sábado, 27 de abril de 2013

El primer caso - capítulo 6


CAPITULO 6

El jueves no escuché el despertador. Me sentía bien, el cansancio que habitualmente se presenta al cuarto día de la semana parecía faltar sin aviso, mi cuerpo había rejuvenecido durante la noche, qué bien que viene mimarse un poco de vez en cuando, la sesión de la peluquería más que de belleza resultó de recuperación.
Me puse un deportivo con la firme decisión de tomarme el día libre o por lo menos con libertad. Me apronté un mate y salí a disfrutar del sol templado de los primeros días de primavera.

Caminé sin apuro por la calle que baja hasta la rambla. Los árboles comenzaban a mostrar sus primeros brotes y el olor en el aire parecía haber cambiado. En primavera siempre me he sentido mejor, es como si algo en mi interior comenzara a funcionar de otro modo, un optimismo inmotivado se abre camino hacia mis pensamientos normalmente negativos y se esfuerzan por convencerme que la vida es bella y todo puede mejorar. Con ese espíritu caminaba yo cuando el celular me trajo a la realidad.

-         Hola.
-         Hola, soy la mujer que conoció en lo del ingeniero.
-         ¡Ah!, sí la recuerdo -me apresuré a decir.
-         Quiero hablar con usted.
-         Bueno, sí, ¿cuándo?
-         Ahora, dígame dónde está y paso con el auto, lo reconocerá.
-         Estoy en la rambla, frente al Parque Hotel.
-         Paso por ahí en cinco minutos.


El auto negro de vidrios espejados se detuvo exactamente delante de mí y la puerta trasera se abrió. Me acerqué, agaché la cabeza para mirar adentro y allí estaba ella vestida completamente de negro y con lentes oscuros. No podía ver al conductor ni tampoco escucharlo, supuse que él a nosotros sí.

-         Suba, estoy apurada, tengo un vuelo dentro de tres horas.
-         ¿Alguna novedad? –dije para disimular mi nerviosismo.
-         Esperaba que usted tuviera algo para decirme…
-         Y, ¿qué le hace suponer eso?
-         Veo que se ha tomado la investigación muy en serio, más de lo acostumbrado, ¿existe algún motivo especial para ello?
-   No, nada en particular, resulta un caso interesante, disculpe que hable así, pero…
-         Está bien, quiero saber qué encontró el forense -dijo sin andar con vueltas.
-         ¿El forense? –traté de hacer tiempo para pensar.
-         Vamos, no disimule, sé que tiene novedades y me gustaría saberlas de primera mano.
-         Bueno, el doctor asegura que ya estaba muerto cuando lo apuñalaron.
-         Ajá -dijo sin mayor asombro.
-         Unas horas antes...
-         Hum… qué interesante… ¿Encontraron algo que llamara la atención?
-        No, sólo rastros de tranquilizantes y una marca de hipodérmica…
-       ¿Qué le pasa?, ¿no confía en mí? Vamos, dígame lo que sabe, yo quiero que se sepa la verdad, pero antes tenemos que hacer un trato -dijo y sacó de su cartera un sobre similar al que me había dado la Sra. Rodríguez y lo estiró hacia mí.
-         Vamos, acepte esto como principio de pago, sé que investigar cuesta.

Palpé el sobre ligeramente y deduje que era plata, por el tamaño, si era en dólares, estaba ante una suma considerable. Acaso la providencia se empecinaba en poner dinero en mis manos estos días. Intenté devolver el sobre y encontrar una excusa adecuada, pero la mujer me detuvo la mano a medio camino inclinándose hacia mí.

-         Vamos, confíe en mí, sólo tenemos que acordar que estos datos no lleguen a la policía uruguaya…
-         Por eso despreocúpese, ellos ya cerraron el caso.
-         Y bien, ¿qué encontró el forense?
-         Una droga desconocida que le provocó un paro cardíaco sin dejar rastros -dije como una criatura a quien interroga la maestra.
-         Ajá… ¿pudieron saber de qué se trata?
-        No, en nuestro medio no se conoce todavía, pero no proviene de los traficantes de drogas ilegales, sino de los laboratorios productores de medicamentos, viaja honestamente en los aviones camuflado bajo una inofensiva etiqueta -agregué tratando de estudiar su reacción.
-  Bien, manténgase en contacto conmigo a través de este número, dijo alcanzándome una tarjeta con nueve números escritos en negro, sin nombre ni nada, sólo déjelo sonar una vez y yo me pongo en contacto, haremos un buen equipo –añadió sonriente.

El auto me dejó en el mismo lugar donde estaba antes y allí me quedé reflexionando. ¿Cómo supo lo del forense? ¿Qué implicancia tenía? ¿En qué estaba metido el inocente ingeniero?
Sin darme cuenta llegué a mi casa y allí me encontraba con dos sobres amarillos conteniendo una cantidad de dólares que yo jamás había visto en mi vida y un caso a resolver. Esto comenzaba a tomar un color extraño. 

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