CAPITULO 5
La mañana del miércoles comenzó con lluvia. La primavera brillaba por su ausencia. Recordé que hoy iba a visitar la peluquería donde se atendía el Jaro, como lo llamaban sus íntimos. Algo me decía que no iba a encontrar nada de interés, pero ya que tenía la hora me pareció acertado darle una oportunidad a la providencia.
La mañana del miércoles comenzó con lluvia. La primavera brillaba por su ausencia. Recordé que hoy iba a visitar la peluquería donde se atendía el Jaro, como lo llamaban sus íntimos. Algo me decía que no iba a encontrar nada de interés, pero ya que tenía la hora me pareció acertado darle una oportunidad a la providencia.
El teléfono no había parado de sonar desde las siete y
yo no había querido atender, por lo tanto tenía varios mensajes para empezar el
día. El primero era de mi ex, reclamando que hace tiempo que no llamo y no
tiene noticias mías. Me pregunté qué necesidad de tenerlas tendría. En fin. La
segunda era de mi dentista recordándome que tenía hora esa tarde y que en caso
de no ir me sacaría las muelas sanas sin anestesia en la próxima cita. La
tercera era de mi editor. Acá la cosa empeoraba. Tengo que llamarlo, falta el
último capítulo de la novela y lo quiere ya. Bueno, las otras dos llamadas eran
de trabajo, además de escribir hago alguna otra cosa que me reporta dinero
rápido y a corto plazo.
Hablando de dinero me acordé del sobre con los dólares
y un escalofrío me recorrió la espalda. Debía decidir si quedármelo o
devolverlo. Si me lo quedaba tendría que abrir un cofre de seguridad, no quería
que esa suma entrara de una sola vez en mi magra caja de ahorros, vicios de
profesión, mientras tanto descansaban distraídamente bajo mi cama.
A propósito, tenía que ver los diarios para saber qué
se comentaba del caso y visitar el estudio donde trabajaba el señor Rodríguez
para conocer a ese apuesto joven de cabello rubio.
Salí a comprar el diario y unos bizcochos, volví
enseguida con todo y una de esas revistas de chismes que me llamó la atención.
En la portada había una fotografía de la dama que había conocido el día
anterior, cuando apenas llegaba al aeropuerto de Carrasco. La nota hablaba de
las visitas de la esposa de un diplomático uruguayo que vive en Venezuela, a
las escuelas de niños discapacitados y las abultadas donaciones para los
comedores infantiles. Entrevistada por el reportero acerca de su visita a
Uruguay dijo que se trataba de sus acostumbradas reuniones solidarias para combatir
la pobreza infantil y que esta vez tendría varias reuniones con organizaciones
no gubernamentales.
Perfecta excusa para viajar a Uruguay con frecuencia y
matar dos pájaros de un tiro: ver al ingeniero y hacer algo digno con ese
dinero de dudosa procedencia. No quería hacer conjeturas antes de tener
pruebas, pero la generación espontánea no resulta con las cuentas bancarias,
alguien tiene que alimentarlas. La cuenta de Javier Rodríguez había crecido en
forma brusca y, si bien el amor no tiene precio, esos dólares gentilmente
ofrecidos a la madre del muerto me llamaban poderosamente a atención. ¿Era una
forma disimulada de colocar un manto de silencio sobre la familia? Algo se
intentaba ocultar y quizá más de una cosa. La intriga me invadió casi
simultáneamente con el hambre. Mi reloj interior me recordó el desayuno. Me
apoltroné en el balcón a resguardo de la llovizna, con una bolsa de bizcochos
recién horneados, el termo y el mate, el diario y la revista. Si alguien me
busca, estoy pensando.
El periódico hablaba de “la muerte de un joven ingeniero que fue encontrado asesinado en su
propia casa el lunes a la mañana de cuatro puñaladas en el tórax”. Hacía
alusión a un posible homicidio pasional sin descartar asuntos de dinero. La policía
local investiga el caso. Y eso es todo. Sin embargo en la sección política
exterior encontré algo más jugoso. El embajador de Uruguay en Venezuela prometía
conquistar a inversionistas extranjeros para levantar la industria uruguaya,
con tal motivo visitaba nuestro país y oficiaba de intermediario entre los
interesados residentes en Venezuela y las empresas dispuestas a aceptar dinero
en Uruguay.¿Quién no está dispuesto a aceptar dinero? pensé yo. Pero la
pregunta más difícil es quién está dispuesto a invertir en Uruguay en este
momento y desde Venezuela nada menos que no están mucho mejor que nosotros.
