Se me habían ido las ganas de comer así que traté de
localizar el gimnasio. Paré en un teléfono público, marqué el número y pregunté
la dirección. Era a pocas cuadras de allí, así que caminé hasta el lugar. Me
encontré con un local pequeño y bien equipado, atendido por un robusto
entrenador que lucía con orgullo sus brazos bien formados y tatuados. Me
recibió con una amplia sonrisa y con un ademán me invitó a conocer las
instalaciones. Mientras recorríamos el pequeño pero bien distribuido lugar le
pregunté por el ingeniero Javier Rodríguez.
- Ah! El Jaro,
hoy a la noche lo encuentra por aquí, tenemos entrenamiento.
- No creo que
pueda venir…
- ¿…?
- Está muerto
– dije sin preámbulos.
El entrenador volvió su robusto cuerpo en redondo y me miró
con el espanto en los ojos, pensé que iba a matarme.
- ¿Qué está
usted diciendo? Ayer lo vi… bueno, no, ayer no… el viernes estuvo por aquí…
- Lo
encontraron muerto hoy a la mañana…lo lamento
- ¿Cómo
pasó? Era sano y muy joven…
- Cuatro
puñaladas en el pecho…
- ¿Qué? Pero
eso es una atrocidad, no lo puedo creer, era nuestro mejor…jugador para el
campeonato…
- ¿Lo conocía
bien?
- Sí, desde
hace un tiempo, venía con frecuencia, de a poco se fue haciendo amigo y después
se incorporó al equipo, a veces hasta nos tomábamos una cerveza juntos… no lo
puedo creer… -dijo esto llevándose la mano a la cabeza y tambaleándose.
Pensé que aquel hombre se caería al piso, así que lo tomé
por el codo y lo acompañé a la salita de recepción haciendo que se sentara en
un sofá y apoyara la cabeza contra la pared. Quedó en silencio mirando hacia
delante y poco a poco fue recuperando la respiración y el color. Nunca creí que
la noticia le resultara tan tremenda. Le alcancé un vaso con agua y me quedé a
su lado sin hablar.
Cuando que se repuso me despedí prometiendo volver y
mientras caminaba hacia la calle sospeché que podría haber algo más.
Decidí ir a la peluquería. Hice el mismo procedimiento que
con el gimnasio pero esta vez fue una voz indefinida que me atendió y me dijo
que tenía que tener una cita para poder ir y dependía de lo que me iba a hacer.
Resolví rápidamente un corte y me dieron hora para el miércoles a las cuatro.
Bueno, podía esperar mientras hacía otras cosas, pensé que con el dentista
tendría más de lo mismo, así que decidí cambiar de rumbo.
Volví sobre mis pasos y entré en el boliche que estaba en la
esquina de la casa de Javier, seguramente habría ido allí alguna que otra vez,
por lo tanto alguien podría decirme algo. Me senté en la barra y pedí una
cerveza chica. Lo encaré al barman y le pregunté sin más si conocía al
ingeniero que mataron la otra noche. Me dijo que sí. Solía venir a tomar
cerveza cuando llegaba del trabajo los jueves o los viernes. Casi siempre
andaba solo, pero algunas veces lo había visto con un grandote de brazos
tatuados que parecía un fierrero. También lo había visto con una mujer, pero de
eso hacía tiempo.
- ¿Cómo era la
mujer?
- Parecía
mayor que él, quizá cuarenta y cinco años, linda, con clase, no era de la zona,
venía en taxi y se iba igual. Alguna vez los vi subir juntos al apartamento.
- ¿Cuánto hace
de la última vez?
- Unos cuantos
meses, en el otoño, creo que volvieron juntos de las vacaciones, pero de un día
para otro ella desapareció y a él no lo vi con ninguna otra mujer, bueno, salvo
cuando se fue de viaje, hace poco…
- ¿Hace poco?
- Sí, creo que
fue el mes pasado, estuvo unos días por negocios en el Caribe, todos lo
embromamos porque volvió que parecía un rico, empilchado y bronceado como de
cama solar…-sonrió mientras pasaba un pañito por la barra, bromeó con otro
cliente que bebía en el otro extremo y pareció dar por terminada la charla.
Lo observé un rato más mientras terminaba mi cerveza y
ojeaba el lugar. Estaba decorado con gusto. Una colección de fotografías de
fútbol adornaban la parte superior de la pared lateral y otra de Marilyn Monroe
en la de enfrente parecía hacerle callada competencia. Las sillas, las mesas,
la barra y el lambriz eran de madera oscura simulando cedro y el piso de
lustrada pinotea daban al lugar un toque tanguero. El barman por su parte lucía
una impecable camiseta blanca que contrastaba con el negro cabello peinado a la
gomina, tenía un aire cordial pero serio y eso impartía respeto al lugar. Mi
mente vagó un rato mientras mis ojos recorrían el pequeño bar y sus
parroquianos.
No era mucho lo que tenía pero estaba bien para ser el
primer día de investigación, así que terminé mi bebida y me fui a casa. Apenas
llegar me apronté un mate y revisé los mensajes en el contestador, lo de
siempre: mi ex, una amiga, y dos personas pidiendo presupuesto; anoté los
teléfonos. Cuando me iba a sentar en la computadora me acordé que tenía en el
bolsillo del abrigo un manojo de papeles que había sacado de la mesa de luz.
Los desparramé sobre la mesa. Algunas recetas de psicofármacos firmadas por un
tal Emiliano Ferradéz Gómez, psiquiatra. Boletas del cajero automático: tenía
cuenta en el banco de la república y el saldo era abultado después del último
retiro, pero la fecha era de una semana antes de la muerte. Me imaginé que no
sería el último movimiento así que inmediatamente pensé en los bolsillos del
pantalón… qué torpeza… cómo no se me ocurrió buscarlo… claro a la morgue llegó
como estaba cuando lo mataron. Así que el pantalón estaría en el baño o si era
más ordenado quizá en el despojador.
Tenía que volver a la casa. Pero antes revisé los demás
papeles: una boleta de compra del Punta Carretas Shopping, ropa, dos jeans y
una remera, pagado al contado. Y por último una carta, más bien una nota larga,
con letra pequeña y redonda, como de adolescente:
Jaro:
Esto que me propones es una locura, en estas condiciones
no podemos hacer
nada, hay que arreglarlo de otra forma
no me llames estos días, para no levantar sospechas, la
ansiedad
me está matando y tengo todos los ojos puestos en mí. Tratá
de entender. En caso de urgencia llamá al cel que te di último porque ahora no
puedo ni siquiera pensar, dame unos días. Con todo amor. F.
Qué carta de mierda. No me decía nada y a la vez muchas
cosas pero todas para investigar. Un montón de puntas sueltas y una intriga,
parece que se había propuesto hacerme las cosas difíciles. Dejé el mate sin
tomar, me puse otra vez el abrigo y salí raudamente para el apartamento.
Continuará
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