CAPITULO 3
Me encontré con el tercer turno de portería, que como no sabía que yo había estado allí le hice el mismo verso que al otro y me dejó pasar sin hacer problemas. Entré con decisión y fui derecho al baño para buscar el pantalón. No había nada de ropa en el perchero detrás de la puerta. Carajo. Busqué un despojador en el dormitorio, tenía que entrar otra vez allí. No había despojador a la vista.
Abrí la puerta del placard y para mi sorpresa no era
un simple placard sino todo un vestidor como en las películas, con luz y trucos, más
bien parecía otra habitación, faltaba que se me descolgara un muerto de una
percha y estaba completo. Una larga hilera de pantalones colgaba del perchero
inferior de la pared que tenía enfrente, encima, otra hilera de camisas lisas,
estampadas, hawaianas, de seda, de lana, de algodón y varios kimonos de
colores. Debajo le hacía juego una hilera de zapatos muy nuevos esperando ser
usados.
A mi izquierda detrás de la puerta corbatas y cintos y
a mi derecha siguiendo el interruptor de la luz los trajes, sacos, gabardinas,
impermeables y camperas. Al fondo todo un perchero de jeans y
un gran espejo del piso al techo; en una esquina un pequeño estante abarrotado
de perfumes, casi todos importados, algunos todavía con el papel sin abrir y
muchos de ellos con el sello del free-shop.
En un extremo un despojador de
roble donde descansaba lo que yo buscaba: un pantalón azul petróleo con el
cinto puesto, una camisa verde pálido, una corbata, zapatos y medias. Tomé el
pantalón y revisé los bolsillos: no había nada. Qué desilusión. Traté de buscar
un saco que combinara con ese pantalón. Encontré una percha vacía, pero no un
saco que pudiera hacer juego.
Dónde pondría este tipo la billetera. Se la habrían
llevado los de la técnica, o los padres. Tenía que encontrarla o en su defecto
los papeles con que andaba el último día de su vida el señor Javier Rodríguez.
Volví al living, entre éste y la cocina, ambos integrados, había un rincón
dispuesto como comedor, con una sencilla mesa redonda, cuatro sillas y la misma
cantidad de individuales dispuestos como para la cena; en el respaldo de una de
las sillas estaba el saco que acompañaba el pantalón. Rápidamente revisé los
bolsillos y encontré varios papeles; dos eran los que buscaba, del cajero
automático, retiros con fecha del jueves y del viernes anteriores a su muerte,
los dos por un monto de diez mil pesos uruguayos, pero lo más interesante era el
saldo de la cuenta; el jueves quedaban en su caja de ahorros diez mil
doscientos pesos, y el viernes había doscientos cincuenta mil. Admiré a ese
hombre la facilidad para hacer crecer su cuenta bancaria y me provocó envidia.
Me apresuré a dejar el saco donde estaba no sin antes
revisar los demás bolsillos, en el pequeño del lado interior derecho había una
servilleta con un número de teléfono y una flor dibujada a lapicera … bien…
empezamos a tener un poco de color. La billetera seguía sin aparecer. Me fui a
casa otra vez con la intención de terminar lo que había dejado sin hacer.

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