido no hacerlo, sobre todo antes de almorzar. La cama estaba igual y con las manchas de sangre. Una pena: el satén color salmón lucía terrible con esas manchas que ya nunca saldrían. Una sobrecama de hilo rústico y varios almohadones descansaban en el piso como mudos testigos de la acción que precedió a la muerte. Algo me llamó la atención sobre la mesa de luz y me acerqué: una caja vacía de benzodiasepina. Abrí el cajón con temor como si alguien estuviera durmiendo allí. Recetas blancas y verdes, cajas vacías de medicamentos, restos de marihuana, más preservativos y algunas tarjetas de créditos al parecer vencidas. Tomé una, la olí, pasé el dedo por el borde y lo probé. Sobre el fondo del cajón se acumulaban papeles, los manoteé rápidamente y me los guardé en el bolsillo del abrigo, con actitud de robar. Ahora sí me iba. Salí precipitadamente, no quería ver nada más. Necesitaba poner en orden las ideas y encontrarle una coherencia al material encontrado. Una espinita amenazaba clavarse en mi mente pero todavía no era consciente de ello.

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