miércoles, 24 de abril de 2013

El Primer caso - capítulo 3


CAPITULO 3


Me encontré con el tercer turno de portería, que como no sabía que yo había estado allí le hice el mismo verso que al otro y me dejó pasar sin hacer problemas. Entré con decisión y fui derecho al baño para buscar el pantalón. No había nada de ropa en el perchero detrás de la puerta. Carajo. Busqué un despojador en el dormitorio, tenía que entrar otra vez allí. No había despojador a la vista.

Abrí la puerta del placard y para mi sorpresa no era un simple placard sino todo un vestidor como en las películas, con luz y trucos, más bien parecía otra habitación, faltaba que se me descolgara un muerto de una percha y estaba completo. Una larga hilera de pantalones colgaba del perchero inferior de la pared que tenía enfrente, encima, otra hilera de camisas lisas, estampadas, hawaianas, de seda, de lana, de algodón y varios kimonos de colores. Debajo le hacía juego una hilera de zapatos muy nuevos esperando ser usados.
A mi izquierda detrás de la puerta corbatas y cintos y a mi derecha siguiendo el interruptor de la luz los trajes, sacos, gabardinas, impermeables y camperas. Al fondo todo un perchero de jeans y un gran espejo del piso al techo; en una esquina un pequeño estante abarrotado de perfumes, casi todos importados, algunos todavía con el papel sin abrir y muchos de ellos con el sello del free-shop. 

En un extremo un despojador de roble donde descansaba lo que yo buscaba: un pantalón azul petróleo con el cinto puesto, una camisa verde pálido, una corbata, zapatos y medias. Tomé el pantalón y revisé los bolsillos: no había nada. Qué desilusión. Traté de buscar un saco que combinara con ese pantalón. Encontré una percha vacía, pero no un saco que pudiera hacer juego.

Dónde pondría este tipo la billetera. Se la habrían llevado los de la técnica, o los padres. Tenía que encontrarla o en su defecto los papeles con que andaba el último día de su vida el señor Javier Rodríguez. Volví al living, entre éste y la cocina, ambos integrados, había un rincón dispuesto como comedor, con una sencilla mesa redonda, cuatro sillas y la misma cantidad de individuales dispuestos como para la cena; en el respaldo de una de las sillas estaba el saco que acompañaba el pantalón. Rápidamente revisé los bolsillos y encontré varios papeles; dos eran los que buscaba, del cajero automático, retiros con fecha del jueves y del viernes anteriores a su muerte, los dos por un monto de diez mil pesos uruguayos, pero lo más interesante era el saldo de la cuenta; el jueves quedaban en su caja de ahorros diez mil doscientos pesos, y el viernes había doscientos cincuenta mil. Admiré a ese hombre la facilidad para hacer crecer su cuenta bancaria y me provocó envidia.

Me apresuré a dejar el saco donde estaba no sin antes revisar los demás bolsillos, en el pequeño del lado interior derecho había una servilleta con un número de teléfono y una flor dibujada a lapicera … bien… empezamos a tener un poco de color. La billetera seguía sin aparecer. Me fui a casa otra vez con la intención de terminar lo que había dejado sin hacer.

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