Todo quedaba amparado en la esperanza del cambio de gobierno y la unidad de los
pueblos latinoamericanos que deben ayudarse unos a otros. Cualquiera podía
deducir que el dinero que viniera de Venezuela tendría que ver con el tráfico
de drogas que se hacía a través de Brasil para Europa donde se pagaba hasta U$S
50.000 por un kilo de cocaína pura. El asunto que ahora la cosa en Brasil no
resultaba tan fácil y por lo tanto era necesario buscar otros puertos de
salida. Montevideo era un punto de mira. ¿Estaría el ingeniero metido en el
tráfico de drogas a Europa? Quizá tenía esto que ver con sus últimos viajes y
el incremento en su cuenta bancaria. Pero de todas formas aún no encontraba el
motivo para matarlo, y dos veces. Hubiera sido mucho más fácil hacerlo desaparecer
en cualquier parte del mundo. Nadie podría reclamar nada.
A las cuatro de la tarde me encontraba tocando timbre
en un regio edificio de Pocitos. La peluquería. Me respondió una voz
indefinible y me dijo que subiera. El portero, cortésmente, me abrió la puerta
y me condujo por un hermoso pallier de baldosas brillantes en las que podía ver
mi imagen reflejada mientras caminaba. En el quinto piso me esperaba alguien
con la puerta del apartamento abierta y una gran sonrisa invitándome a pasar.
Pensé que me harían algo más que lavarme el pelo.
- Hola, soy Gastón. Dijo mientras me
ofrecía una mano extremadamente blanca y bien cuidada que resultaba sedosa al
tacto.
- Gracias, tengo hora a las 16 -dije
tratando de parecer formal.
- Lo sabíamos, pase por favor, siéntase
como en su casa o mejor aún, y permítame el abrigo. ¿Viene recomendado por
alguien?
- Sí, por el ingeniero Javier Rodríguez de La Fuente -respondí como si
nada, tratando de espiar la reacción en el otro.
La discreción aprendida en años de trabajo no pudo con
el sobresalto que se llevó el refinado recepcionista de la peluquería. Le
cambió el color de la cara y una leve rigidez se apoderó de su espalda, sin
embargo no hizo mención alguna a su muerte. Y desapareció tras un hermoso biombo
auténticamente chino que separaba la espaciosa sala de espera del resto. Me
senté en un mullido y blanco sillón, tomé una revista de esas donde todo el
mundo es perfecto y me dispuse a hojearla. No había nadie más. No se escuchaba
ningún ruido humano, solo una suave música armonizaba el ambiente junto a un
aroma muy dulce que provenía de una vela encendida en el rincón. Me recordó la
que había visto en el apartamento de Rodríguez. Sin querer comencé a relajarme,
algo me hacía sentir muy bien allí, me parecía estar en una burbuja sostenida
en el espacio y el tiempo, incluso había olvidado a qué había ido. Comencé a
escurrirme en el sillón y los párpados me pesaban así que los dejé a su libre
albedrío hasta que se cerraron. Me sumí en un confortable sueño.
Las manos que de pronto tomaron las mías y la voz que
me hablaba pertenecían a la misma persona, pero yo aún no sabía quién era,
sobre todo porque todavía no había abierto los ojos.
-Buenas tardes, ¿quiere acompañarme por favor?,
decía la dulce y masculina voz.
- ¡Oh!... sí, claro -dije mientras me
incorporaba, abría los ojos y me sobreponía a la vergüenza que estaba
sintiendo.
- Está todo bien, es la comodidad del lugar
lo que proporciona ese placer…
- Ya lo creo, casi me duermo…
- Nos gusta que nuestra clientela se sienta
cómoda.
