miércoles, 24 de abril de 2013

El primer caso - capítulo 2


CAPITULO 2 
Se me habían ido las ganas de comer así que traté de localizar el gimnasio. Paré en un teléfono público, marqué el número y pregunté la dirección. Era a pocas cuadras de allí, así que caminé hasta el lugar. Me encontré con un local pequeño y bien equipado, atendido por un robusto entrenador que lucía con orgullo sus brazos bien formados y tatuados. Me recibió con una amplia sonrisa y con un ademán me invitó a conocer las instalaciones. Mientras recorríamos el pequeño pero bien distribuido lugar le pregunté por el ingeniero Javier Rodríguez.
-         Ah! El Jaro, hoy a la noche lo encuentra por aquí, tenemos entrenamiento.
-         No creo que pueda venir…
-         ¿…?
-         Está muerto – dije sin preámbulos.
El entrenador volvió su robusto cuerpo en redondo y me miró con el espanto en los ojos, pensé que iba a matarme.
-         ¿Qué está usted diciendo? Ayer lo vi… bueno, no, ayer no… el viernes estuvo por aquí…
-         Lo encontraron muerto hoy a la mañana…lo lamento
-         ¿Cómo pasó?   Era sano y muy joven…
-         Cuatro puñaladas en el pecho…
-         ¿Qué? Pero eso es una atrocidad, no lo puedo creer, era nuestro mejor…jugador para el campeonato…
-         ¿Lo conocía bien?
-         Sí, desde hace un tiempo, venía con frecuencia, de a poco se fue haciendo amigo y después se incorporó al equipo, a veces hasta nos tomábamos una cerveza juntos… no lo puedo creer… -dijo esto llevándose la mano a la cabeza y tambaleándose.

Pensé que aquel hombre se caería al piso, así que lo tomé por el codo y lo acompañé a la salita de recepción haciendo que se sentara en un sofá y apoyara la cabeza contra la pared. Quedó en silencio mirando hacia delante y poco a poco fue recuperando la respiración y el color. Nunca creí que la noticia le resultara tan tremenda. Le alcancé un vaso con agua y me quedé a su lado sin hablar.

Cuando que se repuso me despedí prometiendo volver y mientras caminaba hacia la calle sospeché que podría haber algo más.

Decidí ir a la peluquería. Hice el mismo procedimiento que con el gimnasio pero esta vez fue una voz indefinida que me atendió y me dijo que tenía que tener una cita para poder ir y dependía de lo que me iba a hacer. Resolví rápidamente un corte y me dieron hora para el miércoles a las cuatro. Bueno, podía esperar mientras hacía otras cosas, pensé que con el dentista tendría más de lo mismo, así que decidí cambiar de rumbo.

Volví sobre mis pasos y entré en el boliche que estaba en la esquina de la casa de Javier, seguramente habría ido allí alguna que otra vez, por lo tanto alguien podría decirme algo. Me senté en la barra y pedí una cerveza chica. Lo encaré al barman y le pregunté sin más si conocía al ingeniero que mataron la otra noche. Me dijo que sí. Solía venir a tomar cerveza cuando llegaba del trabajo los jueves o los viernes. Casi siempre andaba solo, pero algunas veces lo había visto con un grandote de brazos tatuados que parecía un fierrero. También lo había visto con una mujer, pero de eso hacía tiempo.

-         ¿Cómo era la mujer?
-         Parecía mayor que él, quizá cuarenta y cinco años, linda, con clase, no era de la zona, venía en taxi y se iba igual. Alguna vez los vi subir juntos al apartamento.
-         ¿Cuánto hace de la última vez?
-         Unos cuantos meses, en el otoño, creo que volvieron juntos de las vacaciones, pero de un día para otro ella desapareció y a él no lo vi con ninguna otra mujer, bueno, salvo cuando se fue de viaje, hace poco…
-         ¿Hace poco?
-         Sí, creo que fue el mes pasado, estuvo unos días por negocios en el Caribe, todos lo embromamos porque volvió que parecía un rico, empilchado y bronceado como de cama solar…-sonrió mientras pasaba un pañito por la barra, bromeó con otro cliente que bebía en el otro extremo y pareció dar por terminada la charla.

Lo observé un rato más mientras terminaba mi cerveza y ojeaba el lugar. Estaba decorado con gusto. Una colección de fotografías de fútbol adornaban la parte superior de la pared lateral y otra de Marilyn Monroe en la de enfrente parecía hacerle callada competencia. Las sillas, las mesas, la barra y el lambriz eran de madera oscura simulando cedro y el piso de lustrada pinotea daban al lugar un toque tanguero. El barman por su parte lucía una impecable camiseta blanca que contrastaba con el negro cabello peinado a la gomina, tenía un aire cordial pero serio y eso impartía respeto al lugar. Mi mente vagó un rato mientras mis ojos recorrían el pequeño bar y sus parroquianos.

No era mucho lo que tenía pero estaba bien para ser el primer día de investigación, así que terminé mi bebida y me fui a casa. Apenas llegar me apronté un mate y revisé los mensajes en el contestador, lo de siempre: mi ex, una amiga, y dos personas pidiendo presupuesto; anoté los teléfonos. Cuando me iba a sentar en la computadora me acordé que tenía en el bolsillo del abrigo un manojo de papeles que había sacado de la mesa de luz. Los desparramé sobre la mesa. Algunas recetas de psicofármacos firmadas por un tal Emiliano Ferradéz Gómez, psiquiatra. Boletas del cajero automático: tenía cuenta en el banco de la república y el saldo era abultado después del último retiro, pero la fecha era de una semana antes de la muerte. Me imaginé que no sería el último movimiento así que inmediatamente pensé en los bolsillos del pantalón… qué torpeza… cómo no se me ocurrió buscarlo… claro a la morgue llegó como estaba cuando lo mataron. Así que el pantalón estaría en el baño o si era más ordenado quizá en el despojador.
Tenía que volver a la casa. Pero antes revisé los demás papeles: una boleta de compra del Punta Carretas Shopping, ropa, dos jeans y una remera, pagado al contado. Y por último una carta, más bien una nota larga, con letra pequeña y redonda, como de adolescente:


                   Jaro:
Esto que me propones es una locura, en estas condiciones
no  podemos hacer nada, hay que arreglarlo de otra forma
no me llames estos días, para no levantar sospechas, la ansiedad
me está matando y tengo todos los ojos puestos en mí. Tratá de entender. En caso de urgencia llamá al cel que te di último porque ahora no puedo ni siquiera pensar, dame unos días. Con todo amor. F.
Qué carta de mierda. No me decía nada y a la vez muchas cosas pero todas para investigar. Un montón de puntas sueltas y una intriga, parece que se había propuesto hacerme las cosas difíciles. Dejé el mate sin tomar, me puse otra vez el abrigo y salí raudamente para el apartamento.


Continuará
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