Mientras me hablaba me conducía como a un niño detrás
del biombo donde se abría un mundo de la cosmética que parecía salido de un
catálogo cinco estrellas. Todo allí olía exquisito. La vista se regodeaba con
la delicada combinación de colores y accesorios tan acertadamente elegidos y
colocados que parecían hechos por la mano de Dios. El hombre que me guiaba
vestía absolutamente de blanco y lucía una cabellera negra, lacia y atada en una
colita que le caía en la espalda, por cierto ancha y bien modelada. Aún no
había podido apreciar bien sus rasgos, pero de atrás tenía un aire oriental. Me
llevó hasta una hilera de cómodos sillones donde se lavaba el cabello y con un
gesto me indicó que me sentara. Sus suaves manos tomaron mi cabeza y colocaron
una toalla color salmón sobre mis hombros. Acto seguido sentí el agua tibia y
unos vigorosos dedos me aplicaron el primer champú con un masaje que me dejó
otra vez en estado alfa. En estas condiciones no podría averiguar nada, máxime
si mis sentidos estaban siendo estimulados y distraídos de esta hermosa forma. Por
un instante olvidé la investigación y me entregué a las desconocidas manos que
hacían tan bien su trabajo.
Al cabo de un rato del que perdí la cuenta, la voz me
sacó del ensueño y otra vez el hombre de blanco me condujo a otra hilera de
sillones tan cómodos como los anteriores, delante de los cuales se alineaban
enormes espejos. Ahora podía verlo de frente y me encontré con una dulce
expresión y una sonrisa que me preguntaba que hacemos con este hermoso cabello.
Pensé por un momento y solo atiné a decirle que recortara las puntas. Mientras
tanto yo intentaba reponerme para poder arremeter con alguna pregunta, pero
aquellas manos seguían en mi cabeza, ahora con un peine, ahora con una tijera y
luego con un frasco de algo fragante y suave y por fin con un secador de aire
tibio enredado en la música ambiente, y otra vez se me pasó la oportunidad. Creí
que mis cansados y rutinarios sentidos no podrían responder a esa avalancha de
estímulos, pero descubrí que era más fácil entregarme que hacer lo contrario. Así
las cosas renuncié a todo intento de investigar y me olvidé del muerto, de los
dólares, de las joyas, del diplomático y su mujer, de la dulce anciana y hasta
de mi ex. Sobre todo cuando me di cuenta que un joven sentado a mis pies en una
pequeña butaca me masajeaba las manos y se disponía a arreglar mis uñas
mientras el oriental reclinaba mi asiento y me colocaba una toalla tibia y
perfumada tapándome los ojos y la nariz.
-
Esto
hará que se deshinchen sus ojos y recupere la frescura de la piel. Dijo
mientras me tocaba el hombro para que yo supiera que me hablaba a mí.
Acto seguido no pude saber si se fue o se quedó porque
sus pies no tocaban el suelo al andar. Al otro chico lo sentía porque tenía mis
manos entre las suyas y trabajaba con mis carcomidas uñas.
Al cabo de un tiempo que no pude medir, alguien retiró
la toalla de mi rostro, me aplicó un leve masaje con una loción delicada y me
ayudó a incorporarme. Me miré las manos y no lo podía creer, no me pertenecían,
estaban blancas, suaves y las uñas se veían lindas. Instintivamente levanté la
vista para verme al espejo y la imagen realmente me agradó.
Cuando por fin terminó y creí que recuperaba mis
sentidos apareció un jovencito de no más de dieciséis años, con un corte de
cabello ultramoderno, todo vestido de negro y una blancura fantasmal a
ofrecerme una taza de humeante té y un vaso de jugo de frutas tropicales con
todo y sombrillita. Al costado, en un pequeñísimo plato que parecía de
porcelana china descansaba, provocador, un fino bombón de chocolate que derramó
su licor en mi boca ostentosamente.
-
Hemos
terminado, si está conforme con gusto le esperamos otra vez, dijo el oriental
haciendo una reverencia e invitándome a seguirle.
Me condujo nuevamente por el pasillo por el que había
entrado y allí del otro lado del biombo me esperaba Gastón, seguramente con la
factura que no podía imaginar a cuanto ascendería. Me dejó en el mismo sillón
de donde me sacó y desapareció como por arte de magia.
Al cabo de un rato Gastón me trajo una bandeja de
plata con la cuenta y esperó cortésmente detrás del pequeño mostrador que hacía
las veces de caja. Saqué un billete de dos mil pesos (especiales para la
ocación) y rezando para que alcanzara lo deposité en la bandeja. Guardé el
vuelto sin contarlo. Me puse el abrigo con la inapreciable ayuda de Gastón y me
despedí prometiendo volver.
continuará.......
continuará.......

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